Cubierta de 'Caza al convoy'
El convoy inglés que nunca llegó a su destino
En un novedoso ensayo, el especialista en Historia naval Rafael Torres Sánchez aporta nuevas claves sobre la ayuda española a la independencia de las Trece Colonias británicas
En su obra La Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill expone con gran claridad no los hechos objetivamente acaecidos durante el conflicto global que tuvo lugar entre 1939 y 1945, sino la perspectiva británica (y concretamente la suya personal) de la guerra. Y dentro de esa visión específica destaca una especialmente importante para los británicos: la batalla del Atlántico. Este enfrentamiento marítimo no se parecía en nada a batallas anteriores, como la de Jutlandia, durante la Primera Guerra Mundial, donde básicamente se planteaba una lucha de potencias de fuego puestas frente a frente. En la batalla del Atlántico los alemanes entendieron perfectamente qué tenían que hacer, en dónde tenían que golpear: los convoyes. Los estadounidenses, especialmente con la Ley de Préstamo y Arriendo, proveían a los británicos de todo lo que necesitaban para continuar los esfuerzos de guerra contra Hitler. Los convoyes americanos, cargados de alimentos, armas y municiones, medios de transporte, vestimentas, mantas y botas entre otros, eran esenciales para Churchill y su gabinete, y, por tanto, objetivo prioritario para las manadas de lobos (como se les llamaba) de submarinos alemanes (U-Boote) en el Atlántico. Para Churchill, era prioritario que esos convoyes cargados de salvación y esperanza arribaran a Gran Bretaña.

Desperta Ferro (2025). 520 páginas
Caza al convoy. El triunfo de la Armada española en la independencia de los EE UU
Tiene todo el sentido que Rafael Torres Sánchez comience su obra Caza al convoy (Desperta Ferro, 2025) haciendo referencia al convoy PQ17, que fue gravemente dañado por los submarinos alemanes en julio de 1942, provocando un fuerte impacto en el primer ministro al ser dicho convoy vital para la guerra. No era la primera vez que los británicos veían peligrar toda una contienda por el trastorno de sus vías de comunicación marítimas, de las que dependían enteramente. De hecho, la que trae en el presente volumen el autor, especialista en Historia naval y en Armada española durante el siglo XVIII, catedrático de la Universidad de Navarra y autor del exitoso Historia de un triunfo (Desperta Ferro, 2021), es si no la más dolorosa pérdida de un convoy por los británicos, una de las más desastrosas que ha vivido Westminster. De hecho, la debacle apenas conocida que organizó escrupulosamente el gobierno de Carlos III, y que ejecutó brillantemente el capitán general Luis de Córdova y Córdova, fue crucial para la victoria definitiva de los rebeldes americanos contra Londres en el conflicto que se inició en 1775 y terminó en 1783 con la conversión de las Trece Colonias en los Estados Unidos de América. Hoy, a doscientos cincuenta años de la Declaración de Independencia americana, conviene más que nunca recordar por qué y por quién fue posible dicha independencia.
Pero hay que dejar a un lado los grandes temas, y bajar a la tierra. ¿Cómo se organiza un gigantesco convoy para enviar a América, y que éste tenga éxito, sin ser interceptado y destruido por las fuerzas enemigas? Pues como Rafael Sánchez explica en la primera parte de su libro: ganando la batalla de la información. Una vez que se ha obtenido esta primera victoria, dar esquinazo a la Royal Navy y cazarla después, se hace no sólo posible, sino altamente probable. En la Parte I: «La batalla por la información», el autor acerca al lector las tupidas redes de espionaje que tanto españoles como ingleses tenían en sus respectivas embajadas, además de estos en París. Aquí destacan especialmente dos personajes fundamentales, el conde de Aranda, representante de la alta nobleza española, y el conde de Floridablanca, José Moñino, representante de la nobleza nueva creada durante el gobierno ilustrado de Carlos III. Pues bien, el primero, embajador en París, y el segundo, secretario de Estado, colaboraron estrechamente, aun sin tener una relación personal especialmente fluida, para construir una sofisticadísima red de espionaje sobre Gran Bretaña que haría palidecer al Foreign Office. Pero como todo buen sistema de información, no sólo servía para conocer la información del enemigo, sino también, para hacerle llegar información falsa (o, al menos, medio verdadera). Los británicos, que dieron un golpe maestro informativo con la Operación Mincemeat en 1943, sufrirían en 1780 el gran golpe informativo español, al hacérseles creer que el gran convoy que lideraría José Solano hacia La Habana, pero con destino en Norteamérica, eran dos y que tenían objetivos distintos. En la Parte II: «La apertura de un segundo frente», como explica brillantemente Rafael Torres, el gobierno español, con Floridablanca al frente, preparó hasta el último detalle para hacer creer tanto a amigos como a enemigos que lo que se preparaba en Cádiz eran dos escuadras: una con destino americano y otra con destino europeo, hasta el punto de poner las raciones de vino a las tripulaciones que embarcaron en la que teóricamente no cruzaría el Atlántico. La llegada del convoy español a La Habana en agosto pondría punto final a la parte más delicada del plan: abrir el segundo frente en la guerra contra los ingleses. En la Parte III: «La captura del doble convoy inglés», la red tendida por la Armada española en los meses anteriores caía definitivamente sobre los ingleses el 9 de agosto de 1780. A su llegada a Cádiz el 16 de agosto de aquel año, los vigías del puerto gaditano daban aviso de la entrada de un convoy capturando, en el que se contabilizaban, entre otros pertrechos, 553 cañones, 18.839 balas de cañón y la nada desdeñable cantidad de 1.276 barriles de pólvora. En otros términos: un desastre para la economía británica y un fortísimo varapalo para las tropas inglesas que combatían a los colonos rebeldes en las Trece Colonias.
Como punto final, merece la pena laudar el completísimo aparato cartográfico con que cuenta el volumen, donde el lector no sólo podrá saber la derrota (itinerario) de todas las escuadras, sino presenciar cada movimiento en la persecución de dichas escuadras y sus respectivos choques. Merece también la pena mencionar las tablas que salpican en volumen llenas de datos sobre los cargamentos, la marinería, los navíos de escolta, etc. Además de la bibliografía, donde no falta ni un solo archivo que el autor no haya consultado. Este libro es, en resumen, un ejemplo de cómo debe hacerse historia naval.