Imagen de cubierta de 'Damas, torres y leones'
Narrar una historia del mundo ibérico a través de su escultura
Una maravillosa conjunción entre la pericia en la creación de imágenes y los buenos textos de un especialista en escultura ibérica ofrecen una nueva, asombrosa y muy completa visión de los íberos
Una imagen vale más que mil palabras. Y es verdad, el refrán se cumple. Cuando imaginamos las culturas antiguas, no pensamos en los historiadores que nos han legado su testimonio ni en las obras en que lo consignaron. Procedemos a «imaginar», o lo que es lo mismo, «representar en la mente la imagen de algo o de alguien», según la RAE. No podemos evitarlo, los humanos somos así. En los casos griego y romano, por ejemplo, lo tenemos más fácil: contamos con numerosos ejemplos de arquitectura y escultura, con lo que apenas necesitamos imaginar. En Roma podemos ver los Foros Imperiales, la Vía Apia, la estatua de Augusto de Prima Porta en los Museos Vaticanos. En Atenas se encuentra la Acrópolis, con el Partenón (aunque sin la estatua de Atenea Parthenos), el Erecteion, los Propileos, el Templo de Atenea Niké… Así como la estatua de Atenea Varvakeion, copia romana del siglo II custodiada en el Museo Arqueológico de Atenas que se tiene como la más parecida a la estatua original de Atenea Parthenos. Para el mundo ibérico no tenemos nada parecido. La potencia económica, política y militar que alcanzaban Atenas y Roma en los días en que se levantaba, por ejemplo, Pozo Moro (Chinchilla de Montearagón, Albacete) a finales del siglo VI a.C., así como las situaciones geográficas de Atenas, Roma e Iberia, explican el porqué de este desajuste. E independientemente de las causas, la consecuencia es clara: a los íberos hay que imaginárselos con mucho más esfuerzo que a atenienses y romanos.

Desperta Ferro (2026). 176 páginas
Damas, torres y leones. Los íberos a través de su escultura
Es cierto que no siempre ha sido fácil imaginar a los íberos para el público general, más allá de las famosas Damas de Elche y Baza. O los conjuntos de Osuna y Porcuna, en Sevilla y Jaén, respectivamente, para los más avezados. Cuando uno se tenía que enfrentar a libros con títulos que rezan: «Escultura ibérica»; «Evolución de la escultura ibérica»; o «Del orientalizante a la romanización», las ganas de conocer más sobre los íberos comenzaban a flaquear. Para más inri, el lector se encontraba con arduos y difíciles de digerir catálogos de imágenes que, sin el menor atractivo textual ni estético, disparaban descripción tras descripción. Absolutamente nada de aquello encontrará el lector en el libro que a continuación se reseña: Damas, torres y leones. Los íberos a través de su escultura, (Desperta Ferro Ediciones, 2026) de Jesús Robles Moreno.
Hay que decir que el volumen cuenta con una portada extraordinariamente llamativa. Y, aunque no se debe juzgar un libro por la portada, lo cierto es que esta cumple sobradamente su función: captar, y no soltar, la atención del lector. En ella aparece la restitución de la escena mejor conservada de monomaquia procedente de uno de los yacimientos más famosos del mundo ibérico: Cerrillo Blanco (Porcuna, Jaén). Un héroe, totalmente armado, alancea a un enemigo postrado en el suelo. Lo más llamativo es la restitución de los rostros llevada a cabo por el artista Román García Mora, autor de algunas de las ilustraciones más evocadores del volumen y colaborador habitual en las ilustraciones de Desperta Ferro Ediciones. Por su parte el autor, Jesús Robles Moreno, joven especialista formado en la Universidad Autónoma de Madrid, es ya, a su corta edad, una voz autorizada en el campo de la escultura ibérica, amparado en esta obra nada más y nada menos que por la catedrática emérita de la Universidad Complutense de Madrid, y gran especialista en escultura ibérica, Teresa Chapa Brunet. Es especialmente reseñable la buena escritura del libro: no sólo la ausencia de erratas (a lo largo de más de 50 páginas sólo he hallado una), sino la buena sintaxis y el fluido ritmo de narración. Una narración cronológica, dicho sea de paso, que cuenta una historia: la historia de los íberos.
Esto hace honor a las palabras de la introducción de Jesús Robles cuando afirma que «el lector no encontrará aquí un texto enciclopédico, ni un catálogo que compile la totalidad de las piezas conocidas. Tampoco amplias y vacías descripciones formales o estilísticas. Por el contrario, mi objetivo será narrar una historia del mundo ibérico a través de su escultura» (p. 14). Pues bien: lo consigue. Pese a que el aparato iconográfico en el libro es potente (es un ilustrado, de esos «dulces» a los que nos tienen acostumbrados el equipo editorial de Desperta Ferro), este en ningún momento se convierte en un pesado catálogo, ni quita protagonismo al texto. Son una simbiosis: aquello que el autor describe es aquello que el lector está viendo. La integración es perfecta.
Ahora destacaremos algunas de esas obras artísticas que salpican el libro. La primera la encontramos entre las páginas 22-23, donde el monumento turriforme de Pozo Moro (Chinchilla de Montearagón, Albacete), datado a finales del siglo VI a.C., hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, aparece en todo su esplendor: construcción, color y simbología. Un monumento diseñado para contener un nicho con las cenizas de un importante personaje, con forma de torre, cercado por un muro de adobe, y con suelo cuidadosamente empedrado con guijarros. Los relieves, restituidos, que relatan un ciclo heroico, un potente programa iconográfico, se suceden ordenadamente, y un pastor que conduce sus rebaños por el lugar parece salir del recinto, quizá de presentar sus respetos, quizá por mera curiosidad.
Más adelante, entre las páginas 46-47, le llega al turno a la reconstrucción idealizada del monumento de Cerrillo Blanco (Porcuna, Jaén), datado en la segunda mitad del siglo V a.C., donde el autor subraya la gran cantidad de incógnitas sobre la estructura que albergaría tamaño conjunto escultórico, en el que se sitúa la imagen restituida de la portada: la monomaquia de Cerrillo Blanco. Un pormenorizado aparato informativo explica, a vuelta de página, cada elemento importante de la reconstrucción. Seguimos avanzando, y en las páginas 144-145 encontramos otra reconstrucción idealizada, en este caso del santuario del Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo, Albacete), donde los padres escolapios recuperaron tantas esculturas a finales del siglo XIX, y donde se aprecia la gran proliferación de exvotos escultóricos en un contexto religioso relacionado con las vías de comunicación y el pastoreo trashumante, fuera, por tanto, del ámbito político de los oppida. También a vuelta de página el lector podrá descubrir los detalles de cada elemento de la ilustración.
Y ya casi al final, en las páginas 166-167, encontramos la reconstrucción del que era el inicio del proceso: el taller. Se trata específicamente del taller escultórico del valle del Segura-Corredor de Montesa, el mejor documentado de los talleres escultóricos ibéricos, a pleno rendimiento en el trabajo del pilar-estela de la tumba 70 de Coimbra del Barranco Ancho (Jumilla, Murcia). Vemos especialistas trabajando en cada una de las distintas fases del proceso: canteros, escultores, herreros, pintores, aprendices de oficio…
Realmente, esta publicación conjuga el rigor histórico de un especialista en el tema con la belleza estética del potente corpus de imágenes, amén del buen hacer editorial al que Desperta Ferro nos tiene acostumbrados, y que echamos de menos en cuanto dejamos sus seguras orillas.