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Cubierta de 'Un dedo menos'

Cubierta de 'Un dedo menos'Nocturna

'Un dedo menos': una breve pero efectiva novela negra en la que la venganza y el dolor invitan a la reflexión

Antonia Lassa convierte una investigación criminal en un estudio sobrio y melancólico sobre la inocencia, el duelo y las zonas grises del alma humana

El cementerio de Polloe, en San Sebastián, es el lugar elegido por Antonia Lassa (heterónimo de Luisa Etxenike) para abrir su nueva novela de intriga. Es allí, en un frío y tranquilo panteón familiar, donde aparece el cadáver desfigurado y sin un dedo de un hombre sin hogar. La investigación pronto revela que no se trata de un caso aislado, sino del inicio de una serie de crímenes inquietantes con varios rasgos en común. Pero lo interesante es que, a medida que nos adentramos en la trama, la frontera entre culpabilidad e inocencia se vuelve cada vez más difusa, y los personajes más ambiguos.

Cubierta de 'Un dedo menos'

Nocturna (2026). 192 páginas

Un dedo menos

Antonia Lassa

La protagonista es Emilia Castro Urrutia, subcomisaria de la Ertzaintza, que, al ser parte del cuerpo policial y no detective, debe atenerse a las reglas de la investigación criminal, a veces en contra de su propia intuición, y trabajar en equipo con diferentes miembros de la Policía española. Al mismo tiempo, Emilia demuestra una enorme sensibilidad y heridas personales, tanto en la cariñosa relación que mantiene con su abuelo viudo como en el recuerdo de un amor que se alejó de ella. Este tipo de duplicidad entre el lado «policial» y el lado más íntimo de la protagonista sigue la línea de la novela negra más actual, aunque con un extra de emoción y ternura. El lector conectará con Emilia tanto como con el resto de los personajes, todos retratados entre la luz y la sombra.

La naturaleza del caso nos lleva por distintos puntos de la geografía española (País Vasco, Segovia, Gijón y Madrid), mientras se descubren nuevos cadáveres y se investiga la identidad y paradero del culpable. Los ambientes son silenciosos, sombríos y melancólicos: carreteras desiertas, cementerios, escenarios rurales… Los capítulos cortos, no numerados, vuelan con ligereza y a la vez profundidad, apartando poco a poco el velo de lo ocurrido y descubriendo las motivaciones del asesino. Son quizá las páginas en que Antonia Lassa da voz a este asesino las que más impactan al lector. La voz narrativa, que en la mayor parte del libro, corresponde a un narrador omnisciente que va desgranando la investigación con Emilia como núcleo principal, cambia entonces al interior del asesino, adentrándonos en su psicología. Es difícil que en una novela de investigación criminal lleguemos a empatizar con el culpable, pero Lassa lo consigue concediendo a la voz de este un tono emocional y una motivación para sus actos directamente conectada con el duelo y el amor más profundo.

En general, el estilo es directo y ágil, con abundancia de diálogos y descripciones explícitas, pero también se repiten momentos bastante líricos que llaman a la reflexión. Más que una novela de ritmo trepidante y constantes giros, estamos ante una lectura introspectiva y reflexiva, de una gran profundidad psicológica. El argumento llama a un complicado debate: ¿cuál es la parte de inocencia en el verdugo, y cuál la parte de culpabilidad en la víctima? No es sencillo entender y compadecer al asesino que actúa con brutalidad, y tampoco es habitual discernir la crueldad en los actos pasados de una víctima que tiene pareja, hijos, amigos… Siempre es un placer leer historias en las que los personajes no son absolutamente buenos o malos. Y, en esta, tenemos además un juego constante entre la inocencia legal y la inocencia moral, entre el sentimiento de culpabilidad y la ejecución de daños irreparables sin llegar a ser del todo un monstruo. La inocencia absoluta no existe en el adulto, solo en el niño, pero los actos de crueldad a los que nos puede llevar el dolor más desgarrador, aunque comprensibles hasta cierto punto, no pueden ser nunca justificados.

Quizá lo más interesante de Un dedo menos es esta reflexión triste pero esclarecedora de que las personas no suelen pertenecer a una categoría moral limpia. Nuestra humanidad nos marca como un hierro al rojo: somos seres frágiles, golpeados por los errores, los deseos y las pérdidas.

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