Cubierta de 'Golondrinas'
'Golondrinas': el escalafón de las sombras
Un soldado de Luzbel sufre por no poder dar voz a sus palabras en esta novela cargada de imaginación, lirismo, humor y homenajes
Bernardo Atxaga se entrega sin medida a ese goce que solo la literatura de ficción permite con impunidad plena: el de iluminar, fabulando, recovecos de enigma o de olvido. Iluminarlos después de haberlos creado o recreado, para mostrar lo que no existía, o era inaccesible. Golondrinas es una historia contada por un ser que está más allá del tiempo, pero que por circunstancias queda arraigado a un espacio muy concreto.

Alfaguara (2026). 256 páginas
Golondrinas
Uzariel forma parte de una escuadra de cuatro ángeles militares, o grigoris, al servicio de Luzbel. Ocupa el último puesto del escalafón por poder y relevancia. Su función es redactar informes de las misiones encomendadas al grupo. Con una de ellas empieza la novela, de la que Uzariel es narrador: la escuadra demoníaca debe montar guardia en el cementerio de Arroa Goia durante la tarde y la noche del 22 de julio de 1992 para comprobar que no sale de su tumba el «ser material» –jerga de los ángeles rebeldes– José Manuel Ibar Azpiazu, el mítico Urtain.
La prolongada vigilancia causa acedía, mal frecuente en estos siervos de la oscuridad. Para mitigarla, observan lo que ocurre allí abajo, quiénes son los asistentes al entierro y qué hacen después. También recuerdan algunos episodios de la vida del finado. Reconstruyen su última noche, marcada por dos sueños. En el primero sale Muhammad Ali. En el segundo, Batraele, miembro de la escuadra, instila a Urtain el veneno de la culpa que lo lleva a lanzarse al vacío desde la décima planta de su vivienda madrileña. En la caracterización de estos «seres inmateriales» hay una sorna que nos hace verlos, más que como servidores implacables del mal, como una panda de cabroncetes con lengua viperina, preocupados por los ascensos y por halagar a sus superiores. Endiabladamente humanos.
Concluida la misión, a Uzariel lo abandonan sus compañeros. Nunca lo han valorado en exceso, porque es, como él mismo dice, un grigori mi-cuit, con escasa clarividencia, sensible a las bellezas del paisaje y poco aficionado a la crueldad. Antes de desaparecer, sus jefes le encargan vigilar a Guillermo, personaje ficticio que odió a Urtain por turbios motivos familiares. Es dueño de un molino que tendrá gran relevancia en la trama. La segunda parte de la novela comienza con el entierro de Guillermo en Arroa Goia veinticinco años después del funeral de Urtain, mientras que la tercera y última empieza en el mismo lugar, otros veinticinco años más tarde, esta vez con el último adiós a Pedro, un pintor que compró el molino de Guillermo.
En torno a esos tres personajes y a ese lugar se articula una historia sorprendente de fracasos, venganzas, camaradería, extorsiones, ansias de vivir y de comunicarse. Al paso aparecen reflexiones sobre la religión, críticas a la burocracia de las instituciones públicas, homenajes a personas y paisajes muy cercanos al autor, citas irónicas a Milton, Rousseau o Blas de Otero. Incluso surge a mitad de trayecto una intriga detectivesca que se resuelve tras un episodio hilarante revelado en las páginas finales. Y todo ello contado a su manera por un ángel de las tinieblas que se entera de lo que puede. Mixtura insólita de licores que en otro podría haber dado un mal brebaje, la mano maestra de Atxaga la convierte en alta coctelería literaria.
Volvamos a Uzariel. Las particularidades de su léxico y de su percepción dan para un juego metanarrativo de lo más ingenioso. Con un dominio absoluto del arte del relato y de sus convenciones, Atxaga disocia al narrador omnisciente de su supuesta omnisciencia. Ocurre que Uzariel, por ejemplo, no oye una información relevante pronunciada por un personaje, puesto que en ese mismo momento su clarividencia averiada le dicta en alto la marca y el modelo de una prenda de ropa que lleva dicho personaje, dato completamente superfluo. Atxaga no solo separa lo indivisible, sino que, en sentido contrario, fusiona lo opuesto al romper la barrera entre el narrador externo y el interno. Uzariel está fuera y está dentro de la historia, se mueve en un aislamiento completo, pero lucha por que los «seres materiales» de los que se ha encariñado, a los que ve ya casi como amigos, incorporen los pensamientos que él les inspira, y puedan incluso oír sus palabras con una voz que por desgracia no tiene.
Golondrinas es una novela dispersa en apariencia, pero eficaz en su onda expansiva emocional y en la potencia de sus símbolos. Risueña y melancólica a la vez, con perdedores mortales e inmortales. Late una celebración de la vida, porque la vida es cíclica y permite los retornos, parciales, imperfectos, y con ellos las segundas oportunidades. Frenético, vertiginoso, a diez metros por segundo –petrificado en un relieve de la lápida de Urtain, bullicioso en un patio de Avignon, nostálgico en la canción favorita de la mujer a quien se amó, detenido en el paisaje de un cuadro, aleteante de vida en el cementerio de Arroa Goia–, el vuelo circular de las golondrinas parece ir cosiendo con el hilo invisible de su rastro las estaciones cálidas, los recuerdos, las nuevas esperanzas.