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Curación del ciego. Duccio.

Curación del ciego. Duccio.

'Habla la carne': la alegría cristiana

La mirada virginal que nace de la fe se revela en este ensayo como el único camino hacia una alegría que no es humana, sino de Dios

En la oración del mediodía rezamos «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros». En el sí de una joven se encierra el misterio del cristianismo: la encarnación del Verbo. Por eso, esta es una religión de la carne. Los misterios de nuestra fe tienen a esta como protagonista: la encarnación y la resurrección. Sin embargo, pensar la carne y hablar de la carne no es tan sencillo. En la mentalidad cientificista del mundo moderno, reducimos la carne a su condición objetual, a ser un cuerpo, una cosa aprehensible. De ahí, la importancia de esta obra: adentrarse en el significado de la carne desde la perspectiva teológico-filosófica con el fin de entender mejor el sentido último de la existencia humana.

Cubierta de 'Habla la carne'

Encuentro (2026). 145 páginas

Habla la carne

Rafael Gómez Miranda

¿Cómo es posible que lo eterno habite el tiempo? ¿Qué en la finitud, se dé la infinitud? Gómez Miranda, doctor en Filosofía por la Universidad Complutense y en Teología por la Universidad Gregoriana de Roma, profesor de la Universidad Eclesiástica San Dámaso, se adentra en este desvelarse para ayudarnos a comprender de un modo nuevo no reductivo en qué consiste. En esta obra se propone iluminar nuestro entendimiento ante este misterio para que, como reza el título, la carne hable. El reto no es sencillo ni simple, ¿cómo es posible referirse a ese tipo de realidades que, como se dice en la introducción, «manifiesta más de lo que la mera razón es capaz de captar, de plasmar, de decir»?

El primer punto esencial del libro es proponer un método para desvelar la carne sin reducirla ni cosificarla. Nuestro autor propone un camino que aúna en sí distintos métodos. Por un lado, se apoya en la filosofía de herencia fenomenológica que, nacida en Heidegger, está sobre la base del pensamiento de dos filósofos contemporáneos: Jean-Luc Marion y Michel Henry, que le proporcionan las herramientas conceptuales necesarias para poder recorrer el camino del desvelar del significado profundo de la carne. Junto con este aspecto, se puede intuir ese otro método propio de la teología que es leer la vida de Cristo como un acontecimiento, es decir, como un hecho que, en la carne se puede reconocer. Dios le habla al hombre desde la carne. En este sentido, el acontecimiento de Cristo presente en la carne invita al hombre a responder a la pregunta que Él mismo hizo a sus apóstoles: «¿Quién dice la gente que soy yo?». Por eso, como afirma el autor, «la carne es el escenario de la salvación en que se realiza la acción verdadera: hacer la voluntad de Dios, que no es otra cosa que acoger el don de la Vida».

De este modo, el hombre tiene que ser capaz de entender «el lenguaje paradójico de la carne». Por eso, es necesario romper con la dinámica del pensamiento moderno que impide el conocimiento de la carne. La modernidad propone una reducción epistemológica que hace inviable el conocimiento de la carne por establecer una relación posesiva con la realidad, es decir, una relación de disponibilidad, de disposición de la realidad. Ahora bien, comprender la carne solo es posible si al mirar su realidad no se quiere disponer de ella. Es lo que Gómez Miranda llama un mirar-pensar virginal, que es el único modo de vivir en verdad. Frente al dominio y la posesión, esta mirada permite, desde la fragilidad o vulnerabilidad una posibilidad de una relación verdadera con las cosas.

Y esta perspectiva exige una nueva epistemología o lo que es lo mismo una comprensión adecuada de la fe, es decir, comprender que la fe no es un sentimiento o una emoción, sino que es conocimiento. De este modo, solo desde esta fe que conoce el don que es la Vida, el ser humano es capaz de abrirse hacia lo eterno o, como dice nuestro autor, «la fe acoge el don y, con él, el sentido. De ahí que no pueda apropiarse de él (…) sino que sólo puede reconocerlo acogiéndolo». Es el único camino que hace posible saciar la sed del corazón del hombre. Este es el camino que debe seguirse para romper la dinámica que la modernidad impone a la razón humana.

Por eso, esta fe nueva implica la virginidad. Desde la encarnación del Verbo en María, la carne guarda un misterio que excede y que es indisponible. El ser humano está llamado a participar de esta Virginidad que implica un excedente, es decir, un amor que va más allá que no puede ser poseído o reducido a una mera razón. Este acontecimiento de la mirada virginal solo es posible desde la fe que comprende el lenguaje paradójico de la carne que acontece en la Presencia de Cristo vivo, cuya manifestación concluye en la Resurrección. Como dice Gómez Miranda, «la fe en la Resurrección nos permite ver-conocer la vida eterna, pues, esa Vida que nos vivifica se ve». Ahora bien, y esta es otra de las genialidades de esta obra, ese ver solo se consigue si se «nace de nuevo» en cada instante, es decir, en el presente: «sólo así, por la fe –creyendo que es posible, dando crédito a la resurrección de la carne– vemos y conocemos este mundo transformado». El ser humano está llamado a este nuevo nacimiento, cuya consecuencia es una alegría que no nace de lo humano, sino de Dios, que es el signo visible de su Resurrección.

Gómez Miranda nos introduce en la verdadera dimensión de la presencia del cristiano en el mundo de hoy. Solo la mirada virginal (a la que todos estamos llamados) que nace de la fe permite una relación con los hombres y con el mundo que nazca de Dios. Un Dios que se hace carne, que habita el mundo y que nos da la Vida. Y al acoger su Vida, el hombre solo puede manifestar una alegría que no es suya sino de Dios. La alegría de Dios es la misión de la continuación de la Carne en la vida de la Iglesia. ¡Cómo sería el mundo si tuviésemos esa fe y esa mirada virginal! Por eso, nuestro autor concluye en palabras de Falque que puedo reconocer a Dios visible presente «en mi hermano en quien veo la belleza de Dios, en la Palabra que me da a oír su mensaje, en la eucaristía que me lleva a gustar su dulzor».

Quien lea esta obra no solo disfrutará de un diálogo profundo con el pensamiento, sino que podrá, como la buena teología, amar más a Dios y descubrir su Presencia. Como solía decir el Papa Francisco, la buena teología se hace de rodillas. Este libro es un buen ejemplo.

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