Cubierta de 'Anhelo de raíces'
Una casa de campo y numerosas flores que sacian el 'Anhelo de raíces'
Memorias de una escritora cosmopolita que halló raíces en los placeres de la vida rural
Una florida portada anticipa el contenido de un libro en el que jardines y escritos son protagonistas a partes iguales. Bien podría confundirse con un cuaderno de campo, y no erraríamos demasiado. May Sarton (1912-1995) recoge en sus páginas sus memorias de los diez primeros años en su nueva casa campestre de Nuevo Hampshire. Una autobiografía contemplativa en la que no faltan las historias que traen los objetos y los vecinos, así como las lecciones de la propia naturaleza.

Traducción de Mercedes Fernández Cuesta. Gallo Nero (2020). 200 páginas
Anhelo de raíces
Aquella joven de ascendencia belga que vivió en Inglaterra, hizo amistades en París y se hizo un nombre en Estados Unidos descubre que el cosmopolitismo también anhela raíces. Fiel a este reclamo, elige apartarse de una vida agitada y comprometida para retirarse a una vieja casa de campo. La novela se va desplegando como se despliega la casa. Casa no equivale a hogar y así lo experimenta la propia May. No nos priva de conocer cómo fue su llegada al pueblo de Nelson y su primer encuentro con su futura vivienda. Los anhelos proyectados sobre ella le movieron a hacerse con esta aun cuando mucho restaba para calificarla de «hogareña». Transformarla en un lugar no solo habitable sino propio será la primera de las historias recogidas entre reflexiones, encuentros e impresiones.
Una soledad escogida pero habitada, llena de «silencios vivificadores». Es una «casa viva»; cada cuadro, jarrón, mesa o cortina murmura una historia y testimonia el pausado paso del tiempo creador. También lo hace la parcela verde que tantas lágrimas y gozos causará en la escritora que quiso ser jardinera. Descubre en el cuidado de este terreno una metáfora de la escritura: el arte de escoger flores equivale al de seleccionar palabras. En realidad, la década que la autora pasó en Nelson, de 1958 a 1968, es, en sí misma, toda una alegoría de la vida, la interior más que la exterior. Si bien los cambios externos no son apenas perceptibles en el corto plazo, como sucede en el jardín, el corazón de May se va enraizando, poco a poco, en la espera serena, la mirada atenta, la agudeza sensible.
Escribir poemas y recoger flores parecen ser sus principales quehaceres, cuando no ha de atender alguna visita o conocer a un nuevo vecino. Unos y otros vienen cargados de relatos y anécdotas despertadoras de recuerdos. Ella había ido a escribir y leer, pero se encontró con tareas que requerían de su atención al igual que las de escritora, aunque al mismo tiempo las enriquecían con creces. La inspiración poética late detrás de muchas de las reflexiones que entretienen a Sarton mientras forma ramilletes para el escritorio. Sabe que escribir le permite conocer mejor qué le sucede. Lo que no sabía era que disponiendo un salón y arreglando unas matas también hallaría respuestas. Entre ellas, la clave para vivir en el equilibrio de la autosuficiencia y la dependencia, el trabajo y la espera.
Difícil definir con univocidad el estilo. La autora parece haber hecho de él un armónico jardín. Descripciones delicadas con las que detener el paso del tiempo y, a la vez, querer referir pormenorizadamente su avance. La vida rural es calma, una calma activa, pues la vida va por dentro o subyace en el lento pero constante paso de las estaciones. Hay dinamismo en los pensamientos bulliciosos de May, también en el aparecer de conocidos y vecinos, y en sus historias. Y qué decir del diálogo: el verdadero no es el de las conversaciones, sino el que entablan lector y autora, o la autora consigo misma. Un florido ramillete de voces y experiencias que seducen a cuantos se acercan a oler este diario. Poco importa dónde, cuándo o los colores que brillan cuando todo es imagen de lo que habita en el alma.
La poetisa verdadera, aquella que sabe de la arbitrariedad de la inspiración y de la delicada disposición de los versos, no busca lujos. Tampoco los persigue una casera que, indiferente a las modas y ajena a los excesos, tan solo se deleita en lo sencillo: «flores en casa todo el año».
Y es que «¿hay algún otro goce, salvo la jardinería, que pida tanto y dé tanto?». Sarton reconoce: la escritura de un poema. Y matiza: «coinciden en que ambas son pasiones que traen con ellas la renovación». Atender los anhelos para acudir a las raíces y, desde ellas, dejarse renovar como una casa, como un jardín.