Cubierta de 'Bob Dylan'
‘Bob Dylan: retrato de un hombre invisible’: la biografía imposible de un músico enigmático
Eduardo Jordá persigue las mil caras de Bob Dylan y convierte una biografía imposible en un lúcido retrato del artista que hizo del misterio su identidad
He leído Número cero. Bob Dylan: retrato de un hombre invisible con cierta sensación de revival, recordando aquellos tiempos lejanos en los que escuchaba los LP de Bob Dylan y, por consejo del escritor cacereño Julián Rodríguez, leía los libros de Eduardo Jordá, autor de esta obra que nos llega en edición de Libros del Asteroide.

Libros del Asteroide (2026). 120 páginas
Número cero. Bob Dylan: retrato de un hombre invisible
Este es, salvo error por mi parte, el tercer ensayo biográfico de Jordá sobre estrellas musicales, y no he podido evitar pensar que tal vez tenga querencia por los artistas de carácter intempestivo. Primero fue el intratable Van Morrison (mi cantante preferido), luego el impulsivo y errático Hank Williams, y ahora Bob Dylan, paradigma de hombre inasible y misterioso, o invisible, por hacer nuestro el adjetivo del título.
Aquí encontramos la paradoja de que Jordá nos ofrece la biografía de un músico que él mismo considera imposible de biografiar. Y pone como ejemplo (p. 18) el caso de Robert Shelton, crítico de The New York Times que «se empeñó en escribir una biografía definitiva» de Dylan, y tras veinte años de enconado esfuerzo acabó medio loco, distanciado de sus amigos, divorciado de su mujer, arruinado y excediéndose con el alcohol. (Barrunto que las malandanzas de un Shelton derrotado por el Dylan más esquinado darían para una buena novela).
Entonces, se preguntará el lector: ¿Pero qué tiene Bob Dylan para que sea tan complicado escribir sobre él? Respuesta: Dylan es muchas personas a la vez. Jordá nos lo explica: «perseguir a Dylan es perseguir a Moby Dick, al capitán Ahab y al grumete Ismael y al arponero Queequeg y al primer oficial Starbuck, y por supuesto, también a Herman Melville…».
Más allá de hablarnos de los discos y las canciones de Robert Allen Zimmerman (ese es su nombre de nacimiento), de sus esposas, parejas y amantes, de sus problemas de salud y de su soledad, de sus virajes musicales y religiosos –famosas son sus conversiones a la guitarra Fender Stratocaster y al cristianismo–, más allá de analizar la letra de algunos de sus temas más exitosos y explicar cómo era su concepción artística, Jordá centra su tesis, como ya he apuntado, en la imposibilidad de conocer bien, por mucho que lo intentemos, a esta estrella rutilante que tanto hizo por transformar la música popular norteamericana.
«Al final, nada de lo que se ha escrito sobre Dylan nos sirve de mucho. Ni las biografías de Dylan ni los testimonios de los que han convivido con él nos aclararán jamás el misterio. Como Homero, como Brontë, como John Ford, Bob Dylan será siempre un enigma», leemos en la página 17.
Pero no es necesario descifrar un enigma para disfrutar de él. La biografía imposible que ha escrito Jordá sí que sirve: sirve para recuperar la figura de uno de los músicos más influyentes y controvertidos de los siglos XX y XXI, Premio Nobel de Literatura en 2016, ese hombre de las mil caras y los mil nombres, adicto a las mentiras y a las ausencias. Sirve para recordar la impronta de algunos de los grandes géneros con los que coqueteó este extraordinario cronista de América: el folk, el blues, el rock, el country, el góspel, el jazz. Y sirve, en fin, para conocer o reconocer, aunque sea imperfectamente, a Dylan, al propio Jordá y, en lo personal, al joven que fui, que encontró en la música y en la literatura los mejores compañeros de viaje. Porque esta vida es, sin duda, y con el permiso de Bob Dylan, el mayor de los enigmas.