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Cubierta de 'Ruido de fondo'

Cubierta de 'Ruido de fondo'Austral

'Ruido de fondo': los ochenta han vuelto. Mueran los ochenta

Cuatro décadas después, la sátira de DeLillo sobre el consumo, la tecnología y el miedo a la muerte se ha quedado corta ante la realidad

Don DeLillo quiso escribir una novela sobre la muerte, el consumo y la tecnología. Y que además fuera comedia. El novelista neoyorquino regresó a su país tras varios años becado en Europa y entonces descubrió la cantidad de escapes de gas que aparecían en los telediarios. También pensó que sería algo gracioso que el protagonista ostentara el cargo de director de un departamento universitario de Estudios Hitlerianos. Unió los dos ingredientes, el trágico y el cómico, y le salió Ruido de fondo (1985). Probablemente su novela más célebre y uno de los máximos exponentes de la narrativa postmoderna.

Cubierta de 'Ruido de fondo'

Traducido por Gian Castelli. Austral (2026). 432 páginas

Ruido de fondo

Don DeLillo

La novela puede considerarse un amontonamiento de lugares comunes sobre la clase media americana. La familia protagonista, formada por cuatro hijos heredados de varios matrimonios, padece sobrepeso, se alimenta de productos brillantes y coloridos, los picos de ansiedad los solventa en el supermercado o cenando dentro del coche y, sobre todo, tiene mucho miedo a la muerte.

Hay quien dice que Ruido de fondo no es una novela postmoderna, sino una novela sobre la postmodernidad. Yo diría que es una novela postmoderna sobre la postmodernidad. Describe un tiempo que parecía sepultado entre el temor a la guerra nuclear y el consumo desmesurado. Han pasado cuarenta años desde su publicación y encuentro que las exageraciones de DeLillo, en su momento atronadoras, son ahora mismo casi pueriles. Señalo dos ejemplos.

Hay una escena vibrante, que diría la IA, sobre la familia hinchándose a pollo frito y tarta de chocolate dentro del coche. En su momento se leyó como algo grotesco, pero esta misma semana veo el anuncio de una muy conocida cadena de comida rápida que ofrece una hamburguesa sumergible en salsa de queso. Las nuevas casas se diseñan sin apenas cocina, pues ya no se usa más que para calentar el café. Otra escena célebre de la novela describe la visita de dos académicos de estudios culturales (Hitler y Elvis) al granero más fotografiado de Estados Unidos, cuyo mérito es precisamente ser el más fotografiado de los Estados Unidos. Dicho pasaje provocó muchas páginas sesudas, pero de nuevo la crítica se queda corta con lo que hoy vivimos: cualquier persona metida mínimamente en redes sabe que lo importante no es estar, sino la fotografía que demuestra que has estado. Ya no se mira a la novia en las bodas, se la fotografía. La realidad solo se aprecia bien tras la pantalla de los móviles.

Ruido de fondo no es una versión intelectual de Los Simpson, aunque sea divertida, en ocasiones tan grotesca y absurda como la animación. Encierra en sus páginas todo el terror de la sociedad materialista hacia el misterio de la vida, que es la muerte, y los diferentes modos de escapar de la angustia: el consumo, la disolución en la masa, la química o el asesinato; hay incluso una unamuniana entrada de una monja alemana que, si no da luces, por lo menos da qué pensar.

DeLillo se educó en el catolicismo, hijo de inmigrantes italianos, educado en la universidad jesuítica de Fordham, y, como Joyce, otro gran católico desmembrado, es incapaz de arrancarse la percepción del misterio, de lo sagrado y del ritual. Entiende la postmodernidad como la sustitución de las creencias que provoca el capitalismo: el templo es el supermercado, la fe es la tecnología. Lo que permanece es la búsqueda de sentido y la necesidad de una epifanía, del asombro que representa la escena casi mágica del hijo pequeño del protagonista, que atraviesa sobre un triciclo seis carriles de una autopista. El único personaje sin miedo a la muerte –solo tiene dos años– se salva milagrosamente de un atropello seguro.

Pynchon y Don DeLillo son los últimos clásicos vivos. Este noviembre cumple noventa años (Pynchon ha cumplido 89). Los dos grandes interpretadores de la saturación mediática y el exceso de información coinciden en haber mantenido una vida fuera de foco. En unos tiempos en que a los escritores se les exige dedicar el mismo tiempo a su obra que a su promoción, son todo un ejemplo a seguir.

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