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Cubierta de 'Las Cervantas'

Cubierta de 'Las Cervantas'Crítica

'Las Cervantas': por el buen nombre de todo un apellido

Un alegato a favor de la parentela femenina del genio, denostada a menudo por ignorancia o mala fe

Está extendida la idea de que, en sus últimos años, el pobre Miguel tuvo que cargar no solo con lisiadura, frustraciones y desembolsos, sino además con las mujeres de su familia, que le encorvaban otro poco las espaldas y los ánimos. A esta parentela se la conoce como las Cervantas, que rima sospechosamente con liantas, tunantas, suripantas. Nada bueno. Es sobre todo en el siglo XIX y principios del XX cuando se carga las tintas contra ellas, como si cierto cervantismo de raíz romántica quisiera destacar el mérito del genio acrecentando la magnitud de las adversidades que debió afrontar. Pero ¿las tuvo por este lado femenino? Isabel Castro Latorre ha cogido y ha dicho que eso hay que verlo.

Cubierta de 'Las Cervantas'

Crítica (2026). 296 páginas

Las Cervantas

Isabel Castro Latorre

La autora aporta documentación y perspectiva. La documentación le es familiar desde que la revisó junto con su marido, Juan Eslava Galán, para recrear el trasfondo de Misterioso asesinato en casa de Cervantes (2015), novela bien aromada de época. La perspectiva le viene de su formación como historiadora y antropóloga, pero también de una actitud que no siempre se ha dado: contra la indiferencia, querer mirar; contra el prejuicio, querer ver. Pocos descubrimientos recientes hay entre los escritos que maneja Castro Latorre –cartas dotales, pleitos, testamentos, etcétera–, pero los lee con atención, los pone en contexto e interpreta aquello que se insinúa entre líneas o en los márgenes.

El libro incluye en el clan a once mujeres: las dos abuelas de Miguel, la madre, la tía paterna, la esposa, la suegra, las tres hermanas, la sobrina y la hija. La familia Cervantes-Cortinas era de una hidalguía venida a menos. Disfrutó de un más que mediano pasar hasta que las desventuras y los descalabros fueron amontonándose. Ellas, en general, tuvieron una no desdeñable formación y destacaron por su desenvoltura y por un audaz espíritu emprendedor cuando las circunstancias apretaban. Leonor, la madre, logró licencia de exportación de mercaderías a Argel. Andrea, la hermana mayor, puso taller de costura en Madrid con clientela de postín. Estas actividades implicaban muchas trabas previas.

La autora destaca el sacrificio económico que debieron hacer las mujeres de la familia, obligadas a despojarse de buena parte de sus bienes en momentos de especial tribulación. Tal fue el embargo por impago de alquiler durante la primera estancia en Valladolid: Rodrigo Cervantes, el cirujano sangrador, andaba tan justo de ingresos como sobrado de gastos, no todos bien aclarados. Mucho peor fue el quebranto que supuso rescatar a Miguel y a Rodrigo de su cautiverio en Berbería. El heroísmo les salió caro, y a la larga tampoco lo amortizaron tanto, aunque aquí se afirma que el sueldo de nuestro autor como comisario de abastos y como recaudador de impuestos no estaba nada mal al cambio de hoy en día.

Sobre las compensaciones en metálico y en especie que, empezando por la tía María, recibieron varias mujeres del clan por parte de pretendientes ricos, previo litigio, y que han cimentado en buena medida la fama de lagartonas aprovechadas, Castro Latorre se extiende en detalle. Hay margen para la conjetura, pero esta debe basarse en un conocimiento completo de cada situación. Entre las páginas más interesantes están las referidas a los usos matrimoniales antes del Concilio de Trento, con sobrentendidos que se entendían luego a conveniencia, y que explican ciertos, digamos, desistimientos poco honorables del varón, una vez que ya había catado ciertos frutos.

Si las Cervantas han tenido reputación de casquivanas ha sido, sobre todo, por la declaración de una vecina chismosa que testificó en el caso Ezpeleta, el «misterioso asesinato» que inspiró título y trama de la novela de Eslava Galán, y que ocurrió frente a la casa familiar en Valladolid. Que allí entraban y salían hombres. Claro, Miguel despachaba con ellos. Este caso es asimismo el origen del remoquete infamante, cuando a un niño de doce años, vecino también, se le preguntó por el «quarto de las Cervantas». La autora cree que quizá fuera una mera errata del escribano, pues en ningún otro lugar de ese texto ni de ningún otro volvemos a encontrar tal referencia. Así de triste es que una chismosa y un lapsus hayan podido apuntalar la leyenda negra de unas mujeres que se demostraron fuertes, luchadoras y entregadas a la familia.

No podía faltar, además de la de Miguel, la presencia episódica en el libro de otros literatos. Aparece Santa Teresa, con la que tuvo trato en persona Luisa, la hermana carmelita de nuestro autor, y luego, Lope y Calderón, relacionados con el convento de las trinitarias donde reposan los restos de Miguel y de su mujer. Metidos en literaturas, Isabel Castro Latorre no renuncia a la tentación de ilustrar varias de sus afirmaciones con pasajes cervantinos. Y como corolario deduce que no pocos de sus personajes femeninos de ficción –nos ofrece una galería al final–, con carácter y muy bien perfilados, tomarían como modelos a las mujeres de su familia, «con mucha probabilidad». La suficiente, en todo caso, para que las Cervantas merezcan recuperar tanto tiempo después la integridad de su apellido.

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