Javier Otero de Navascués en una imagen de archivo
Javier Otero de Navascués, presidente de la Fundación Operística de Navarra
«Hubo un tiempo en el que la idea de Dios estaba en casi todas las óperas»
El próximo tres de diciembre, el auditorio de la Fundación Pablo VI acoge el concierto «Dios en la ópera», una selección de algunos de los más populares títulos líricos en las voces de jóvenes cantantes
Javier Otero de Navascués ha consagrado su vida a difundir los más elevados dones de la espiritualidad, a través del mensaje de Cristo, y a compartir con los otros su amor por la ópera, que es otra religión, como los toros.
Por el camino de una carrera que apuntaba hacia la lírica, pero que luego lo entretuvo por otros derroteros, aunque siempre con un pie en los teatros, se cruzaron también los fogones. Con la misma pasión que organiza audiciones para dar a conocer a futuros cantantes, este navarro militante supervisa los guisos que se sirven cada día en La Favorita, el único restaurante madrileño donde el cumpleaños feliz te lo puede cantar un tenor de La Scala.
Sin olvidarse de su principal misión, la nueva propuesta de Navascues, que ahora une a tres fundaciones (la de Pablo VI, la Cultural Herrera Oria y la Operística de Navarra) se dispone a explorar de un modo singular la fecunda relación entre Dios y el género lírico.
El próximo tres de diciembre, en el auditorio de la Fundación Pablo VI, se celebrará «Dios en la ópera», un concierto a cargo de varios jóvenes y ya destacados intérpretes (como el tenor cubano Andrés Sánchez, que estos días triunfa en Italia) con fragmentos de títulos de Puccini (Madama Butterfly), Verdi (Don Carlo, La forza del destino, La Traviata, Otello, Nabucco) y Wagner (Tannhaüser), entre otros.
—El gran bajo barítono George London tituló uno de sus conocidos discos De dioses y demonios, como su biografía. La ópera está llena de referencias bíblicas, de ídolos caídos tras intentar suplantar a Dios (Nabucco) y de otros que mueren por servirlo (Diálogo de carmelitas). Su idea es muy interesante, pero imagino que le habrá costado mucho trabajo poder realizar una selección, dado lo generoso del repertorio…
—Sí, de hecho, vamos a hacer tres conciertos: el primero, dedicado al tiempo litúrgico de Adviento, es el que celebra el 3 de diciembre, y luego vendrán otros. Hubo un tiempo en el que la idea de Dios, de una u otra manera, aparecía reflejada casi en todas las óperas, pero esta circunstancia se circunscribe a un periodo muy concreto, fundamentalmente el del siglo XIX. Luego, a partir del XX, su presencia decae, como, por otra parte, ocurrió también en otros aspectos de la vida, ¿no?
—Como tesis, parece interesante. Se habla siempre del divorcio que a partir de la segunda mitad del siglo XX se produjo, de modo muy claro, entre el público y los nuevos compositores, que decidieron apostar por otros lenguajes, más crípticos. Quizá ese abandono o desdén por las emociones, que para muchos constituyen la base de la música, ¿pudiera tener que ver con un cierto alejamiento de lo espiritual en lo humano?
—Para mí, sin ninguna duda. Está clarísimo.
—Pero, entonces, siguiendo su planteamiento, la preferencia del público que, en su gran mayoría, se dirige hacia las obras de lo que se conoce como el gran repertorio (Verdi, Puccini, el belcanto) lo que vendría a demostrar es que, en el fondo, ese deseo de una música que conecte de un modo más directo con el público, y que quizá lo remueva por dentro como no ocurre con otras manifestaciones, podría representar algo más que la mera búsqueda de la belleza…
—Ciertamente, lo que revela es la necesidad de volver a conectar con lo trascendente, la idea de Dios, que aún no nos ha abandonado, pese a los varios intentos. Fíjese que el interés por eso que, como usted bien dice, constituye el repertorio no decae, sino todo lo contrario. En Viena, por ejemplo, las óperas de Verdi se ponen una y otra vez y el público compra siempre las entradas.
—Dígaselo usted a los programadores…
—Es que los programadores confunden sus propios deseos con los gustos más comunes del público. Si uno lleva escuchando ópera toda la vida, es lógico y natural que quiera expandir sus experiencias, conocer otras obras, pero lo que no se puede es convertir un teatro en el lugar donde exponer sus gustos personales: hay que estar siempre al servicio de los espectadores que, en su gran mayoría, quieren ver representadas las óperas de sus autores favoritos con buenos cantantes y montajes.
—Ahora que habla de cantantes, ustedes, a través de la Fundación Operística de Navarra, y del Grupo La Favorita, desarrollan una labor encomiable en la tarea de promoción de cantantes jóvenes. Yo diría que a veces mejor que la que realizan las instituciones públicas. Cuente, cuente…
—Bueno, la verdad es que este es el proyecto artístico que más nos ilusiona. Llevamos treinta años sirviendo como lanzadera de jóvenes voces, aportando nuestro humilde granito de arena. En La Favorita no solo damos trabajo a cantantes que empiezan, trabajando en el restaurante, tenemos a disposición de ellos salas de ensayos con pianos; organizamos audiciones; conciertos, no solo en España, clases de canto, talleres de ópera para niños, …
—Por La Favorita han pasado cantantes que luego se han convertido en figuras importantes, ¿no es así?
—Pues desde José Manuel Zapata, al que luego fui a ver cuando debutó en el Met de Nueva York, como Almaviva en El barbero de Sevilla, hasta Saioa Hernández, que estuvo muy poco tiempo, y ahora es una estrella de La Scala de Milán. También pasaron por aquí Valeriano Gamghebeli, Carlos Almaguer, Sergio Escobar…
—Y entre el público, los clientes que acuden a comer, ¿han tenido a cantantes ilustres?
—Recuerdo que vino una vez Teresa Berganza, y además quiso cantar, y cantó, sí, La vie en rose.
—Era una mujer extraordinaria, y una de las más grandes. Qué mal se trata en España a las glorias artísticas, ¿no?… Usted, por ejemplo, es de los pocos que ha hecho algo por mantener en el recuerdo a su paisano Julián Gayarre, el legendario tenor navarro. Creo que en Madrid tiene una placa solo gracias a usted, ¿cierto?
—De joven, debía tener yo veinte años, pagué de mi bolsillo la placa dedicada a Gayarre que hay cerca del Teatro Real. Menos mal que luego me devolvieron el dinero… Yo he hecho todo lo posible por difundir su legado, desde promover conciertos dedicados a él en todas partes hasta ponerle al restaurante «La Favorita» que, como usted bien sabe, era la ópera preferida de este tenor.
—También hizo usted sus pinitos en el canto…
—Bueno, tenía esa ilusión, pero… Canté en algún coro y por eso, por lo que viví, me preocupo siempre de ofrecer el mejor trato posible a nuestros jóvenes cantantes. Cuando organizamos los conciertos fuera, les pagamos todo: caché, viaje, estancia, ¡hasta las fiestas!
—Y ahora usted no canta, pero en el concierto del 3 de diciembre se reserva una participación especial, ¿no?
—Bueno, ahí los protagonistas serán unos cantantes excepcionales, como las sopranos Susanna Wolff y Camila Oria, el tenor Andrés Sánchez Junco (que estos días hará una audición en La Scala), el barítono Alejandro Sánchez y la pianista Nino Kereselidze. En mi caso, yo ofreceré unos breves comentarios para situar cada obra en su preciso contexto.
—Veo que por ahí está anunciado, también, el director de escena Jaime Martorell, ¿habrá algún tipo de montaje?
—El auditorio de la Fundación Pablo VI dispone de unos medios técnicos fantásticos, lo cual sí nos va a permitir algún pequeño juego escenográfico.
—Martorell es un extraordinario hombre de teatro, que debería trabajar mucho más. Recuerdo un viaje con él a la Ópera de Manaos, un tipo muy simpático, además.
—Es genial, nosotros nos valemos de su talento en las pequeñas cosas que hacemos representadas, como las óperas para niños y con niños. Hemos presentado hasta Tosca.
—No me imagino a un niño de diez años interpretando la entrada del barón Scarpia, el siniestro jefe de la policía, cuando grita: «¡Semejante bacanal en la Iglesia!».
—Pues sí, el Te Deum quedó muy bien (risas).
—¿Cómo llevan la venta de entradas para el concierto del día 3?
—Hasta ahora va bien, pero nuestra aspiración es llenar, que seguramente lo lograremos. Y así, de ese modo, nos garantizamos poder realizar los otros dos conciertos de «Dios en la ópera», como está previsto. Se pueden adquirir online a través de Vivetix.com.