07 de febrero de 2023

José Manuel Cansino

Las revueltas en China

Las previsiones para 2023 pronostican un crecimiento del 4,5 %, una cifra muy alejada de sus habituales registros

Las revueltas en la región de Xinjiang contra la política de covid cero y confinamiento estricto aplicada por el Partido Comunista Chino han hecho caer los precios de las materias primas. Los mercados –a los que se atribuye una inmerecida clarividencia sobre el futuro– anticiparon que la magnitud de las protestas que se extendían de oeste a este del gigante asiático, iba a forzar a una relajación de las políticas de confinamiento. El resultado final sería una reducción del riesgo de nuevos cierres de la economía china y, principalmente, de sus puertos marítimos, que son los más grandes del mundo por tráfico de mercancías.
Revueltas a un lado, la economía china ha entrado en una nueva fase tras casi 40 años de expansión y prosperidad una vez que la república comunista decidió abrirse al comercio internacional a finales de los 70 del siglo pasado. Luego, en 2013, Xi Jimping redefinió su estrategia exterior con la iniciativa «una franja, una ruta». Hasta ahora los resultados han sido muy beneficiosos para este país, pero las previsiones para 2023 pronostican un crecimiento del 4,5 %, una cifra muy alejada de sus habituales registros, aunque cuatro veces por encima de lo que se espera para España.
Las nuevas protestas de la población china tienen lugar en un contexto de ralentización de la economía mundial, de pérdida de la ventaja demográfica y de aparición de rivales en varios sectores de gran intensidad de mano de obra. Efectivamente, el envejecimiento demográfico de la población china es muy rápido. Los jóvenes chinos de posición económica media alta han decidido imitar a sus coetáneos occidentales sustituyendo éxito profesional y ocio por hijos.
Además, las fricciones y los conflictos han aumentado debido al creciente proteccionismo comercial entre China y su socio comercial más importante, Estados Unidos. No sólo muchas empresas multinacionales prefieren ahora abrir sus plantas en Vietnam antes que en China por sus menores costes salariales, sino que también lo hacen para evitar los aranceles heredados de la Administración Trump a los productos chinos.
A medida que el brote de COVID-19 se extendió por todo el mundo en 2019, las tensiones entre Estados Unidos y China siguieron intensificándose. El aumento de los conflictos en varias áreas, incluyendo el comercio y la manufactura, han avivado las preocupaciones sobre la viabilidad económica de China a largo plazo.
A ningún analista se le pasa por alto una lectura geopolítica más amplia del origen de estas propuestas; la región o provincia de Xinjiang. Por sus tierras atraviesa la ruta del denominado tren de la seda desde Yiwu (China) a Madrid, recorriendo 13.000 kilómetros por Kazajistán, Rusia, Bielorrusia, Polonia, Alemania, Francia y –tras 21 días de viaje– llegar al centro de España. Es parte de la estrategia china denominada «una franja, una ruta» impulsada por el presidente Xi Jimping. El tren entra en Kazajistán por la ciudad de Dostyk –Provincia de Almatý–, en la frontera con Xinjiang, China. Cualquier conflicto en Xinjiang debilita este eje comercial chino. La operadora para España es la multinacional DSV.
Por último, pero no menos importante, las autoridades chinas han sido repetidamente acusadas de la violación de Derechos Humanos de los uigures y otras minorías étnicas en la región de Xinjiang. Hace ahora justo un año, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos bajo la Administración de Joe Biden, informó de la imposición de una batería de sanciones contra una empresa china y dos individuos por su participación en la violación de Derechos Humanos de los uigures en Xinjiang. El gobierno estadounidense señaló a la compañía SenseTime por haber desarrollado programas informáticos de reconocimiento facial que permitían identificar a uigures a pesar de que llevasen gafas, mascaras o barba.
Buena parte del Occidente cultural –ese que va más allá de los límites geográficos y se asienta en la cultura judeocristiana– parece no ser consciente de estar dibujando con lápices de diferente calidad el trazado de la hoja de ruta del desarrollo humano. Más bien parece que una vez que se restablezcan las cadenas de suministros desde Asia al resto del mundo, estaríamos dispuestos a pasar por alto que más de 1.300 millones de personas viven en China con niveles de libertad que no desearíamos ni a nuestros rivales. Quizás y a modo de pesadilla sólo estamos prevenidos ante el riesgo de que nos confinen de nuevo. Puede que nos hayamos creído que esto es impensable, pero para la población china es lo que puede pasar en apenas unas horas.
  • Jose Manuel Cansino es catedrático de Economía de la Universidad de Sevilla y académico de la Universidad Autónoma de Chile / @jmcansino
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