29 de enero de 2023

José Manuel Cansino

¿Descarte de la globalización?

La pandemia ha demostrado que un sistema económico mundial en el que la mayor parte de la producción se concentra en sólo una parte del planeta, desde la que se abastece a todo el mundo, es un sistema vulnerable

El trilema de Rodrik plantea que no es posible que un país alcance simultáneamente estos tres objetivos; participar en la globalización, mantener un sistema democrático de calidad y mantener también su propia soberanía nacional. La gran acogida de su visión de las cosas se explica porque para el pensamiento más ampliamente instalado, Rodrik advirtió que los movimientos populistas de comienzos del siglo XXI han elegido descartar la globalización en aras de la democracia y la soberanía.
Verdaderamente, Rodrik dice muchas más cosas, pero parece que interesan menos que esta interpretación que tan útil es para poder seguir pensando en un esquema sencillo de derechas e izquierdas. La obra de este economista de origen turco y afincado en la Universidad de Harvard ha servido para explicar por qué hay tantos que se sitúan fuera de los viejos hemisferios de derechas e izquierdas y lo hacen por la vía de reprobar la globalización.
La cuestión es más compleja de lo que plantean los entusiastas de este trilema. Por ejemplo, hasta hace relativamente poco los expertos en ciencia política tenían asumido que cuando en un país se alcanzaba una renta per cápita de unos 9.000 dólares, el sistema político del país en cuestión caminaría hacia un modelo de democracia liberal. De esta forma, la transición de China a este modelo demoliberal estaría garantizada. Sin embargo, nada hay más lejos de la realidad.
Antes al contrario, acaba de clausurarse la Conferencia sobre el cambio climático de Sharm el Sheij en Egipto y el veto principal al progreso en el camino marcado por el Acuerdo de París de 2015 lo han puesto potencias mundiales como la propia China, pero también India y Rusia. Con la salvedad de la India, las otras dos grandes potencias están bien instaladas en el grupo de países autoritarios según el índice que publica anualmente la revista The Economist.
A mi juicio es un error estigmatizar cualquier opinión que lea con interés la lección del trilema de Rodrik y apueste por cuestionar la globalización. Su propio autor llega a esas conclusiones después de largos años estudiando el proceso de globalización. De hecho, en 1997 publicó el libro ¿Ha ido la globalización demasiado lejos?, donde planteaba que la globalización estaba sacando a relucir las fracturas sociales en los países avanzados entre los ganadores de la apertura comercial y financiera y los perdedores. Federico Steinberg –economista investigador del Real Instituto Elcano– sitúa entre los ganadores a los propietarios del capital y a los trabajadores más formados, mientras que los perdedores serían los menos formados que sufrían en mayor medida la competencia de los productos de los países de salarios bajos. Rodrik, continúa Steinberg, alertaba contra el peligro de que esta fractura se fuese haciendo cada vez más grande y terminara por ser insalvable, deslegitimando el libre comercio y generando una reacción proteccionista y nacionalista. Sin duda, Rodrik y sus lectores superficiales tienen en sus mentes una concepción del nacionalismo propia del romanticismo alemán del siglo XIX de cruentas consecuencias.
Sin embargo, reducir el vértice soberanista del trilema de Rodrik a un nacionalismo identitario es adoptar una visión imparcial del problema; en definitiva, participar en este debate con la camiseta del globalismo y repetir que el descarte necesario es el de la soberanía. Este es el descarte perfecto para dejar el campo expedito al globalismo pero, ahora resulta claro, sin que ni siquiera logre el de la democracia.
La pandemia ha demostrado que un sistema económico mundial en el que la mayor parte de la producción se concentra en sólo una parte del Planeta, desde la que se abastece a todo el mundo, es un sistema vulnerable. Ahora instituciones tan poco sospechosas de ir contra el pensamiento convencional, como la Comisión Europea, hablan sin pudor de soberanías como la energética, sanitaria o tecnológica. Esta soberanía suena bastante a patriotismo cooperativo o globalización ordenada –este término es muy usado por la presidenta italiana Giorgia Meloni–. Desde luego no es un nacionalismo identitario. Es el único camino para evitar que las reglas del comercio internacional las acaben imponiendo las autocracias.
  • José Manuel Cansino es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla y profesor de la Universidad Autónoma de Chile / @jmcansino
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