Europa se inmola y España lleva la antorcha
El Pacto Verde, la pandemia, la desaparición de las reglas fiscales y la guerra de Ucrania han afectado seriamente a los 27 países miembros, desenfocando los objetivos reales de una economía que, antes que nada, debe centrarse en crecer
El motivo de este título tan agresivo es, más que nada, intentar concienciar a los gestores europeos de que hay que desregular a toda velocidad, y de que hay que olvidarse de la reducción de las jornadas, de los pactos verdes y de la Agenda 2030, si no queremos, de verdad, hacernos el harakiri japonés y perder todo el terreno que ganamos desde 1993, cuando firmamos el Tratado de Maastricht.
Maastricht supuso la implantación de unas reglas fiscales obligatorias para entrar en el euro, la creación del Banco Central Europeo y, en 2002, el lanzamiento del euro. Todo ello, unido, propició una época de crecimiento acelerado hasta 2008, cuando estalló la gran crisis financiera. Nos recuperamos, y desde 2013 hasta 2019 vivimos otra etapa de bonanza.
El Pacto Verde anunciado en diciembre de 2019, la pandemia de 2020, la desaparición de las reglas fiscales y la guerra de Ucrania han afectado seriamente a los 27 países miembros, desenfocando los objetivos reales de una economía que, antes que nada, debe centrarse en crecer. Porque si no creces, lo único que puedes repartir es miseria. Y eso parece haberse olvidado entre los gestores de la Unión Europea.
Todas las políticas orientadas únicamente a «salvar el planeta» y a evitar la destrucción ecológica mediante la transformación hacia una economía verde, sumadas a las políticas de trabajar menos y cobrar más, nos han dejado a las puertas de inmolarnos… y convertirnos en insignificantes, pero muy verdes.
Por ello, hoy quiero hablar de algo fundamental: la productividad. Y para ello voy a utilizar una estadística que publica Eurostat: los Costes Laborales Unitarios (ULC, por sus siglas en inglés) por hora trabajada, como continuación de mi anterior artículo publicado hace unos días.
Se trata de un indicador clave para analizar la competitividad de una economía. En términos técnicos, el coste laboral unitario por hora trabajada se define como la remuneración media por hora dividida entre el valor añadido real por hora trabajada (es decir, la productividad laboral horaria). Esta métrica muestra cuánto cuesta, en términos salariales, generar una unidad de producto real por hora. No entraré en la fórmula para calcular este indicador, pero lo que nos ofrece, o mejor dicho, lo que refleja, es cuántos bienes o servicios reales se generan por cada hora de trabajo.
Una evolución ascendente de los ULC indica que los costes laborales crecen más deprisa que la productividad, lo que puede presionar los precios al alza y debilitar la competitividad exterior de la economía. Por el contrario, una reducción de los ULC sugiere que la productividad está creciendo por encima de los costes salariales, lo que tiende a mejorar la posición competitiva del país.
Este enfoque, centrado en las horas trabajadas, es especialmente útil en contextos de cambios en la jornada laboral, en la intensidad del empleo o en la composición sectorial del trabajo, permitiendo análisis más precisos que los basados únicamente en el número de ocupados.
Dicho esto, los ULC han crecido en la Unión Europea un 22,3 % desde el cierre de 2018, y la zona euro se ha comportado ligeramente mejor, con «solo» un crecimiento del 21,2 %.
A finales de 2018, y dado que el índice toma como base 100 el año 2015, estábamos francamente alineados para ser muy productivos, con un ULC en la UE de 103,448. Eso significa que, entre 2015 y 2018, los costes laborales unitarios solo habían crecido un 3,448 %. Sin embargo, en seis años, ese coste se ha disparado hasta 126,545, lo que supone un crecimiento 7,8 veces mayor que en el periodo anterior.
Los costes laborales unitarios por hora trabajada han registrado una evolución dispar entre los países de la Unión Europea desde 2018. Tomando como referencia el índice 2015 = 100, se observa un patrón claro: los países del Este han experimentado aumentos significativamente superiores a los del bloque occidental.
La economía que mejor se comporta es Grecia, con un crecimiento de solo el 9,4 %. Una muestra de que, tras el duro aprendizaje del siglo XXI, no está dispuesta a repetir los errores del pasado. Le sigue la —tan criticada por muchos y tan admirada por mí— Irlanda, que siendo la segunda economía en PIB per cápita, logra contener su ULC en un crecimiento del 10 %. Curiosamente, la tercera economía en PIB per cápita, Dinamarca, también presenta un crecimiento moderado, del 11,6 %. Italia, uno de los grandes perdedores del siglo XXI, parece querer volver a ser relevante, con solo un 12,8 % de aumento.
España, con un crecimiento del 27,4 %, se sitúa por encima de la media europea y de la eurozona (21,2 %), pero también por encima de Alemania (24,7 %) y de Francia (15,7 %).
Esto plantea muchos interrogantes sobre la competitividad de nuestro país. Está claro que el crecimiento de nuestro PIB solo se sostiene por el gasto público y el turismo.
Si no conseguimos aumentos reales de productividad, nuestra economía sufrirá un parón sustancial
Si no conseguimos aumentos reales de productividad, nuestra economía sufrirá un parón sustancial. No olvidemos que la Formación Bruta de Capital —es decir, la inversión— decreció un 1,6 % en 2023 y apenas creció un 1,9 % en 2024, a pesar de que la economía española creció un 3,2 %, gracias al incremento del consumo público real (4,1 %) y de las exportaciones de servicios (8,7 %).
Hay que evitar que la Unión Europea se inmole y se convierta en una región verde, pero obsoleta y fuera de contexto. Y para eso hay que empezar por España, porque ya solo crecemos al ritmo de la media europea en el primer trimestre de 2025, y podemos darnos una castaña importante si se oficializan las predicciones de la AIReF, que anticipa un crecimiento de solo entre el 0,3 % y el 0,4 % en el segundo trimestre.
Hay que evitar, a toda costa, nuevos incrementos del SMI si estos no se pactan con las organizaciones empresariales. Y hay que evitar que Yolanda se vuelva loca y, en un momento de disloque parlamentario, se apruebe la reducción de la jornada laboral.