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José María Rotellar

El proteccionismo de Trump pone a prueba el modelo americano

El presidente estadounidense todavía está a tiempo de rectificar, pero si continúa por esta vía, el daño que puede causar a la economía estadounidense será considerable

Adam Smith, en La riqueza de las naciones, escribe que los mercantilistas proponían la acumulación de metales preciosos y, para ello, imponían una serie de medidas de política comercial y, en general, de política económica destinadas a alterar la balanza comercial, logrando de forma artificial que el volumen de exportaciones fuese mucho mayor que el de las importaciones.

Smith calificó estas prácticas como falacias proteccionistas, intervencionistas y reguladoras, nacidas de los intereses de ciertos productores o empresarios que no buscan obtener beneficios mediante el libre mercado, sino aprovecharse de esas medidas para ganar ventaja a costa de otras empresas y de los consumidores.

Por su parte, la escuela histórica alemana interpretaba que el mercantilismo no buscaba exclusivamente proteger la balanza de pagos mediante aranceles, sino construir la prosperidad del Estado nacional. Esta visión fue compartida por algunos historiadores ingleses de finales del siglo XIX, que defendían estas políticas como instrumentos para engrandecer el poder de la nación.

No cabe duda de que Donald Trump, cuya victoria frente a Harris era vista como deseable para desmontar el wokismo, bajar impuestos y reducir el gasto público, se está deslizando por el lado más negativo de su programa económico: una política comercial basada en la guerra arancelaria, que cada vez se parece más al viejo mercantilismo.

Como advertía Adam Smith, el mercantilismo persigue equilibrar la balanza comercial mediante aranceles, una idea que el propio Trump ha defendido explícitamente. Al mismo tiempo, su retórica abraza postulados de la escuela histórica alemana y de aquellos historiadores ingleses que consideraban legítimo aplicar el mercantilismo como vía para engrandecer la nación.

Trump está a tiempo de rectificar, pero si continúa por esta vía, el daño que puede causar a la economía estadounidense será considerable

Trump parece haber optado, al menos por ahora, por ese camino, priorizando su lema de Make America Great Again a través del proteccionismo, en lugar de seguir la senda reformista de recorte fiscal, austeridad presupuestaria y desregulación económica que muchos esperaban de él frente al intervencionismo de Biden y Harris. Todavía está a tiempo de rectificar, pero si continúa por esta vía, el daño que puede causar a la economía estadounidense será considerable.

Esta política mercantilista, hoy reeditada por Trump, ya fue aplicada —sin éxito— por los arbitristas castellanos y por los mercantilistas ingleses, como respuesta a la decadencia del poder imperial (en el caso de los primeros) y a los déficits comerciales (en el de los segundos). Ambos modelos fracasaron hace cuatro siglos, y es previsible que el mercantilismo vuelva a fracasar ahora. Pero lo preocupante es que el impacto económico negativo durante su aplicación podría ser muy intenso y duradero.

Es cierto que muchos defienden que Trump emplea la guerra comercial como instrumento de negociación. Puede que así sea —al menos en parte—, pero incluso si fuera cierto en su totalidad, los costes pueden ser elevados. Los primeros en sufrir las consecuencias de los aranceles serían los propios ciudadanos estadounidenses, que soportarían subidas de precios. Si estas se trasladan a los salarios o a los precios finales, podrían desencadenar efectos de segunda ronda y generar inflación, con el consiguiente empobrecimiento general de la economía. Esto ralentizaría el crecimiento, incluso aunque más tarde Trump eliminase o moderase los aranceles como parte de una negociación.

EE.UU. debe centrarse en sectores industriales y de servicios de alto valor añadido, donde realmente puede destacar

Además, no puede ignorarse que el proteccionismo de Trump parece responder también a una convicción profunda de defensa de la industria nacional, que justificaría —a su juicio— la imposición de barreras comerciales. Se equivoca. Estados Unidos debe centrarse en sectores industriales y de servicios de alto valor añadido, donde realmente puede destacar. En cambio, insistir en fabricar bienes de bajo valor añadido, con costes elevados por sus altos salarios, es un error estratégico.

La alternativa es clara: aplicar la teoría de la ventaja comparativa de David Ricardo, buscando mayor eficiencia y cooperación internacional, frente a un proteccionismo autárquico que solo conduce al empobrecimiento, comenzando por el país que decide encerrarse en sí mismo.

Trump se equivoca por tres vías: primero, al priorizar en su agenda económica la política comercial —precisamente la más débil de su programa— en lugar de enfocarse en una rebaja ambiciosa de impuestos y en una reducción efectiva del gasto público (más allá de gestos superficiales). Segundo, al ver los aranceles como una herramienta para proteger la industria nacional y generar ingresos fiscales, cuando en realidad podrían provocar una caída de la actividad económica y deslocalizaciones. Y tercero, por la forma errática en que maneja estas negociaciones, con constantes cambios de criterio que generan incertidumbre.

Trump debería rectificar y retomar una agenda reformista: acabar con el wokismo, reducir impuestos, controlar el gasto público y abandonar, definitivamente, el proteccionismo empobrecedor.

José María Rotellar es profesor de Economía y director del Observatorio Económico de la UFV

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