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España crece hoy a costa del futuro de sus jóvenes

El aumento del PIB se apoya en más población, más empleo de baja productividad, más turismo y más consumo, pero no en producir mejor

Dos camareros, en un bar de Madrid.

Dos camareros, en un bar de Madrid.EP

España vive uno de esos momentos históricos en los que todo el mundo habla de economía, pero pocos se atreven a tomar decisiones. Falta valentía política y visión a largo plazo. Porque la política económica no es un concepto etéreo: se traduce –o no– en productividad, empleo digno, vivienda accesible y expectativas de futuro. Y hoy esas expectativas están especialmente dañadas para los jóvenes.

Persisten fallos que llevamos arrastrando décadas: baja productividad, paro juvenil crónico, acceso a la vivienda cada vez más difícil, dualidad laboral, innovación insuficiente y una administración lenta, fragmentada y poco orientada a resultados. Todo esto no ocurre por casualidad. Es el resultado de las malas políticas económicas.

España crece, sí. Pero crece mal. Y crecer mal es casi tan peligroso como no crecer. El aumento del PIB se apoya en más población, más empleo de baja productividad, más turismo y más consumo. Pero no en producir mejor. De ahí la paradoja de que mientras las cifras macroeconómicas mejoran la renta per cápita apenas converge con Europa. Seguimos anclados en torno al 92 % de la media europea. Y, lo que es peor, la sensación de progreso no llega a la mayoría.

La productividad lleva una década estancada. En lugar de producir más con inteligencia, producimos más con incremento de la población. Este modelo extensivo puede funcionar un tiempo, pero es inviable en una sociedad envejecida. Sin productividad no hay salarios altos, ni competitividad, ni Estado del bienestar sostenible.

España necesita una estrategia nacional de productividad. No generalista ni retórica, sino concreta. Apostar por sectores donde el conocimiento pese más: biotecnología, industria farmacéutica avanzada, energías renovables, agroalimentación premium, economía digital, ciberseguridad o industria del dato. No es ciencia ficción. Es decisión política.

El gran fracaso

El desempleo de los jóvenes es, probablemente, el mayor fracaso estructural de la economía española. Llevamos décadas liderando el paro juvenil en Europa, y actuamos como si fuera algo normal. No lo es. Resulta devastador.

La entrada tardía y precaria al mercado laboral deja cicatrices permanentes: salarios más bajos, menos natalidad, menos movilidad social y una profunda desconfianza en las instituciones. Muchos jóvenes bien formados se marchan –a Suiza, Alemania o Países Bajos– donde cobran el doble y sienten que su esfuerzo tiene sentido. Otros se quedan atrapados en empleos sin futuro.

Invertir en los jóvenes no es gasto social, es la política económica adecuada. Formación Profesional dual de verdad, conexión real entre universidad y empresa, orientación profesional temprana y lucha decidida contra el abandono escolar. No hay atajos.

En el mercado laboral, la dualidad sigue siendo un grave problema. El contrato indefinido debe ser la norma, no un maquillaje estadístico basada en contratos fijos discontinuos. Flexibilidad sí, pero con seguridad, formación y movilidad. Y los incentivos a la contratación juvenil deben ser temporales, bien diseñados y evaluados.

Vivienda y movilidad laboral

La vivienda es hoy uno de los mayores frenos al futuro de los jóvenes. Alquileres imposibles, precios de compra inalcanzables y emancipación retrasada hasta edades absurdas. Esto no es solo un problema social. Más bien, estamos ante un problema económico de primer orden.

Hay que decirlo claro: la vivienda no es un debate ideológico, sino un problema de oferta. Se ha construido poco y tarde. La burocracia, la inseguridad jurídica y la falta de suelo han paralizado la promoción residencial, mientras la demanda no deja de crecer.

Sin aumentar la oferta, todo lo demás es humo. Hay que agilizar licencias, liberar suelo, promover y facilitar alquiler asequible, movilizar suelo urbanizable. Y sí, regular donde haga falta, pero sin demonizar al propietario ni espantar a la inversión.

Inflación y malestar silencioso

Aunque la inflación se ha moderado, su huella sigue ahí. La cesta de la compra, la energía y los servicios básicos pesan más que antes. Y cuando la gente siente que vive peor, da igual lo que diga el Gobierno sobre el crecimiento del PIB.

Esta brecha entre macroeconomía y vida cotidiana crea enorme frustración. Un ejemplo es la subida de los precios de los alimentos. Otro, el desempleo. La estabilidad de precios, la cohesión social y el aumento del empleo son objetivos de política económica que se deben alcanzar.

Otro desafío es el envejecimiento de la población. Garantizar pensiones dignas exige decisiones incómodas, como alargar la edad de jubilación. No hacerlo hoy es cargar el problema sobre los jóvenes de mañana. La equidad intergeneracional no puede ser un eslogan. Debe ser la base del sistema.

El futuro dependerá menos de la situación actual y más de la capacidad de impulsar reformas concretas dentro una estrategia de política económica . A los jóvenes (y a los que ya no lo somos) nos debe interesar el futuro, pues, como diría Woody Allen, es donde vamos a pasar el resto de nuestra vida.

  • Rafael Pampillón es catedrático de Economía de la Universidad CEU-San Pablo y la Universidad Villanueva
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