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La inmigración, ¿motor del crecimiento ? Más habitantes no significa mayor bienestar

Más población implica más demanda de alimentos, energía y vivienda y, por tanto, mayor recaudación. Pero, los servicios públicos empeoran, lo que incrementa el malestar

Imagen tomada este martes de varios inmigrantes regularizados trabajando en una obra en Valencia

Imagen tomada este martes de varios inmigrantes regularizados trabajando en una obra en ValenciaEl Debate

La población residente en España ha crecido de forma notable. Según datos publicados el jueves por el Instituto Nacional de Estadística (INE), entre el 1 de enero de 2025 y el 1 de enero de 2026 el país ganó 442.428 nuevos habitantes, alcanzando un máximo histórico de 49.571.000 personas.

En los últimos cinco años, la población nacida en España ha disminuido en 580.000 personas, mientras que la nacida en el extranjero ha aumentado en 2.750.000. A 1 de enero de 2026, esta última representa el 20,2 % del total.

De este modo, el crecimiento demográfico se explica por el aumento de personas nacidas fuera de España. En enero de este año había, por primera vez, 10 millones de habitantes censados nacidos en el extranjero, lo que significa que uno de cada cinco residentes en el país nació fuera de España. En cambio, en los últimos doce meses, el número de personas nacidas en España volvió a disminuir.

La inmigración se ha convertido en el principal motor del crecimiento económico. Y como todo pilar, sostiene, pero también tensiona. Más población implica más demanda de alimentos, energía y vivienda y, por tanto, mayor recaudación. Pero, pese a ese aumento de ingresos, los servicios públicos no mejoran, sino que empeoran, lo que incrementa el malestar. En este contexto, la inmigración no es el problema, pero sí actúa como acelerador de tensiones preexistentes en un país que no ha sabido adaptar sus estructuras al nuevo tamaño de su población.

Crecemos más porque somos más

Desde el punto de vista macroeconómico, los números cuadran. España crece más que sus vecinos europeos. El PIB avanza, el empleo aumenta y la recaudación también. Pero bajo esa superficie optimista se esconde otra realidad: crecemos porque somos más, no porque produzcamos mejor. El impulso económico procede, en gran medida, del aumento de la mano de obra, especialmente en sectores de baja productividad como la hostelería, la construcción, la agricultura o los cuidados. Más trabajadores, más horas, más actividad, más recaudación. Pero la renta por persona no consigue alcanzar la media de la Unión Europea.

El precio de la vivienda desbocado

La vivienda es el ejemplo más claro. Faltan viviendas allí donde la gente quiere vivir. Se construyen pocas, se tarda demasiado en hacerlo y el suelo disponible no coincide con los lugares donde se concentra el empleo. Como consecuencia, los precios y los alquileres están desbocados.

A ello se suman otros factores: el encarecimiento de los materiales, la falta de mano de obra cualificada y el aumento de los costes laborales. El círculo es perverso: construir cuesta más, se construye menos, la oferta se reduce y los precios suben. Y los más perjudicados son siempre los mismos: jóvenes, nuevos hogares, trabajadores móviles e inmigrantes, que encuentran enormes barreras para acceder a una vivienda digna.

Mientras tanto, otros países avanzan de forma distinta. Crecen menos, sí, pero lo hacen apoyados en la tecnología, el capital humano y la inversión productiva. España, en cambio, sigue dependiendo de una inmigración abundante, de un gasto público elevado y de un consumo sostenido.

Las pensiones peligran

El horizonte añade más incertidumbre. El envejecimiento de la población es imparable y predecible. Y las pensiones futuras peligran. Evitarlo requeriría flujos migratorios enormes y sostenidos durante décadas. ¿Está el país preparado para absorberlos sin agravar los problemas actuales de transporte, vivienda, electricidad, sanidad o educación? Parece que no.

La inmigración es necesaria, pero no suficiente. No sustituye a la productividad ni a la innovación. Sin mejoras reales en formación, tecnología y eficiencia, el crecimiento demográfico solo estira los límites de un modelo que, como las vías de tren, las carreteras y las presas ya muestra signos de fatiga.

Además, España necesita reformas: conectar mejor la educación y la empresa, agilizar el mercado del suelo, reducir la burocracia, ofrecer seguridad jurídica y apostar de verdad por la productividad. No es una cuestión ideológica, sino de supervivencia económica y cohesión social.

Porque crecer no es solo sumar habitantes. Es ofrecer oportunidades reales, salarios dignos y proyectos de vida viables. De lo contrario, el país seguirá creciendo en número mientras se encogen sus expectativas de futuro.

Como advirtió el premio Nobel de Economía, Paul Krugman: «La productividad no lo es todo, pero a largo plazo lo es casi todo».

  • Rafael Pampillón es catedrático de la Universidad CEU San Pablo y del IE Business School
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