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Perrito caliente de Ikea

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Por qué Ikea tiene churros a 49 céntimos y Costco perritos a 1,50 con los que pierde dinero

Cuando el consejero delegado propuso al fundador de Costco, Jim Sinegal, subir el precio tras más de veinte años, este respondió: «Si subes el precio del puto perrito caliente, te mataré»

«Pasan los años e Ikea sigue poniendo estos dos precios a los churros», celebra estos días una imagen muy compartida en redes sociales. Los churros, las albóndigas o los perritos calientes a un euro son dos de los clásicos del ultrabarato restaurante de la firma de muebles suecos, que evidentemente pierde dinero con la mayor parte de su menú.

La misma estrategia que siguen otras marcas de distribución como Costco, que lleva décadas sin subir el precio de su perrito caliente, congelado en 1,50 dólares. En concreto, desde 1989.

Según una célebre anécdota del sector de la distribución, cuando W. Craig Jelinek, consejero delegado del grupo, propuso al fundador de Costco, Jim Sinegal, subir el precio tras más de veinte años, para dejar de perder dinero, este respondió: «Si subes el precio del puto perrito caliente, te mataré. Atrévete a averiguarlo».

Y es que la rentabilidad no la da el perrito o el churro, sino su capacidad para atraer clientes a la tienda, que se dan al terminar sus compras el pequeño «capricho» de satisfacer su estómago, como admitió el propio Sinegal.

«La idea de tener un restaurante tan barato es reforzar la idea de precios bajos en todos los artículos a la venta», confesó Chris Spear, extrabajador de uno de los restaurantes de la empresa, a News.com.au. «No tenemos ni idea de cuánto vale un sofá, porque probablemente nunca hayamos comprado uno antes. Vemos uno que vale 599, y pensamos: ¿es buen precio? Pero, si puedes tener un menú completo por menos de cinco euros y sabes que la comida está mucho más cara en cualquier sitio… Pensamos que el precio es bajo, porque todo lo de la tienda es barato».

Aunque menos relevantes, también hay otros factores que pesan, como confesó otro directivo de la firma sueca, Gerd Diewald, al medio especializado Fast Company: «Cuando los clientes comen en la tienda, permanecen más tiempo, pueden hablar sobre sus compras [potenciales] y tomar decisiones allí mismo».

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