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Playa de El Sardinero, en Santander, en el mes de agosto.

Playa de El Sardinero, en Santander, en el mes de agosto.EP

España ya no cabe bajo la sombrilla: el turismo busca cómo crecer más allá del sol y playa

El récord de visitantes convive con el calor extremo, la saturación de los destinos y una demanda que obliga al sector a diversificarse y crecer fuera de la temporada alta

La situación geográfica de nuestro país ha sido su gran suerte económica. Llevamos décadas explotando el sol y la playa gracias a nuestras coordenadas. Hemos coleccionado postales de cómo vivir cada verano entre chiringuitos y muchas horas de luz y las hemos exportado hasta construir una marca país con la que hoy nos encaminamos a recibir 100 millones de turistas internacionales por primera vez en la historia.

No obstante, lo que parece una trayectoria de éxito deja también facturas menos fotogénicas: muchos españoles relegados a desplazamientos de dos horas para ir a su centro de trabajo y otros tantos siendo testigos de la pérdida de identidad de sus barrios porque el quiosco de siempre ha dado paso a una tienda de souvenirs poco acomplejada de nuestra bandera. Mientras algunas ciudades dejan de parecerse a sí mismas y su configuración se piensa más para el que está de paso que para el que la habita, el turismo lidia con una demanda que empieza a desconcentrarse y con unas temperaturas que amenazan con restar atractivo a aquello que ha sido nuestra ventaja competitiva por excelencia.

La paradoja es que el modelo empieza a mostrar síntomas de agotamiento justo cuando alcanza récord de visitantes. Lejos de enfriarse, la demanda internacional continúa poniendo a prueba el techo turístico español: entre enero y mayo de este año, llegaron 36,8 millones de visitantes extranjeros –un 5% más que en el ejercicio anterior–, los cuales gastaron un 7,8 % más hasta superar los 50.000 millones de euros. Y las previsiones para esta temporada mantienen el contador acelerado. Turespaña vaticina un 6 % más de turistas y un 10 % más de gasto durante junio, julio, agosto y septiembre. En virtud de lo anterior, el problema no parece estar (o al menos todavía) en nuestra capacidad para llenar hoteles, terrazas y playas, sino en el margen que nos queda para hacerlo de la misma manera, en los mismos lugares y durante los mismos meses.

Valorar el devenir del turismo requiere ampliar la mirada. A este respecto, Carlos Lope, gerente de la Asociación Española de Profesionales del Turismo (AEPT), asegura que lo útil está en saber cuánto gasta el turista, cuánto tiempo permanece y el tipo de empleo que genera. Es decir, profundizar en el impacto que este tiene sobre el destino y la economía local. «No se trata de buscar menos turistas, sino de conseguir que cada visitante aporte más valor y genere más ingreso». Esta lógica nos fuerza a perseguir un crecimiento en términos cualitativos, siempre y cuando queramos surfear el nuevo orden turístico. «Debemos de diversificar destinos, productos y mercados y desestacionalizar la demanda», subraya.

Hasta hace un par de años, el clima había ejercido de embajador infalible del mercado nacional; hoy, sin embargo, penaliza la experiencia. El cambio climático introduce una nueva variable de competitividad en un modelo construido alrededor del buen tiempo. El activo que ayudó a levantar el negocio de las sombrillas y las hamacas empieza a amenazar su rentabilidad dado que el turista no es inelástico a los valores del termómetro.

Así lo constata el último informe de Caixabank Research, que afirma que el calor afecta a la fidelidad del visitante internacional. Concretamente, en situaciones de temperaturas extremas, los turistas presentan una propensión a regresar un 15 % inferior a la de quienes disfrutaron de condiciones climáticas próximas a la normalidad histórica. Aquellos que deciden dar otra oportunidad a unas vacaciones en España lo hacen en destinos relativamente más frescos.

Esto es importante porque significa que el calentamiento global puede afectar al sector antes de que veamos una caída agregada de visitantes. El primer síntoma puede ser una redistribución territorial de los flujos y una menor fidelización, y no necesariamente un descenso inmediato de las visitas. Actualmente, cerca de la mitad de las llegadas se concentra en el 1,4 % del territorio, pero ya puede observarse una ligera tendencia en la que los destinos mediterráneos habituales son desplazados por el deseo de pasar veranos más frescos.

Crecer sin colocar otra sombrilla

«No podemos depender exclusivamente de que el turista venga en julio y agosto en busca de sol y playa y vuelva a casa. Tenemos que ofrecer más cosas y durante más meses, como gastronomía, cultura, patrimonio, naturaleza, bienestar…», sugiere el directivo de la AEPT, quien insta a preguntarse sobre qué tipo de turista queremos atraer dentro de diez y veinte años.

Porque todo cambia (el clima, las preferencias o el modelo de explotación, por ejemplo) y nada permanece, a excepción de las ganas de viajar –y subirlo a redes durante el camino– y la inclinación por la península. De hecho, regiones como Baleares, Barcelona, Las Palmas o Málaga reciben individualmente más turistas internacionales que un país entero como Brasil.

Para pesar o alivio de quienes se manifiestan a grito de Tourism Go Home, Lope defiende que tenemos una oportunidad de desarrollo enorme. «España tiene muchísimo patrimonio y muchos destinos de interior todavía son bastante desconocidos para el extranjero». La mala noticia es que se necesita una estrategia política largoplacista, inversión (en infraestructuras, conectividad, promoción…) y altas dosis de paciencia. Sin embargo, podría ser el mejor camino para diversificar los beneficios y aliviar la presión de las zonas más tensionadas. Ahora bien, en cualquiera de los rumbos que se decidan seguir, la cuestión más importante es que «un destino que no funciona bien para sus residentes tampoco puede funcionar bien a largo plazo para los turistas», concluye el gerente.

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