Fundado en 1910
Goly Eetessam

Conocimiento desechable

«Memoriza, vomita, olvida», parece el mantra estudiantil que se ha contagiado de aula en aula, de centro en centro, de alumno en alumno y, también, por qué no decirlo, de profesor en profesor

A principios de semana acudí, como todos los años desde hace ya más de una década, a la reunión de la Comisión de Materia, para Lengua castellana y Literatura, que se organiza en la Universidad Autónoma para que los profesores de bachillerato conozcamos los pormenores de la temida Prueba de Acceso a la Universidad. Ya adelanto que el tema acabó, otro año más, como el rosario de la aurora.

Y eso que los efectos de la huelga educativa también se dejaron sentir en la reunión, a la que acudieron, a ojo de buen cubero, un cuarto menos del total de profesores que había otros años.

No hay curso en el que los docentes de secundaria, tanto de la pública como de la privada o concertada, no protestemos vehementemente por lo que consideramos una discriminación hacia nuestros alumnos: el examen es demasiado largo, es casi imposible hacer un trabajo brillante en tan poco espacio y tan escaso tiempo, siempre es el primer examen del primer día y siempre, siempre, pilla a los alumnos nerviosos y alterados. Además, el temario parece inabarcable para los escasos 7 meses que tenemos para dar clase y, al final, el resultado que todos vemos, y en el que casi todos estamos de acuerdo, es que el diseño de la prueba favorece la mediocridad, ya que el alumno menos preparado puede obtener, de manera proporcional, una nota mayor de la que tiene al final el estudiante brillante.

Este curso se han añadido otros problemas a estas reivindicaciones históricas, problemas que se nos vienen encima a docentes y alumnos porque, no nos engañemos, en los últimos años hemos perdido de vista el fin último de esta prueba, así como su característica principal, ya clara desde el nombre: va a resultar que el examen no es un examen final de 2º de bachillerato, sino una prueba de acceso a la universidad, donde no se evalúa exclusivamente lo último que ha aprendido este curso el alumno, sino el conocimiento que ha acumulado durante sus 15 años de desarrollo académico: desde su capacidad para leer, entender y resumir un texto, que comienzan a trabajar en el primer ciclo de primaria, hasta hacer una reflexión madura sobre los mecanismos del lenguaje (por qué «*habían cinco manzanas» es una patada en la boca para un lingüista, por ejemplo).

Y ahí es donde está el escollo más grande que nos hemos encontrado en las últimas décadas de los primeros estadios de la educación: que alguien parece haber propagado la feliz idea de que el conocimiento es desechable. «Memoriza, vomita, olvida», parece el mantra estudiantil que se ha contagiado de aula en aula, de centro en centro, de alumno en alumno y, también, por qué no decirlo, de profesor en profesor. Y, claro, cuando nos encontramos con que todos los alumnos (los nuestros, pero también los de otros centros educativos de muy distintos niveles y muy distintos pelajes) van a competir por conseguir plaza en la carrera que quieren y en la universidad que desean, se nos ponen los pelos de punta.

Y empiezan las protestas.

«¿Cómo voy a volver a explicar a estas alturas los valores de los tiempos verbales, si no creo ni que recuerden los nombres?». «Ya teníamos una metodología para explicar el comentario de texto, y si ahora les pueden preguntar cualquier característica sobre el texto, muchos no van a saber ni qué les están preguntando». «Pero, ¿cómo se les ocurre -¡es de locos!- preguntar sobre las variedades dialectales del español en América?»

Los docentes compartimos, por un momento al menos, la ansiedad que habrán sentido nuestros alumnos cuando llegamos con las malas nuevas: chicos, resulta que todo lo que os explicamos entre 1º y 4º de la ESO, todo lo que tendríais que haber aprendido en 1º de bachillerato, ahora sí que es importante y sí hay que saber utilizarlo. Resulta que no era cuestión de que aprobarais un examen, copiarais un trabajo o pasarais de curso (con dos, tres, cuatro y hasta cinco asignaturas suspensas). Resulta que la cuestión principal era aprehender, asimilar y entender, porque en algún momento iba a ser importante aplicar, profundizar o explicar lo aprehendido. Que el conocimiento siempre debe ser acumulativo y sumativo, que superar niveles educativos aprobando asignaturas que ni entendéis ni os importan iba a tener, antes o después, consecuencias en vuestro futuro. Porque, a fin y al cabo, lo más importante que teníamos que enseñaros es que uno aprende para saber, no para aprobar. Tarea prácticamente imposible si el sistema se empeña en llevarnos la contraria por sistema, no vaya a ser que repetir curso nos deje traumatizados para siempre.

Salí de la reunión, como cada año, cabizbaja y compungida, cruzando los dedos para que esta nueva cultura del conocimiento desechable no haya hecho mella, por ejemplo, en la facultad de medicina, y el jovencísimo doctor que me opere en un futuro no haya olvidado del todo lo que aprendió en el primer curso de la carrera.

  • Goly Eetessam es profesora de Lengua y Literatura de la Enseñanza Pública
comentarios
tracking

Compartir

Herramientas