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15 de abril de 2024

Javier segura

Semillas de corrupción

En este sentido hemos de educar a los jóvenes para que no confundan su conciencia y su conveniencia, como tantas veces hacemos todos

Actualizada 01:30

El caso Koldo ha vuelto a traer a primera plana de nuestros periódicos el tema de la corrupción. En realidad, bien lo sabemos, nunca ha salido de ese privilegiado puesto. La corrupción, de cualquier signo, está presente en la vida social y las noticias se hacen eco de ello. Se convierte además en arma arrojadiza contra el adversario político o ideológico. Algo que, en una sociedad polarizada como la nuestra, hace que tenga todavía un altavoz mayor. Carnaza.
En el reciente congreso sobre educación organizado por la Conferencia Episcopal Española, el profesor de la Universidad de Harvard, Fernando M. Reimers, señaló precisamente la corrupción como un riesgo que socaba nuestras democracias y subrayó el papel de la educación en la lucha contra la corrupción. Me parece importante que hagamos un análisis en serio sobre este punto. Porque en la educación estamos plantando las semillas de lo que será nuestra sociedad del futuro.
Tendemos a plantear la solución a la corrupción como una cuestión de vigilancia externa. Se necesitan medios de comunicación que estén alerta ante cualquier atisbo de corrupción que se dé en el poder, sobre todo en el político. Tenemos que dar información y educar a la ciudadanía para ser críticos. Hemos de aumentar los sistemas de control de todas las instituciones. Se hacen necesarios contrapesos en los ámbitos de decisión, fortalecer la división de poderes, castigar ejemplarmente a quienes son corruptos. Todo esto es efectivamente necesario. Pero no es suficiente.
En realidad, para abordar el problema de la corrupción es necesario educar a los jóvenes –y aplicárnoslo todos– en una vigilancia interna. Porque la corrupción nace del interior y se proyecta hacia el exterior. Y si bien hay que luchar y poner coto a los desmanes que se cometen, desde la educación tenemos la clave para plantar las semillas de un futuro mejor.
En primer lugar, es necesario hacerles comprender a los niños y jóvenes que hay semillas de bien en nosotros, pero que también hay semillas de mal. Debemos enseñarles que no todo lo que les apetece es bueno por el mero hecho de que sea algo deseable para ellos. Este planteamiento, lo sé, va en contra de la mentalidad en la que buscar el bien del niño se confunde con satisfacer sus deseos. Quizás porque no estamos haciendo otra cosa que proyectarnos a nosotros mismos, que también hemos elevado a la máxima categoría moral nuestros deseos y apetencias.
Corrupción PSOE

Lu Tolstova / Paula Andrade

En este sentido hemos de educar a los jóvenes para que no confundan su conciencia y su conveniencia, como tantas veces hacemos todos. Recuerdo que en clase hacía una prueba con alumnos de secundaria, proponiendo un juego en el que siempre le tocaba la pregunta más fácil a uno de los equipos. Obviamente lo hacía apropósito, aunque la clase no lo supiera. En las primeras rondas del juego no pasaba nada, pues todo el mundo entendía que ese grupo había tenido suerte. Pero cuando sucesivamente siempre recaía sobre ellos la pregunta más fácil, la clase se alteraba y todos los grupos se quejaban. Todos menos uno, claro. '¿Por qué no os habéis quejado vosotros –le preguntaba maliciosamente a ese grupo– si veíais que era injusto lo que estaba pasando?' La respuesta era evidente: 'porque nos beneficiaba'. Hay que enseñar a sospechar de uno mismo, a ser honrado, aunque me perjudique, a seguir lo que la conciencia nos dicte, pase lo que pase.
Porque acabamos considerando bueno aquello que nos beneficia y la conciencia se va debilitando poco a poco. Se empieza por pequeñas acciones que, aunque injustas, uno percibe que 'no perjudican a nadie'. Se le resta importancia. Se calma la cada vez más débil voz de la conciencia con un 'todo el mundo lo hace'. Se buscan justificaciones de todo tipo. Y el debilitamiento moral, que normalmente empieza por el tema económico, va colándose por todos los resquicios de la vida. Porque la persona es una unidad y la corrupción se extiende del corazón a todas las partes del cuerpo, no solo a la cartera.
Este es un punto crucial en la educación, en el que estamos fallando. Lanzamos un mensaje continuo de que la vida privada es un ámbito que no hay que mezclar con la vida pública. Decimos a nuestros jóvenes que uno puede hacer lo que sea en su vida personal, porque esto no tiene nada que ver con lo que haga en su vida pública. Pero esto es sencillamente imposible. La unidad de la persona hace que haya una ligazón entre lo que uno es y lo que uno hace. Y si el joven no cultiva una vida honesta en sus ámbitos más cercanos, difícilmente lo hará en la esfera pública.
En fin, para una adecuada educación en la honestidad será necesario enseñar a los alumnos a tener límites y a respetarlos. Algo tremendamente difícil en nuestra sociedad en la que vivimos una crisis de autoridad en todos los ámbitos de la vida. Pero hemos de ser conscientes que cuando a los niños y jóvenes les privamos de los límites, les estamos privando de referentes morales. Y con ello les estamos haciendo un grave perjuicio.
Todo ello pasa por que los educadores, tantos los padres como los profesores, tenemos que ser ejemplares. Porque, de hecho, lo queramos o no, somos siempre ejemplares, somos siempre un ejemplo para ellos. Los adultos somos constantemente observados por los niños que aprenden cómo es el mundo, como hay que comportarse en la sociedad, principalmente al ver cómo actuamos nosotros.
Quizás no esté de más preguntarnos por qué tipo de modelos les estamos presentando a los niños. Porque si el modelo que les proponemos es el del dinero fácil, el del placer como máximo horizonte, o el de la fama a golpe de click, no esperemos un horizonte en el futuro mejor que el que en el presente nos ejemplifica Koldo.
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