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Pedro Sánchez, a su entrada al hemiciclo del Congreso este miércolesEFE

Un presidente acorralado

Cunde el derrotismo entre el PSOE y sus socios ante una trama fuera de control

Este miércoles en el Congreso tocaba examinar el estado de salud del Gobierno, de la bancada socialista y de la mayoría de investidura. El diagnóstico es muy grave y el tratamiento parece inexistente

Gabriel Rufián regresó este miércoles por la mañana al Congreso tras reunirse con Pedro Sánchez en la Moncloa, dentro de la ronda de contactos de éste con sus socios tras el informe Cerdán. Por sus palabras, parecía que el portavoz de ERC en la Cámara Baja venía de visitar a un enfermo desahuciado por los médicos al que le queda poco de vida: «Pido a la izquierda del PSOE que aprovechemos el tiempo que nos quede, pase lo que pase, para avanzar (…). No sé cuánto tiempo queda, no sé lo que va a pasar, creo que nadie lo sabe más allá de quien lo está publicando y creo que tenemos que aprovechar el tiempo», señaló el republicano.

ERC, el PNV y Coalición Canaria accedieron ayer a entrevistarse con el presidente, a diferencia de Podemos y del BNG, que ni siquiera acudieron a su llamada. Pero los representantes de las tres formaciones se negaron a posar con Sánchez en la Moncloa. Pidieron expresamente que no les hicieran fotos con él.

Tampoco las hubo de Yolanda Díaz sentada este miércoles en la bancada azul del Ejecutivo, prestando apoyo moral a su socio como en tantas otras ocasiones. No las hubo, sencillamente, porque la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo no acudió a la sesión de control al Gobierno. Ni ella ni los dos ministros de Sumar que no tenían que responder a preguntas de la oposición, Sira Rego y Ernest Urtasun. Este último entró en el programa matinal de TV3 desde su despacho del Ministerio de Cultura minutos antes de que arrancara la sesión. Pero después no apareció por el Congreso.

Para todos ellos, Sánchez se ha convertido en un presidente tóxico. A su vuelta de la reunión con el presidente, a la portavoz del PNV en el Congreso le preguntaron si le había visto capaz de agotar la legislatura. Maribel Vaquero no quiso pillarse los dedos y respondió con todas las cautelas: «Bueno, vamos a ir conociendo qué es lo que está pasando. Cada día amanecemos con un dato más. Vamos a ver qué explicaciones da aquí en la Cámara (en alusión a su comparecencia del 9 de julio). Vamos a ser prudentes», afirmó. Y también contó que Sánchez no les puso ningún plan sobre la mesa. Unas horas después se conoció la dimisión del número dos del PSOE de Navarra, Ramón Alzórriz, tras conocerse que su pareja trabajó en la empresa vinculada a Santos Cerdán, Servinabar 2000.

Ayer en el Congreso era el día para examinar el estado de salud del Gobierno, de la bancada socialista y de la mayoría de investidura tras el informe Cerdán y el anuncio del presidente -el lunes- de que no dimitirá ni convocará elecciones anticipadas. El diagnóstico es muy grave y el tratamiento parece inexistente, a juzgar por los comentarios fuera de micrófono de los diputados de los partidos socios del Gobierno y por la falta de propuestas de Sánchez a sus interlocutores en la ronda de reuniones.

El ministro Félix Bolaños, solo en la bancada azul del GobiernoEFE

El aroma a fin de ciclo

Se respiraba un cierto aroma a fin de ciclo. Los socialistas están sumidos en el derrotismo, conscientes de que seguirán saliendo grabaciones y seguramente nuevos nombres; y entre sus aliados se ha extendido la sensación de que el presidente será incapaz de sobreponerse. En medio, el equipo de Sánchez trata de mantener la calma y trasladar la imagen de que no todo está perdido, mientras se centra en superar el verano. «Estamos en un momento trascendente. Pero por todo lo que hemos estado haciendo estos siete años y lo que queda por hacer merece la pena, así que vamos a intentarlo», resumen fuentes gubernamentales. Qué, además, no ocultan su malestar con el comportamiento de sus socios. En la Moncloa no esperaban gestos de solidaridad, ni mucho menos, pero tampoco esa beligerancia.

En el Ejecutivo esgrimen el calendario judicial del PP del próximo curso para consolarse, que es algo a lo que apuntó el propio Sánchez durante su cara a cara con Alberto Núñez Feijóo, cuando sostuvo: «El único adelanto que va a haber no es el de las elecciones. Es el del más que lógica sentencia (sic) de muchos casos de corrupción a la vuelta del verano que afectan al PP».

El presidente se refería fundamentalmente a dos juicios orales que celebrará la Audiencia Nacional en el medio plazo y que afectan al PP. El primero, en noviembre, sentará en el banquillo al núcleo duro de la trama Gürtel, con Francisco Correa a la cabeza. El segundo, en mayo de 2026, tiene como principales acusados al exministro del Interior Jorge Fernández y a quien fuera su número dos, Francisco Martínez, en el marco de la llamada operación Kitchen: el supuesto espionaje al extesorero Luis Bárcenas en 2013 para robarle la información comprometida que pudiera tener del PP. Además, ahora mismo está en marcha uno de los juicios del caso Púnica -la pieza de Cofely-, en el que están imputados varios exalcaldes del PP en la Comunidad de Madrid.

En el PP, por el contrario, están convencidos de que cuanto más prolongue Sánchez su «agonía», más dura será la caída, porque vaticinan que los escándalos van a seguir in crescendo. Feijóo volvió a cerrar la puerta ayer a una moción de censura si no se garantiza antes los cuatro votos que le faltan para ganarla. El líder de los populares apeló de nuevo implícitamente a Junts y al PNV en su intervención, pero a ninguna de las dos puertas ha llamado. Fuentes de ambas formaciones aseguran que el PP no ha contactado con ellos en los últimos días. En la cúpula popular los dan por imposibles. Al menos con el minuto y resultado actual.