Fundado en 1910
El Ex Ministro de Consumo, Alberto Garzón

El exinistro de Consumo, Alberto GarzónDavid Conde

Entrevista | Exministro de Consumo (2020-2023)

Alberto Garzón: «La izquierda no ha sido capaz de articular una alternativa a pesar de estar en el Gobierno»

  • «La vivienda es uno de los principales problemas que tiene el Gobierno de coalición progresista. Un problema gigantesco que no está abordando con la valentía suficiente»

  • «Hablo con Iglesias de vez en cuando. Tengo la fortuna, entre comillas, de que me fui antes de que se terminaran de dividir»

El día que nevó en Madrid, antes de que tornara a un cielo azul, me encuentro con Alberto Garzón en una sala pequeña, con cortinas de terciopelo granates, casi rojas, en un hotel céntrico para escudriñar su último libro, La guerra por la energía. Poder, imperios y crisis ecológica (Península). Un ensayo riguroso e histórico que propone un sistema ecosocialista para salvar la Tierra antes de que sea demasiado tarde, al que le ha dedicado su tiempo desde que se retiró de la política institucional en 2023.

Relajado, a pesar de ser autónomo, se dedica a la investigación, a dar clases, y a priorizar a su familia. Lejos quedan sus polémicas cuando era ministro de Consumo en el primer Gobierno de coalición entre el PSOE de Pedro Sánchez y Unidas Podemos por las macrogranjas y el consumo de carne, mientras publicaba el calendario de frutas y verduras de temporada, prohibía la publicidad de dulces en horario infantil o de las casas de apuestas.

Casi una década después de ser elegido coordinador federal de Izquierda Unida y de unificar a la izquierda, esa gran odisea, con el «Pacto de los Botellines», su agenda es fomentar una política con brújula que no ignore los límites del planeta para «construir un mundo más justo». Reconoce en esta entrevista para El Debate que en sus opiniones no es «neutral ni partidario de nadie, sino una persona que se moja y no deja títere con cabeza», y así lo hace con el tema de la vivienda.

–¿Cuándo le llegó la inspiración para afrontar un tema como la energía desde una perspectiva histórica?

–La clave era poder salirnos del árbol y ver el bosque. Quería demostrar que nuestra dependencia del petróleo, del carbón, del gas natural ha sido una parte pequeñita de la historia. Usamos de manera intensiva desde hace 250 años los combustibles fósiles. Es un suspiro geológico y es finito. Vivimos una anomalía histórica, utilizando un reservorio que hay debajo de la tierra, generado desde hace millones de años, que ha permitido mejorar el nivel de vida. Desde una perspectiva histórica proporciona un enfoque oportuno para entender el momento actual.

–Dice que nos dirigimos hacia un escenario de barbarie y propone alternativas económicas al sistema capitalista. ¿Se ha vuelto apocalíptico?

–En absoluto. Siempre he sido muy optimista y tengo fe en la humanidad. Pero reconozco que la fotografía que tenemos delante da miedo. En Estados Unidos, Trump ante este contexto de crisis ecosocial, de recursos escasos en el mundo, los va a privatizar para quedárselos. No se preocupa por la democracia, ni por principios y valores, ni por sus antiguos aliados europeos, sino única y exclusivamente está interesado en los recursos naturales. Los minerales críticos de Groenlandia, y el petróleo de Venezuela. Además, lo dice de forma descarnada. Trump sustituye al chavismo por el chavismo porque consigue en esa transición el control del petróleo. Es un escenario donde la política se entiende más como una correlación de fuerzas, de imposición de la ley del más fuerte.

–Aunque muchos venezolanos sintieron como un triunfo la detención de Nicolás Maduro…

–La propia oposición venezolana confiaba en la narrativa tradicional de Estados Unidos, que la detención pudiera concluir en un cambio de régimen y traer un proceso de elecciones libres donde se reconociera al ganador real y los procesos que defendía legítimamente. Pero no ha sido así. A Trump no le importa tener buenas relaciones con Putin, o con Arabia Saudí, que tampoco son democracias, por eso es importante desvelar la hipocresía de Estados Unidos.

–Escribe: «El ecosocialismo es una transformación radical del sistema económico para hacer frente tanto a la crisis ecológica como a las desigualdades sociales». ¿Cómo se consigue poner en marcha ese programa?

–Vemos cómo las democracias languidecen, cómo hay fuerzas políticas que, siguiendo la estela de Trump, anteponen otro tipo de prioridades al pluralismo y la diversidad. Es un riesgo brutal, porque las democracias nunca desaparecen de un día para otro. Son procesos de deterioro, de desgaste institucional, de pérdida de legitimidad, que conduce a diferentes fórmulas de regímenes autoritarios, como fue el fascismo o el nazismo hace muchos años, y diferentes modalidades que estamos viendo en la actualidad.

Si el Gobierno de España no es más valiente y audaz, la vivienda se lo puede llevar por delante

–También podemos incluir el comunismo...

–No responde a la misma lógica, pero evidentemente las prácticas de los países llamados de socialismo real fueron dictaduras y regímenes autoritarios que estaban muy lejos de los estándares democráticos, donde se perseguía incluso a los antiguos revolucionarios.

La clave es realizar esa transición a las energías renovables compaginando la prevalencia de la democracia, mantener los niveles de vida actuales, y vivir dentro de los límites del planeta. Para ello, necesitamos una hoja de ruta que defino como ecosocialismo, que es un fenómeno nuevo que no responde a las viejas dicotomías, porque hasta hace muy poco la ecología no era un elemento a tener en cuenta.

–Ese ecosocialismo apuesta por la propiedad colectiva del sistema económico y de los medios de producción. ¿Es realmente un sistema comunista?

–No necesariamente. La educación y la sanidad en España son fundamentalmente públicas. ¿Por qué no hacerlo extensivo a determinados sectores que son críticos en el futuro como es la energía? Ese pilar fundamental tendría una orientación que no la marque el mercado, sino una comunidad democrática para combatir el cambio climático o acelerar la transición energética. Para ello se necesita que el Estado intervenga más dentro del libre mercado.

–La energía renovable también necesita esos combustibles fósiles y minerales para crear placas solares o molinos eólicos.

–Todo en la vida tiene costes. No jugamos en un juego binario, de buenos y malos. Cuando pasamos de las sociedades agrarias a las industriales, usamos combustibles fósiles, que llevó a mejorar las condiciones de vida, pero como una caja de Pandora, abrimos el problema del cambio climático y toda la amalgama de impactos ecológicos. ¿Cómo reducimos eso? Necesitamos sustituir los combustibles fósiles por energías renovables que tienen sus costes, porque requiere territorio. Y hay que saber dónde se ubica y evitar los conflictos sociales cuando pueda haber resistencia por parte de la población a tener un horizonte lleno de molinos de vientos. Además, la construcción de esas infraestructuras exige de minerales críticos, entre ellos, el litio. La gente piensa que las energías renovables llevan a un mundo absolutamente verde, idílico, y la realidad es que será un mundo donde la minería estará presente.

Alberto Garzón en la presentación de Sumar el pasado abril

Alberto Garzón en la presentación de SumarGTRES

–Hablando de territorio, en la comarca del Maestrazgo se aprobó un macroproyecto eólico que va a destruir un medio ambiente único.

–No conozco ese caso específico. Si hay perjudicados, tienes que reducirlo o compensarlo. Hay que ser conscientes de que es un tránsito que hay que planificar cuanto más rápido mejor, porque tenemos una urgencia, y no es solo una cuestión ecológica, sino también geopolítica. Cuanto más dependes de los combustibles fósiles, más dependes de Rusia, porque importas desde allí. A su vez tendría que ser una colaboración público privada, porque hoy en día el Estado no tiene suficiente músculo para hacerlo por sí mismo.

La corrupción de Ábalos y la trama SEPI

–No crea confianza cuando ese mismo macroproyecto está bajo la sombra de la corrupción por las autorizaciones del Ministerio de Transición Ecológica a Forestalia, investigada por comisiones en la trama SEPI...

–Cuando pasó el caso de corrupción de Ábalos, de las cosas que más rabia me dio no es sólo que alguien que se decía de izquierdas robara, que perjudica la imagen que tiene que tener la política de limpieza, sino que además estaba implicada la SEPI, un instrumento que debería tener un papel mucho más activo y más limpio en la promoción de la política industrial en nuestro país. Necesitamos no solo actores privados, sino también un Estado con capacidad, que no sea vulnerable a que haya individuos que puedan corromperse y hacer un mal funcionamiento de la SEPI.

–Ahora el Gobierno vuelve al control de sectores estratégicos, y entra en Indra, Talgo, Telefónica, pero para poner afines con sueldos desproporcionados, incluso ha aumentado el endeudamiento de la SEPI que subió a 501 millones de euros en 2024.

–No me preocupa que se endeude, sino que la gestión no sea buena. Evidentemente me gustaría que los instrumentos del Estado estuvieran dirigidos por gente que tuviera la capacidad técnica. El Estado debería tener una política industrial mejor organizada porque es fundamental.

–Si colocas de presidente en ENUSA (Empresa Nacional del Uranio) primero a un filósofo y luego al exgerente del PSOE que llevaba las cuentas de Ferraz, ¿se pierde la confianza en ese control del Estado?

–No conozco esos casos concretos, ni siquiera cuando estaba en el Gobierno, pero sí que cuanta más transparencia mejor. Ojalá tuviera la SEPI una empresa pública de energía que ayudara a acelerar la transición energética y que serviría para hacer de contrapeso a las empresas privadas que forman un oligopolio. Vivimos en un país que desgraciadamente ha tenido demasiados casos de corrupción y la gente desconfía de lo público.

–Sí conocerá el caso de Redeia (20 % SEPI), presidida por Beatriz Corredor, que no ha dado explicaciones del apagón y cobra 546.000 euros anuales siendo abogada y registradora de la propiedad.

–Sí, conozco el caso de Beatriz Corredor, pero insisto, nos perderíamos en los detalles. La clave está en tener una estrategia pensada en términos de país. Nos quedamos en el corto plazo pensando en una persona, en su afiliación política. No digo que no sea legítimo, pero ese debate no enriquece en absoluto.

–Propone reorientar la economía hacia aquello que realmente sostiene la vida potenciando la educación, la sanidad, los servicios públicos. ¿Se ha convertido en una especie de mantra que no se cumple?

–Tanto la sanidad pública como la educación pública tienen déficit, y ojalá mejoraran, pero cuando comparas con otros países, no tienen ni siquiera esos instrumentos. Vivimos en un sistema capitalista, donde crecemos para crecer más. Esa lógica no entiende de los límites del planeta. Propongo darle un cambio, y en lugar de la vida volcada para la economía, que sea la economía la que esté volcada en la vida. Y eso se consigue con buenos servicios públicos.

La vivienda se puede llevar al Gobierno por delante

–Pero, por ejemplo, la crisis de la vivienda, el Gobierno de coalición lleva 7 años y cada vez es mayor.

–Es uno de los principales problemas que tiene el Gobierno de coalición progresista. Un problema gigantesco de la sociedad que el Gobierno no está abordando con la valentía suficiente, y al no hacerlo está empujando a mucha gente a la desafección. Gente de izquierda, progresista, que dice que, si con un Gobierno de izquierdas no consigo dedicar menos del 70 % de mi salario al pago del alquiler, o tengo que hipotecarme por 40 años y para una entrada le he pedido prestado a mis padres… Si no ve mejoras en esa dimensión, da igual que los índices macroeconómicos sean mejores que hace 20 años, da igual que España sea la economía que más crece en la Unión Europea.

–Sí, porque ese cohete no se nota en la vida real.

–No se nota en esas dimensiones. Hay otras como aquellas personas que cobraban un salario mínimo que sí lo han notado a mejor, pero en otros elementos que afectan al conjunto de la sociedad, como es la vivienda, no se han abordado. No hay una determinación por parte del Gobierno para hacerlo, porque está instalado todavía en la vieja inercia de entender la vivienda como un bien de mercado, como decía Ábalos cuando era ministro, y debería ser un derecho humano. Desde la oferta hay que construir más vivienda pública, y desde la demanda, hay un porcentaje de hogares que hace inversiones en productos inmobiliarios para tenerlos en alquiler, con familias que tienen un ingreso muy notable por ser rentistas, por ser caseros.

–Pero la inercia se cambia desde las políticas que realiza el Gobierno y no echándole la culpa a los rentistas...

–El problema es dejar que el mercado de la vivienda sea una inversión financiera. La racionalidad del rentista no se pone en duda, es un problema de regulación. Quien diseña las reglas del juego no se ha atrevido a restringir esas reglas. Hay que dejar que la vivienda sea un bien de especulación financiera para que la gente pueda tener un techo donde vivir sin malgastar la mayor parte en su alquiler. Esto es global, no sólo en España.

De hecho, el propio Donald Trump, que está en las antípodas, acierta cuando tomó la decisión de impedir que los fondos de inversión compren viviendas, porque tienen que ser para la ciudadanía. Si el Gobierno de España no es más valiente y audaz, la vivienda se lo puede llevar por delante. Es uno de los principales escollos del Gobierno de coalición, porque mucha gente se va a quedar en casa, incluso siendo progresista, simplemente porque si no le mejora su vida, ¿para qué quiero un Gobierno de izquierdas?

El ministro de Consumo, Alberto Garzón, en una rueda de prensa

El ministro de Consumo, Alberto Garzón, en una rueda de prensaEFE

–O como ha ocurrido con el accidente de Adamuz, que ha mostrado las costuras de las infraestructuras ferroviarias.

–Hay que esperar a conocer el resultado final de la investigación. Está claro que la política de transporte es una política climática que debería tener mucha más financiación. Si quieres retirar la flota de vehículos privados que utilizan combustibles fósiles, tienes que ser consciente de que es prácticamente imposible sustituir toda esa flota por vehículos eléctricos por el impacto ecológico. O tener una red de transporte público mucho más eficaz y más desarrollada consigue que los trabajadores encuentren apetecible ir en transporte público y no en coche privado. Cuando ves las noticias que ocurren en Cataluña, etc., te das cuenta de que hay un déficit brutal por parte del Estado. Si la red no está bien financiada ni mantenida, la gente coge el coche privado porque no quiere sorpresas. Y no es solo un problema cotidiano, sino de crisis energética, porque cuanto más coche, más combustible fósil, más dependencia de Rusia.

–Usted que ha sido ministro, ¿cree que Óscar Puente debe dimitir por responsabilidad política?

–Ahora que no estoy en política en primera línea, no entro en ese tipo de consideraciones.

–Y como ciudadano de a pie.

–La verdad es que me mantengo al margen, porque afortunadamente estoy en otras cosas.

La izquierda no tiene capacidad de ser atractiva para el mundo rural

–Se pregunta, y no me queda clara la respuesta: «¿Quién puede hoy encarnar el sujeto de la transformación ecosocialista?».

–La respuesta es ambigua. Tenemos un cambio de paradigma, un cambio de orden económico internacional. Por eso planteo cómo debe hacer la izquierda para intentar convencer a la mayoría de la población y no sólo al perfil profesional progresista, sino también a la clase obrera y al campo.

El mundo rural es absolutamente vulnerable frente al cambio climático y sería el principal actor interesado en frenar ese cambio. Sin embargo, la realidad es que suelen estar más escorados a la derecha, hacia la creencia del negacionismo climático de la extrema derecha, de Vox o de Trump. Y eso es un problema porque el único sector que da de comer es el sector agrario. Si somos capaces de conseguir ese cambio, mucha gente se beneficiaría de estas propuestas, pero ahora mismo es prejuiciosa.

–Quizás porque no ayuda que se les llame facha o fachapobre.

–Son estrategias erróneas. Me pasó con el tema de las macrogranjas, que no dejaban de ser explotaciones intensivas llevadas a cabo por fondos de inversión, que desplazan al ganadero tradicional porque no puede competir. Sin embargo, la polarización de nuestro país condujo a que la primera impresión del sector ganadero fue que Garzón es mi enemigo porque dicen que va a prohibir la carne.

–Eso fue por la entrevista que dio usted en The Guardian.

–Sí, entre otras cosas. Cuando me fui reuniendo con las diferentes asociaciones ganaderas y agrarias, y hablaba de temas concretos, estaban de acuerdo. Hay un velo ideológico, un prejuicio que considera que la izquierda no entiende el mundo rural. Y es al revés. La izquierda está defendiendo que el campo tenga futuro, porque el camino que promueve la derecha y la extrema derecha es ciego por negar el cambio climático, que va a tener consecuencias muy graves: sequías, afectación a cosechas, etc. Ese gran debate está pendiente, porque la izquierda no tiene capacidad todavía de hablar de manera directa y ser atractiva para el mundo rural.

–¿Las fuentes de energías renovables se han visto que no son suficientes, como ocurrió con el apagón?

–Cuando dependes de energías renovables tienes que entender que cada energía ofrece su capacidad de generación eléctrica con unas condiciones. La eólica cuando hay viento, la solar cuando hay sol. Tienes que ser capaz, con sistemas muy complejos, de conseguir que esa oferta sea equiparada con la demanda. La nuclear no tiene ese problema porque es continua, al igual que los combustibles fósiles. Las eólicas y las solares son más vulnerables. Pero eso no es un hándicap definitivo. Simplemente tienes que hacer más complejo el sistema para que siempre pueda ofrecer la energía que necesitas.

No hay una conspiración para acelerar la transición energética

–Según The Telegraph, «el apagón se debió a un experimento del Gobierno con las renovables».

–Es parte del pensamiento conspiranoico. La realidad es que necesitamos ir a las energías renovables. Hay una constatación de que si no cambiamos los combustibles fósiles, el cambio climático va a empeorar y tener consecuencias muy graves. No es un problema nacional, es global. Por tanto, no hay una conspiración para acelerar la transición energética, sino una necesidad.

–Alemania califica de «grave error estratégico» el apagón nuclear y la exministra de Transición Ecológica, Teresa Rivera, incentivaba en España el cierre de las nucleares, y ahora promueve en Europa lo contrario.

–Fue el canciller. La realidad es que la energía nuclear tiene un problema grave asociado con los residuos nucleares, que todavía no está resuelto. Mientras estén operando, pueden contribuir a acelerar la transición energética. Y según se vaya cumpliendo lo que establecen los ingenieros, o las vías que están aprobadas a través de la legislación, no hay que mantenerlas más tiempo.

–Entonces, ¿no se debería mantener abierta Almaraz?

–La decisión técnica debe depender de las cuestiones de estabilidad de la propia central y del coste que implica. Si está funcionando y las condiciones técnicas lo permiten, se puede mantener para que ayude a esa transición. Pero en mi horizonte no hay energía nuclear, porque es una forma de reducir los riesgos asociados a desastres medioambientales, si has conseguido sustituirlo con energía renovable.

–Usted como ministro de Consumo apuntó hacia políticas que menciona en sus conclusiones de La guerra por la energía, como un cambio de dieta más vegetal, reduciendo el consumo de carne.

–El consumo tiene consecuencias no sólo sobre nuestra salud, sino sobre el planeta. Por mi parte, promovía una información que es la misma que da el médico de familia y el científico en su laboratorio: los excesos de carne roja van a afectar al cuerpo, y al planeta. Ponerlo de relieve ayudaba a una concienciación medioambiental, en ningún momento propusimos prohibir nada, porque no teníamos ni competencia ni deseo de imponerle nada a nadie.

–¿Siente que le desautorizó Pedro Sánchez al decir «a mí donde me ponga un buen chuletón»?

–No, no me he sentido desautorizado. Tengo suficiente capacidad de interiorizar situaciones como esa dentro de la lógica partidista. Por mi parte, trasladaba el debate científico al debate público y era algo novedoso, porque tanto los científicos como los ecologistas lo sabían de memoria, pero la mayoría de la población no sabía que era una macrogranja o que las vacas generaban metano… Nadie ponía en duda que lo que estaba diciendo era cierto.

La izquierda está sumamente dividida y enfrentada

–Esta utopía del ecosocialismo, ¿cree que puede ser en algún momento realista si ni siquiera «la familia de izquierda radical» se pone de acuerdo para ir a unas elecciones de forma conjunta?

–Son dos cosas distintas. Si es factible ese proyecto, creo que si lo es. En el libro hay un diagnóstico para entender dónde estamos y propuestas que son factibles, aunque necesitan su concreción política. En nuestro país, desgraciadamente, la izquierda está sumamente dividida y enfrentada, lo que dificulta que se pueda tener un instrumento para cambiar la sociedad.

El escenario ahora más probable es que las derechas, la tradicional y la extrema derecha, sumen mayoría en las siguientes elecciones. Ese es el escenario más probable. Y eso es porque la izquierda no ha sido capaz de articular una alternativa a pesar de estar en el Gobierno y de los buenos indicadores macroeconómicos.

–¿Está amortizado el proyecto de Sumar de Yolanda Díaz?

–No entro en estas consideraciones. Apoyo a todo. Me fui cuando todavía no estaba ese proyecto.

–¿Por qué se fue realmente?

–Estaba agotado. Muy orgulloso de mi aportación a la política institucional, pero me di cuenta de que era el momento de pasar. Siempre he pensado que la política tiene que ver con renovar, con recambiar. Así opté por dedicarle más tiempo a mi familia, tengo tres hijas pequeñas que han tenido durante mucho tiempo un padre ausente.

–¿Volvería para poner en marcha el programa del ecosocialismo?

–Siempre voy a ser una persona política en el sentido del interés en transformar la sociedad, pero estoy en una trinchera distinta, más feliz, porque estoy con mi familia más tiempo y hago cosas en las que creo. Ahora les toca a otras personas asumir las responsabilidades que tuve durante 12 años en una época muy intensa de este país y también de mi propia vida.

–¿Se sorprendió del rechazo que provocó en los partidos de izquierda que le fuera a fichar Acento?

–No me sorprendió en absoluto, porque creo que falta un importante debate dentro de la izquierda sobre a qué se puede dedicar la gente de izquierdas. Siempre que no hagas ninguna cosa ilegal deberías poder tener el derecho a buscarte la vida como te parezca oportuno, porque somos gente normal, que tenemos familia, necesidad de ingresos, contribuciones, y una formación profesional. Hay una concepción en la izquierda que considera erróneamente que la gente de izquierda solo puede trabajar en el sector público o hacer política. Fue un debate amargo en lo personal, pero sin ningún tipo de implicación adicional.

–Quizá fue porque antes criticó las puertas giratorias.

–Es que no era una puerta giratoria.

–¿Qué hubiera aportado al lobby de José Blanco?

–Soy economista, tengo una formación especializada en ecología, en energía, que son los temas del presente y del futuro. Creo que al final se trata de reconocer que somos trabajadores y no somos millonarios, ni hemos recibido una herencia de la que vivir, ni somos rentistas, y necesitamos trabajar para poder vivir. Cada uno tiene derecho a elegir su camino. Y no hablo de mi caso, sino de todos.

–Se va a cumplir una década del «Pacto de los Botellines», viendo la coyuntura actual, ¿cree que fue un error?

–Fue una oportunidad que intentamos explotar, que funcionó no del todo bien, como nos hubiera gustado. No cumplimos todos los objetivos que teníamos, que era quedar como la primera fuerza de izquierdas. No lo conseguimos por muy poquito, pero la experiencia fue bonita, Tan bonita que mucha gente de este país creyó en ella. Más del 20 % de la población votó a esa candidatura de confluencia derivada del «Pacto de los Botellines», que luego tuvo evoluciones marcadas por otro tipo de acontecimientos que fueron ocupando bastantes energías.

–¿Qué tal es su relación con Pablo Iglesias?

–Bien, normal, hablo con él de vez en cuando. Tengo la fortuna, entre comillas, de que me fui antes de que se terminaran de dividir, por lo tanto, tengo conversaciones con todos. Pero también porque estoy fuera, no estoy dentro. Ni en esas peleas cotidianas, ni en esas disputas, ni tampoco en esos reencuentros. Intento aportar dentro de una causa común y como espectador veré lo que acaba sucediendo en ese ecosistema.

–¿Y volvería a las tertulias?

–No me importa opinar, creo que tengo cosas que decir que puede interesar y no lo considero política institucional. Volvería con mesura.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas