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María San Gil en Rebeldes Podcast

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María San Gil recuerda a Gregorio Ordóñez cuando uno de sus asesinos está en semilibertad: «Hablar podía costarte la vida»

La actual vicepresidenta de NEOS ha asegurado que el terrorismo no solo buscaba matar personas, sino condicionar conciencias, imponer el silencio y expulsar del espacio público a quienes no se alineaban con su discurso

Hay recuerdos que no se borran. No se diluyen con el paso del tiempo ni se suavizan con los años. Permanecen intactos, como una herida abierta que sigue explicando quién eres y por qué hablas como hablas. En el último episodio de RebeldesPodcast –publicado este jueves 19 de febrero– María San Gil pone palabras a uno de esos recuerdos: el día de 1995 que vio cómo ETA asesinó delante de ella a su compañero del PP Gregorio Ordóñez. La publicación del podcast y la reflexión coinciden con que el departamento de Justicia y Derechos Humanos del Gobierno Vasco ha concedido la semilibertad al etarra Ramón Carasatorre, condenado a 30 años de prisión, junto a Txapote, por el asesinato de Ordoñez.

El episodio, titulado «Los católicos debemos ser más valientes», adquiere un tono especialmente sobrecogedor cuando la conversación abandona el terreno teórico y se adentra en la experiencia vital. La actual vicepresidenta de NEOS y vicesecretaria de la ACdP no habla desde la comodidad de la opinión ni desde la distancia del análisis retrospectivo. Habla desde el impacto directo de la violencia, desde el miedo real, físico, inmediato. «Yo he visto cómo le pegaban un tiro a alguien delante de mí», relata con serenidad, sin dramatismo, pero con una contundencia que atraviesa al oyente.

El asesinato, cometido por la organización terrorista ETA en San Sebastián no solo segó una vida. Para quienes lo presenciaron, supuso también la ruptura de cualquier ilusión de normalidad. San Gil explica que, a partir de ese momento, conceptos como libertad, valentía o compromiso dejaron de ser abstractos. Se convirtieron en decisiones diarias, muchas veces tomadas bajo amenaza.

Durante el episodio, la exdirigente política describe cómo vivir bajo el terrorismo implicaba aceptar que cualquier rutina –ir a trabajar, entrar en un restaurante, caminar por la calle– podía convertirse en una escena de violencia. Ese contexto, señala, forjó una generación de personas que aprendieron a convivir con el miedo, pero también a no dejarse paralizar por él. «O vivías escondido, o decidías seguir adelante sabiendo el riesgo», explica.

Este testimonio da profundidad al mensaje central del episodio: la valentía no es una pose, ni una consigna ideológica, sino una respuesta concreta ante el miedo. Para San Gil, resulta especialmente llamativo que hoy, en una sociedad donde no existe ese nivel de amenaza física, muchas personas opten por el silencio y la autocensura. «Nosotros hablábamos cuando hablar podía costarte la vida», reflexiona, estableciendo un contraste incómodo con el presente.

La conversación avanza entre recuerdos personales y reflexiones sobre la memoria colectiva. San Gil insiste en que el terrorismo no solo buscaba matar personas, sino condicionar conciencias, imponer el silencio y expulsar del espacio público a quienes no se alineaban con su discurso. En ese sentido, afirma, ceder al miedo –entonces o ahora– supone concederle la victoria al que intimida.

Uno de los momentos más intensos del episodio llega cuando vincula esa experiencia con su visión actual sobre la fe y la presencia pública de los católicos. Para ella, la valentía que aprendió en aquellos años no puede fragmentarse. «No puedes ser valiente para unas cosas y cobarde para otras», afirma, defendiendo la coherencia entre lo que se cree, lo que se piensa y lo que se expresa.

Desde RebeldesPodcast, los presentadores acompañan el relato con un silencio respetuoso, conscientes de que no se trata de una anécdota, sino de un punto de inflexión vital. La entrevista huye del sensacionalismo y se centra en el significado profundo de haber vivido la violencia de cerca: cómo transforma la manera de entender la libertad, la dignidad y la responsabilidad personal.

El testimonio de San Gil introduce un cambio de ritmo en el episodio. La conversación se vuelve más pausada, más grave, como si obligara a detenerse. No hay prisas ni necesidad de conclusiones inmediatas. El relato queda suspendido, dejando al oyente frente a una pregunta incómoda: ¿qué haríamos nosotros si expresar lo que pensamos tuviera consecuencias reales?

Lejos de recrearse en el dolor, San Gil utiliza su experiencia para lanzar un mensaje claro: el miedo no puede ser el criterio que determine cómo vivimos ni cómo participamos en la sociedad. Si el terrorismo no consiguió silenciarla entonces, sostiene, no tiene sentido que hoy lo hagan la presión social, el señalamiento o el deseo de encajar.

En un panorama mediático donde la memoria a menudo se diluye y el debate se vuelve superficial, este episodio destaca por su profundidad humana. El relato de María San Gil no es solo un testimonio del pasado, sino una advertencia para el presente: las sociedades no pierden su libertad de golpe, la pierden cuando aceptan callar.

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