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Sanlúcar de Barrameda, uno de los centros de entrada de droga en EspañaEl Debate

Viaje al corazón de la lucha contra el narcotráfico (II)

Cuando los narcos te vigilan: relato en primera persona del control del narcotráfico en la costa andaluza

El Debate se ha desplazado a la costa andaluza para comprobar de primera mano la situación del narcotráfico y su influencia en la sociedad

Sanlúcar de Barrameda se levanta junto a la desembocadura del Guadalquivir, allí donde el río termina por abrirse al Atlántico después de atravesar media España. Desde lejos, la ciudad parece vivir suspendida en una calma antigua, con las barcas balanceándose en el puerto, las terrazas frente al paseo marítimo y las marismas extendiéndose al otro lado del agua hacia Doñana. El aire huele a sal, a humedad y a pescado frito. Los turistas llegan buscando vino manzanilla y atardeceres frente al mar. Pero quienes conocen la zona miran también hacia el río.

Porque en estas aguas pardas y tranquilas, especialmente cuando cae la noche, se mueve desde hace años una de las principales rutas del narcotráfico en el sur de Europa. Las planeadoras aparecen y desaparecen entre caños, esteros y desembocaduras secundarias; las narcolanchas remontan el Guadalquivir cargadas de droga mientras vigías repartidos por distintos puntos de la costa controlan cualquier movimiento extraño. Como una realidad incorporada al paisaje.

El Debate se ha desplazado hasta el lugar para, acompañado de las autoridades, observar de primera mano una situación que afecta a todas las capas de la sociedad. Porque cuando uno se acerca a la playa, a uno de esos centenares de puntos que se utilizan para descargar drogas, por un largo camino de tierra y arena, los narcotraficantes controlan exactamente tus movimientos.

Nada más llegar al lugar y comenzar la entrevista, empiezan a llegar personas que, de otra manera, no llamarían la atención, gente que se acerca a la playa en una tórrida mañana cuando el sol más aprieta. Pero sus movimientos y vestimenta les delata: vestidos con ropas de andar por casa, con lo primero que han encontrado, se acercan a la zona, dan una pequeña vuelta, observan e intentan establecer una comunicación contigo, preguntas anodinas sobre el tiempo y el calor, lo mínimo para acercarse al lugar e informar a sus superiores. Según nos cuentan las autoridades, ese simple servicio les puede reportar hasta 100 euros.

Tras esta pequeña ronda de reconocimiento, también se deja oír un dron por la zona, el siguiente paso en la vigilancia. «Es muy difícil trabajar así», nos aseguran los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. La sensación de sentirse perseguido, observado y controlado por un enemigo más poderoso en recursos y personal.

Cámaras térmicas y drones desplegados desde la azotea del edificio residencial más alto de la zona, en Sanlúcar de Barrameda

Cámaras térmicas y drones desplegados desde la azotea del edificio residencial más alto de la zona, en Sanlúcar de BarramedaDavid Conde / El Debate

La vigilancia no se limita a la zona de la costa. Después de las entrevistas, cuando nos acercamos a tomar algo, no se podía ignorar a una persona sentada en la mesa contigua, sin consumir nada, con el único objetivo de transmitir información. Pese a todo, las autoridades se encargan de repetir el mensaje de que el porcentaje de población que colabora con el narco es pequeño, pero muy ruidoso, y que la gran parte sigue queriendo ganarse la vida honradamente.

El día anterior, en la zona de Chiclana, la experiencia fue similar. Observando un punto habitual de descarga de drogas, con una narcolancha enterrada en la arena plenamente visible, tres jóvenes, por debajo de la mayoría de edad, nos increparon directamente preguntándonos qué hacíamos y qué fotografiábamos. Tras decírselo, abandonaron la escena unos minutos, regresando esta vez con uno de ellos blandiendo una navaja mariposa. No la utilizó ni le hizo falta, pues el único propósito de sus acciones era el de transmitir un mensaje y la sensación de poder infinito que ostenta el narco.

Cuando cae la tarde en Cádiz, viento huracanado y arena en la cara, relaja darse un paseo por el centro de la ciudad, por esas casas a ras de suelo que dejan puertas y ventanas abiertas para que entre el aire, en un recuerdo viviente de una España pasada. Agrada, también, encontrarse en estas circunstancias a un matrimonio de avanzada edad, disfrutando en el salón de su casa. Y es imposible no reconocer los diálogos y la música de uno de los grandes filmes en la historia del cine, El hombre que mató a Liberty Valance, precisamente una película que cuenta el fin de una era, el salvaje oeste, y el nacimiento de unos nuevos Estados Unidos. Como una metáfora de lo que está sucediendo en Andalucía, la desaparición del mundo que conocíamos, con sus reglas y acuerdos no escritos, y la llegada, al contrario de en la obra de John Ford, de un mundo esta vez peor, dirigido por el dinero procedente de la droga. La duda es si estamos a tiempo de salvar a Liberty.

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