Pedro Sánchez y Adolfo Suárez en el Congreso de los Diputados
La forma de hacer política de Adolfo Suárez, todo lo contrario de lo que hace Pedro Sánchez
Hace 50 años el Rey Juan Carlos nombró presidente del Gobierno a Suárez; era la pieza que faltaba para poner en marcha la Transición y en once meses se celebraron las primeras elecciones libres
Este viernes se cumplen 50 años de que el Rey Juan Carlos ofreciera a Adolfo Suárez la Presidencia del gobierno. Era la pieza que faltaba para arrancar el proceso de la Transición a la democracia. A partir de ese momento, los acontecimientos se sucedieron a un ritmo frenético y once meses después se celebraron las primeras elecciones libres en España.
El primer presidente de la democracia dimitió el 29 de enero de 1981 y falleció el 23 de marzo de 2014. Hacía quince años que la enfermedad le había borrado todos los recuerdos. Pero el día de su muerte se descubrió que los españoles no le habían olvidado cuando se formaron larguísimas colas para despedirse de él en la capilla ardiente, que se instaló en el Congreso de los Diputados.
Suárez murió a los 81 años y dejó una forma de hacer política —y de vivir la vida— completamente diferente a la que los españoles están viendo en la actualidad. Suárez hacía casi todo al revés de como lo hace Pedro Sánchez. Sus valores eran la concordia, la verdad y la comprensión del «distinto», «del otro español que no piensa como yo».
Estos son algunos ejemplos:
Del muro a la concordia
Mientras Pedro Sánchez ha llamado a construir un muro entre los españoles, para Suárez la concordia era el objetivo máximo. La frase grabada en su sepultura lo dice todo: «La concordia fue posible». El político de Cebreros, que aún tenía reciente el recuerdo de la Guerra Civil, afirmaba: «La concordia jamás se impone; se busca en común y se realiza con el esfuerzo de todos». Sabía que era difícil de conseguir, «pero cuando se logra —afirmaba—, alcanzamos momentos estelares en la humanidad».
Adolfo Suárez jura ante la Cruz y el Rey como presidente del gobierno el 5 de julio de 1976
Uno ateo, el otro pensó en ser sacerdote
Sánchez se define a sí mismo como ateo. Sin embargo, Adolfo Suárez tenía unas convicciones religiosas tan hondas que, de joven, llegó a plantearse el ingreso en el seminario diocesano de Ávila y estudiar la carrera sacerdotal. Su adolescencia transcurrió en Acción Católica, de la que fue nombrado presidente en 1950. Mientras fue presidente del gobierno, todos los domingos se oficiaba una misa en un salón del Palacio de la Moncloa que se improvisaba como capilla. A la eucaristía asistían las familias Suárez y Gutiérrez Mellado, porque ambas vivían allí. Aún así, su gobierno aprobó la ley del Divorcio, porque él pensaba que esa norma no obligaba a nadie, y que los católicos que no quisieran divorciarse podían no divorciarse. «Creo que no deben elevarse a normas las convicciones religiosas particulares», afirmó.
Con el Rey Juan Carlos en Mallorca en 1996, años después de dejar la política
La relación con la Corona
Adolfo Suárez no era monárquico por tradición familiar y tampoco respiró un ambiente monárquico en los organismos del Movimiento, donde había hecho la mayor parte de su carrera. Pero creía que una institución neutral, como la Corona, contribuiría a la reconciliación de los españoles y a consolidar la democracia. Un mes antes de las primeras elecciones libres, el diplomático Alberto Aza se incorporó como director de su gabinete y, en la primera reunión que mantuvieron, Suárez le dijo: «Antes que nada, quiero que sepas que los éxitos del gobierno son de la Corona, y sus fracasos son solo del gobierno, porque hay que consolidar la Monarquía en la persona de Felipe VI», que entonces tenía nueve años. La actitud de Suárez con el Rey no tiene nada que ver con la de Pedro Sánchez, que ha ido restando brillo a la Corona y acaparando para sí mismo la actividad y el protagonismo que tradicionalmente han correspondido al Jefe del Estado.
Tuvo que vender la casa de Palma
En los gobiernos de Adolfo Suárez y de Leopoldo Calvo-Sotelo no hubo casos de corrupción. Fueron el extremo contrario a la situación que se está viviendo ahora en España con el gobierno de Pedro Sánchez y el aluvión de procedimientos judiciales abiertos. Una prueba de que Suárez no se enriqueció durante su paso por la política es que tuvo que vender su casa de Mallorca para pagar el tratamiento médico de su hija mayor, Mariam, que falleció a los 41 años, tras más de una década de lucha contra el cáncer. También tuvo que dar en pago al Banco Español de Crédito la casa que había estrenado en 1978 al lado de la muralla de Ávila.
Suárez, en 1979, durante un viaje a Brasil
Manejo escrupuloso del dinero
Cuando murió Franco, el Estado español no tenía fondos para financiar la implantación de la democracia -crear partidos y ayudar a los sindicatos-, y entre julio de 1976 y junio de 1977 varios países amigos enviaron a Madrid 10 millones de dólares. El dinero llegó en distintos vuelos regulares dentro de maletines traídos por personas de su confianza. Desde el aeropuerto de Barajas se trasladaba directamente al Palacio de La Moncloa, donde quedaba bajo la administración de Aurelio Delgado, el cuñado, amigo y colaborador de confianza de Suárez. Prueba de la escrupulosa gestión del dinero que hizo Aurelio Delgado es que, cuando dejó la política, tras la derrota de la UCD, estuvo a punto de perder su casa porque había avalado los créditos electorales del partido con su patrimonio personal. Nada que ver con lo que han hecho varios colaboradores de Pedro Sánchez, algunos ya condenados y otros imputados.
Guardias civiles zarandean al vicepresidente Gutiérrez Mellado mientras Suárez intenta socorrerle
De la valentía del 23-F a Paiporta
Durante el intento del golpe de Estado del 23-F, el teniente general Gutiérrez Mellado, vicepresidente del gobierno, se enfrentó a los golpistas en el Congreso de los Diputados, y Adolfo Suárez salió en su defensa, poniendo en riesgo su propia vida. La valentía que demostró frente a los agentes armados queda a años luz del comportamiento de Pedro Sánchez en Paiporta tras la dana, cuando abandonó a los Reyes en medio de la indignación de los vecinos, que les lanzaron piedras y barro, pero no balas.
Con Santiago Carrillo, del Partido Comunista, y Felipe González, del PSOE
Creía en la alternancia democrática
Después del franquismo, Suárez quería que en España hubiera alternancia democrática. Por eso, impulsaba la consolidación de dos grandes partidos, como ocurría en las democracias europeas, para que hubiera estabilidad. En 1979 se produjo una crisis en el PSOE, cuando Felipe González fue derrotado en un congreso tras intentar que su partido abandonara el marxismo. Suárez pidió a los 50 gobernadores civiles de España que en todos los actos públicos dieran protagonismo a los dirigentes socialistas provinciales para transmitir la imagen de que, a pesar de la crisis, el PSOE era la alternativa a la UCD.
En el Congreso de los Diputados, en 1980, en el debate de la moción de censura que presentó Felipe González
Nunca se enrocó en Moncloa
A diferencia de Sánchez, Suárez no ejerció nunca un control norcoreano sobre su partido. Más bien fue al revés, y las distintas familias que integraban UCD acabaron revolviéndose contra él. Cuando se sintió traicionado por su partido, cercado por el poder económico y por un sector del Ejército, hostigado por los medios de comunicación y sin la confianza del Rey, anunció su dimisión.
En su despacho del Palacio de La Moncloa en junio de 1977
Con la prensa en contra
A los pocos días de dimitir, el 18 de febrero de 1981, El País publicó un duro editorial que faltaba a la verdad y en el que le acusaban de cobarde. No se imaginaban que cinco días después, en el golpe del 23-F, iba a dar una lección de valentía ante las balas: «Ha mantenido todo un aparato de secretismo y corruptelas en la Administración. Se ha ido deprisa y corriendo con un sinfín de amenazas y muy pocas agallas. Cuando la oposición se vuelve oposición, el poder histórico de este país solo parece tener dos respuestas: el miedo y la violencia. Suarez ha elegido el miedo. Adiós Suarez adiós».
El ejemplo contrario a Zapatero
Cuando Adolfo Suárez dejó la política, en 1981, montó un despacho con varios de sus colaboradores en la calle Antonio Maura, 5, de Madrid. Aportó una parte de sus ahorros y pidió un crédito de dos millones de pesetas (12.000 euros) al Banco de Bilbao, que se fueron devolviendo. Muchas empresas españolas y extranjeras acudieron al despacho, buscando asesoría y confiando en que las excelentes relaciones de Suárez con los dirigentes iberoamericanos les abrirían las puertas. Pero Suárez se negó a que fuera un despacho para hacer tráfico de influencias y tuvo que cerrarlo. Todo lo contrario de lo que ha estado haciendo José Luis Rodríguez Zapatero desde que dejó la política.