Mapa del Gran Marruecos
El Gran Marruecos: las ambiciones de un país incómodo para todos sus vecinos
Mantiene disputas territoriales con todos los países fronterizos, España incluida
«Esta tragedia humana y política podría ser el punto de partida para encontrar una solución respecto a la devolución de las dos ciudades, Ceuta y Melilla, ocupadas por España durante más de quinientos años. Ciudades europeas en suelo marroquí, en suelo africano. Es una aberración. La solución más sencilla es devolverlas a las autoridades marroquíes».
La cita es del escritor marroquí en lengua francesa vivo más célebre del país, Tahar Ben Jelloun, en su artículo titulado «Vergüenza e ira», en el periódico marroquí Le360, medio afín a la postura oficial del Palacio Real. En él, el intelectual narra cómo vio con sus propios ojos a los «aspirantes a exiliados marchando con determinación» sin que la policía marroquí interviniera. Ben Jelloun contempló atónito la escena cuando volvía de la recepción que el rey Mohamed VI ofreció ese jueves por la noche para conmemorar la Fiesta del Trono, su aniversario de entronización, en su residencia de Rincón, a 25 kilómetros de Ceuta.
Las ciudades españolas de Ceuta y Melilla son un objetivo fundamental de las aspiraciones expansionistas del reino alauí. Pero no son las únicas. Marruecos mantiene disputas territoriales con todos sus vecinos. El sueño nacionalista del Gran Marruecos se adentra en sus fronteras: el Sáhara Occidental, Argelia, Mauritania, Mali, y, también, todos los territorios españoles en el norte de África.
El Gran Marruecos abarca las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, y las Plazas de Soberanía (las Islas Chafarinas, los peñones de Vélez de la Gomera y de Alhucemas, y el Islote Perejil). Las califica como colonias. Algunas corrientes irredentistas incluyen hasta las Islas Canarias por su proximidad geográfica. El reino alauí reclama el Sáhara Occidental al completo, y con Argelia mantuvo una disputa armada por su frontera en los años sesenta. Las ensoñaciones nacionalistas toman también Mauritania entera y el norte de Mali. En total, las aspiraciones irredentistas multiplican por tres su territorio actual.
El divulgador de la idea del Gran Marruecos es el padre del nacionalismo marroquí, Allal al-Fasi, fundador a mediados del siglo XX del todavía vigente partido nacionalista Istiqlal. Su justificación histórica era que Marruecos es heredero del Imperio almorávide, cuya extensión en el siglo XI abarcaba las actuales Marruecos, Mauritania, Senegal, parte de Mali, el oeste de Argelia y la mitad sur de la península Ibérica.
Las pretensiones del Gran Marruecos han dado lugar a conflictos armados desde la independencia del país (1956). La primera, la Guerra del Ifni contra España (1957-1958), con formaciones irregulares marroquíes. España cedió entonces la región de Tarfaya pero retuvo el control del Ifni hasta 1969. Otro momento de tensión armada con España se vivió en 2002, cuando una docena de gendarmes marroquíes plantó dos banderas en el islote de Perejil. El Ejército español los desalojó sin un disparo, aunque España tuvo que firmar en Rabat la renuncia a cualquier símbolo de soberanía. Desde entonces, la bandera española no ondea en el peñón.
La mayor tensión diplomática de Marruecos en con Argelia, contra quien llegó a las armas. La Guerra de las Arenas contra Argelia (1963) fue la disputa fronteriza por las zonas de Tinduf y Béchar, cuyos límites no habían quedado definidos tras la descolonización francesa. La frontera oficial definitiva entre Marruecos y Argelia se ratificó formalmente en 1972, pero el irredentismo marroquí no olvida sus reclamaciones territoriales. Considera que Argelia tiene un tamaño excesivo —es el país africano con mayor extensión— porque Francia le concedió demasiado territorio, puesto que era una provincia francesa, en detrimento de Marruecos, que era solo colonia.
Con Mauritania mantiene una relación ambivalente. Por el lado práctico, comparten intereses económicos y de seguridad. En el lado diplomático, hay distancia y cautela. En Mauritania todavía queda el poso histórico de que Rabat no reconociera su independencia hasta 1969 porque el Gran Marruecos reclamaba todo su territorio. Mauritania, además, mantiene una posición neutral sobre el conflicto del Sáhara Occidental, en parte también para mantener la buena vecindad con Argelia; una situación que incomoda a Rabat.
Sáhara Occidental, la gran reclamación
Más allá de reclamaciones a España y disputas con Argelia, la prioridad de Marruecos es la ocupación completa del Sáhara Occidental. Tras la Marcha Verde (1975) y la retirada de España, Marruecos tomó el control administrativo del territorio, aunque todavía no lo controla al cien por cien. La zona este, más allá de su muro construido en los años ochenta, uno de los mayores campos de minas del mundo, está controlada por el Frente Polisario. Supone un 20 % del territorio del Sáhara Occidental, una franja interior desértica limítrofe con Mauritania y Argelia, sometida a ataques continuos de drones marroquíes.
Del Sáhara Occidental Marruecos reclama también el espacio aéreo, ahora controlado desde Las Palmas de Gran Canaria por mandato internacional, aunque de hecho existe un control efectivo marroquí sobre el terreno. La gestión del espacio aéreo está en negociación desde el giro diplomático del Gobierno de España en 2022, así como la delimitación de espacios marítimos en la fachada atlántica.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, cambió la posición española en el Sáhara Occidental con una carta a Mohamed VI, rey de Marruecos, en la que concedía que el plan de autonomía marroquí es «la base más seria, realista y creíble» para el territorio. Con la carta Sánchez puso a la neutralidad española en un conflicto que indirectamente también implica a Argelia, que apoya a la causa del Frente Polisario y a los campamentos de refugiados saharauis en Tinduf.
Socio indispensable con ambiciones
La condición de vecino incómodo, con quien España comparte 16 kilómetros de frontera, se ha vuelto a repetir con la entrada masiva de inmigrantes a Ceuta a través del Espigón del Tarajal. Las acusaciones políticas de instigación o, cuanto menos, permisividad de las autoridades marroquíes, han vuelto a poner en el foco la relación diplomática con un socio indispensable para la gestión de las corrientes y la defensa contra el terrorismo, pero con aspiraciones sobre territorios españoles. El Gobierno socialista, lejos de cualquier crítica a Marruecos en esta crisis migratoria, ha alabado la fiabilidad de Rabat como socio fiable, ignorando el fin último de sus aspiraciones nacionalistas.