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Máquina asfaltadora en la calle Fuencarral

Máquina asfaltadora en la calle FuencarralGustavo Morales

Crónicas castizas

Madrid no duerme ni tampoco deja dormir

Madrid había descubierto una original política cultural: para llenar las calles de ciudadanos había que vaciar previamente de vecinos las casas. Uno aprendió entonces que el madrileño del centro no es sedentario, aunque lo parezca. Es una variedad urbana del beduino. Cuando llega una gran celebración, consulta el calendario, mete cuatro cosas en una bolsa y busca refugio al otro lado de la M-30

Vivir en el centro de Madrid suena estupendamente cuando se cuenta fuera del centro. Uno dice que vive a un paseo de la Gran Vía, junto a Fuencarral, y el interlocutor pone cara de estar hablando con el marqués de la Villa y Corte. No sabe que todo privilegio madrileño lleva aparejada su correspondiente penitencia.

Para empezar, vivimos dentro de una ZBE, siglas modernas que tienen algo de diagnóstico médico y bastante de frontera administrativa. Si un amigo pretende venir a visitarnos en coche, hay que identificarlo, más que autorizarlo y casi dar razón de sus intenciones. Recibir una visita empieza a parecerse a comunicar con un preso, aunque uno nunca sabe con absoluta certeza quién está dentro y quién fuera de la cárcel.

El centro siempre ha tenido sus servidumbres. No hace tanto, nuestras calles eran territorio favorito de aquellos escenarios monumentales que aparecían periódicamente para celebrar la ciudad mientras conseguían que sus habitantes quisieran abandonarla.

Llegaba, por ejemplo, la Noche en Blanco. El nombre era exactísimo, al menos para los vecinos.

Primero venía el montaje. Hierros, camiones, golpes, operarios, sonido, Más pruebas de sonido. Y finalmente el concierto, porque una vez comprobado concienzudamente que los altavoces funcionaban, parecía de mala educación no utilizarlos.

El vecino asistía al acontecimiento cultural desde su alcoba, quisiera o no. Y cuando aquello terminaba, llegaba el desmontaje, actividad que posee la curiosa propiedad acústica de resultar todavía más ruidosa que el montaje.

Madrid había descubierto una original política cultural: para llenar las calles de ciudadanos había que vaciar previamente de vecinos las casas. Uno aprendió entonces que el madrileño del centro no es sedentario, aunque lo parezca. Es una variedad urbana del beduino. Cuando llega una gran celebración, consulta el calendario, mete cuatro cosas en una bolsa y busca refugio al otro lado de la M-30. Para la próxima he pensado hacerlo al revés.

En lugar de marcharme lejos, cogeré una tienda de campaña y me instalaré ante un Ministerio . Puede ser mucho más eficaz. Cerca hay edificios oficiales y sospecho que, si uno acampa delante del lugar adecuado, las autoridades que son incapaces de proteger tu sueño mostrarán inmediatamente una extraordinaria preocupación por dónde duermes. Pero ahora hemos progresado. Ya no hacen falta conciertos. Esta semana han decidido asfaltarnos las calles de madrugada.

La explicación tendrá seguramente impecables razones técnicas. Imagino que alguien habrá concluido que es imprescindible no interrumpir el intenso tráfico nocturno de los cuatro automóviles que todavía consiguen llegar hasta aquí.

Y así, cuando Madrid se calla, aparecen las máquinas. Pesadas. Enormes. Con luces amarillas. Con unos tíos vestidos de amarillo sin muchas luces.

Una especie de dinosaurios municipales que avanzan lentamente sobre el asfalto, las máquinas digo, produciendo ese sonido delicado que resulta de combinar un motor diésel, varias toneladas de acero y la firme convicción de que a las tres de la mañana nadie necesita dormir. Aunque las máquinas no vienen solas. Las acompañan los operarios, naturalmente. Y aquí debo reconocer una admirable peculiaridad profesional: un obrero trabajando de madrugada jamás habla en voz baja. No importa que su compañero se encuentre a cincuenta centímetros. La conversación debe realizarse como si estuviera al otro lado de la Castellana. Un tercero aporta algo desde veinte metros. Uno comenta. Otro responde.

Y entretanto la apisonadora pasa por debajo de la ventana con la delicadeza de una división acorazada entrando en campaña.

Uno se incorpora en la cama. Mira el reloj. Las tres y cuarto. Vuelve a acostarse. La máquina retrocede. Pi. Pi. Pi. Pi. El progreso también pita marcha atrás.

Entonces comprende uno la paradoja definitiva del centro de Madrid: se restringe la circulación para que haya menos coches, pero después hay que trabajar de madrugada para no molestar a los coches que ya no circulan.

Y el vecino, que al parecer no figura entre las especies protegidas de la capital, contempla el techo y acaba aceptando su verdadero papel en el ecosistema urbano.

Aquí se protege al peatón. Se protege el tráfico. Se protege el ocio. Se protege el turismo. Se protege el espectáculo. Y hasta se protege el asfalto. Al vecino se le supone despierto y sufridor.

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