La Infanta Eulalia murió sin conocer el paradero de sus valiosas joyas
Casa Real El misterioso peregrinaje de la caja con 218 joyas que dejó la Infanta Eulalia en el Palacio Real antes de la República
Las alhajas fueron trasladadas al Banco de España, donde desaparecieron en 1936 junto a las de miles de españoles. Negrín también se llevó las que habían empeñado más de 30.000 ciudadanos modestos en el Monte de Piedad
La Infanta Eulalia, hija menor de Isabel II, murió en 1958 en Irún a los 94 años sin haber podido recuperar el valiosísimo cajón de joyas que había dejado en el Palacio Real cuatro décadas antes. A pesar de las numerosas gestiones y reclamaciones que hizo a las autoridades de la República y después a las de Franco, las joyas, que hoy valdrían varios millones de euros, nunca aparecieron.
Lo que sí han ido apareciendo posteriormente son documentos y testimonios que permiten reconstruir solo en parte el misterioso peregrinaje de aquel cajón que guardaba un fabuloso tesoro con 218 piezas, entre ellas la diadema de 78 perlas, 7 perillas y 1.422 brillantes que perteneció a la Reina María de las Mercedes, o el collar de 334 perlas, 40 perillas y 639 brillantes que le regalaron los Duques de Montpensier.
La Infanta Eulalia, retratada por Christian Franzen
Vayamos al 15 de abril de 1931. Se acaba de proclamar la República, la Familia Real parte al exilio y en «la Caja de Intendencia de la Real Caja», que se encuentra en el Palacio Real, queda «entre otros muchos efectos, un cajón grande que contenía joyas de Su Alteza la Infanta Doña Eulalia», según el testimonio del intendente de la Real Caja, Miguel González de Castejón y Elío, conde de Aybar.
Añade que, al poco tiempo de constituirse el Consejo de Patrimonio de la República (1932), se personaron en la citada Caja su presidente, Jerónimo Bujeda; el director general del Tesoro, Francisco Méndez Aspe; el secretario del Consejo de Administración del Patrimonio José Ignacio de Aldama y un funcionario de Hacienda llamado Manuel Anguiano.
En Nueva York en 1893, la Infanta lleva la tiara de perlas y diamantes que había sido de la Reina Mercedes
«Violentaron el cajón, saltó la cerradura y encontraron todas las joyas de la Infanta: collares de perlas y brillantes, aderezos, pulseras, sortijas, alfileres, blondas, encajes, mantillas, pañuelos de encaje y una colección de abanicos. Todo de un valor inestimable por tratarse de joyas tan antiguas y artísticas», afirma el conde de Aybar, quien explica que la mayor parte procedían de la herencia de la Reina Isabel II a su hija.
En 1932, la propia Infanta Eulalia había pedido a las autoridades republicanas que trasladaran el cajón con sus joyas a una caja del Banco de España, según relata su biógrafo, Ricardo Mateos y Sáinz de Medrano, en el libro «Eulalia de Borbón, L´Enfant terrible». Y así lo hicieron.
Pero, según declaró después el conde de Aybar, al empezar la Guerra Civil, «ese cajón desapareció y sin duda fue llevado al extranjero». Ricardo Mateos afirma que las joyas «estuvieron en el Banco de España hasta el 10 de octubre de 1936» y que ese día, por orden de Juan Negrín, ministro de Hacienda, se pidió al director del Tesoro, Méndez Aspe, que abriera la caja ante Manuel de Luxán y Zabay, miembro del Consejo de Administración del Patrimonio de la República.
La Reina Isabel II con sus tres hijas menores, Pilar, Paz y Eulalia
Luxán «firmó un documento por el que certificaba haber recogido su contenido de 218 objetos en nombre de la Infanta» y, sorprendentemente, «al día siguiente apareció muerto junto a las tapias del parque del Retiro», señala el biógrafo de la Infanta, y añade: «Se cree que las joyas fueron a parar a las manos de Bujeda», uno de los cuatro hombres que, años atrás, habían abierto el cajón en el Palacio Real.
Otro dato llamativo es que, 50 años después de la muerte de Luxán, ya en plena democracia, su familia puso una esquela en ABC en la que fechaba el fallecimiento el 7 de noviembre de 1936 y añadía que «murió asesinado por Dios y por España».
La fecha del 7 de noviembre de 1936 es relevante porque justo la noche de la víspera, el ministro de Hacienda, Juan Negrín, había ordenado a Méndez Aspe y a Julio López Masegosa, su hombre de confianza, que asaltaran las cajas de seguridad que miles de españoles tenían alquiladas en el Banco de España, entre ellas la de la Infanta Eulalia. Les acompañaban unos 50 cerrajeros para forzar las cámaras. Esa noche también empezaron las terribles matanzas de Paracuellos y, ante semejantes atrocidades, asaltar cajas debía parecer un juego de niños.
Amasar un tesoro para el exilio
Para entonces, Negrín había empezado a amasar un «tesoro de guerra» y a enviarlo al extranjero por si terminaba en el exilio. Por eso, publicó varios decretos que darían apariencia de legalidad al expolio de las reservas del Estado y de las propiedades de los españoles. Una vez vaciadas las arcas públicas y enviado el oro y la plata a Francia y a Rusia, saquearon las cajas de los particulares que contenían oro, dinero, monedas, divisas y alhajas.
Lo más miserable de todo es que también expoliaron las modestas alhajas -muchas alianzas de boda- que más de 30.000 españoles humildes habían tenido que empeñar en el Monte de Piedad para sobrevivir en aquel Madrid en guerra.
Parte de aquel botín se trasladó a Francia y se embarcó en 1939 en el puerto de Le Havre en el barcoVita con destino a México, donde poco antes había llegado el exministro de la República Indalecio Prieto, que se apoderó de su mercancía. El objetivo era vender su valioso cargamento para mantener al exilio republicano.
Del Palacio Real al Vita
El barco había sido comprado por el Ministerio de Hacienda, cuyo titular era Méndez Aspe en aquel momento, a una empresa, Mid Atlantic Shipping, de la que era dueño Marino Gamboa, simpatizante del PNV, y de la que Aldama era socio. Casualmente, tanto Méndez Aspe como Aldama estuvieron años atrás en el Palacio Real cuando se descerrajó el cajón de joyas de la Infanta y conocían su valor.
Algunos autores, como José María Zavala, sostienen que las joyas de Doña Eulalia acabaron también en el Vita. Lo cierto es que desaparecieron del Banco de España a la vez que el resto de las joyas que embarcaron. Es probable que hicieran firmar el documento de recogida a Luxán para disponer de una coartada, si la Infanta insistía en reclamarlas, o que, de verdad, se las entregaran y luego se las robaran y le asesinaran.
La descripción del tesoro que se envió a México -unas 120 maletas- deja abierta la posibilidad de que incluyera las joyas de la Infanta, pero no hay evidencias. La principal fuente para conocer el cargamento del barco es el socialista Amaro del Rosal, presidente de la Caja de Reparaciones, el organismo que controlaba los bienes expoliados. Pero sus descripciones de los bultos son muy imprecisas. Por ejemplo, los describe como «Depósitos Banco de España de gran valor» u «objetos varios».
Relicario del Santo Clavo, que formaba parte del tesoro de la Capilla del Palacio Real y fue enviado a México
Hay pruebas de que el barco trasladó otras joyas y objetos valiosos del Palacio Real, como el impresionante joyero de la Capilla Real, que contenía decenas de relicarios y custodias, entre ellas el relicario del Clavo de Cristo, con once mil brillantes engastados, además de esmeraldas, rubíes y otras piedras preciosas. O un cáliz de platino de dos kilos de peso.
También hay evidencias de que el Vita llevó oro en lingotes y acuñado, plata, piedras preciosas, colecciones de monedas de gran valor numismático procedentes del Museo de Arqueología, objetos artísticos y de culto que pertenecieron al Papa Luna, el Manto de las 50.000 perlas de la Catedral de Toledo y las piezas requisadas en la Catedral de Tortosa, entre otras muchas de incalculable valor.
El testimonio de María Luisa Elío
Tras la llegada del barco a Veracruz, se perdió la pista al fabuloso botín hasta que hace cinco años se publicó un libro de la escritora María Luisa Elío (Pamplona, 1926-Ciudad de México, 2009), en el que desveló que fue en la casa de sus padres, republicanos exilados en México, donde se escondió el tesoro del Vita y se desmontaron las joyas robadas para vender por un lado las piedras y, por otro, el oro. Explica que Indalecio Prieto, al que ella llama «Don», a secas, en su libro, decía que solo se fiaba de sus padres.
El testimonio sorprendente y autobiográfico de esta escritora demuestra lo que todo el mundo sospechaba. Curiosamente, el escritor Gabriel García Márquez dedicó a María Luisa Elío y a su marido, Jomí García Ascot, su obra maestra Cien años de soledad.
Elío cuenta en su libro Tiempo de llorar que la vivienda estaba protegida por un hombre con pistola. A ella, para que no sospechara, le habían dicho que en el piso superior de la casa habían instalado un laboratorio, pero un día descubrió por casualidad una mesa llena de esmeraldas, zafiros y rubíes, y las palabras que había oído mencionar, «el tesoro del Vita», por primera vez tuvieron sentido. A su casa llegaban furgonetas cargadas de lingotes de oro, que se guardaban en espacios que después se tapiaban.
Cubos llenos de esmeraldas
En otra ocasión, estando ella en la cocina, entraron dos hombres «con cubos llenos hasta el borde de preciosas preciosas, las lavaban como si fueran patatas, y las piedras pequeñas desaparecían por la coladera (desagüe)». «Qué disparate -les dijo- pongan un trapo de cocina por abajo». Elío destaca que aquellas piedras estaban sin contar y que cualquiera podía haber cogido un puñado, pero «mis padres murieron en la pobreza total. ¿Murieron todos los demás igual? Me lo pregunto y temo que puedo contestarlo».
La escritora María Luisa Elío, en cuya casa se desmontaron las joyas del Vita
Relata cómo se fue enfriando la relación de sus padres, hasta que su progenitor se marchó de la casa. Según cuenta, algunas personas comentaban que Indalecio Prieto y su madre eran amantes y que en otra ocasión, cuando María Luisa tenía unos 22 años, «Don» «se puso de rodillas ante mí, suplicando que fuera suya».
Restos en las lagunas del volcán
Pero el tesoro del Vita también ocupó titulares en 1944, cuando el diario mexicano El Universal publicó en su portada: «Hallazgo de las joyas del Vita», y relataba que unos excursionistas habían encontrado en las lagunas del volcán Nevado de Toluca, a unos cien kilómetros de México DF, piedras preciosas y unas cajas de hojalata con la inscripción «Monte Pío de Madrid».
Años después se produjeron otros hallazgos de un reloj, un relicario y más cajas de estaño del «Monte de Piedad». Y en 2010 el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México realizó una expedición para confirmar esta hipótesis: encontraron relojes y más cajas de la casa de empeños.
Una de las lagunas del volcán Nevado de Toluca, en México, en invierno
Las sospechas quedaban confirmadas: allí se arrojaron, pensando que nunca se iban a encontrar, los incómodos residuos del botín del Vita, aquellas piezas que no eran valiosas para ser vendidas, pero que podían ser pruebas de la ilegalidad que habían cometido.
Los que abrieron el cajón
¿Y que fue de los individuos que abrieron el cajón de las joyas de la Infanta Eulalia?
Francisco Méndez Aspe dirigió el envío del llamado «oro de Moscú», decidió el traslado del Vita a México y, como ministro de Hacienda, manejó de forma opaca las cuentas del Gobierno republicano en el extranjero y las ayudas para los refugiados. Murió en México en 1958.
José Ignacio de Aldama fue el testaferro del Ministerio de Hacienda en la compra del Vita y viajó a México en 1940 para intentar vender el barco y pagar con ese dinero a la tripulación. En 1939 fue apartado del cuerpo de Abogados del Estado en España, en el que reingresó en 1962.
Jerónimo Bujeda se exiló tras la Guerra Civil en Cuba, donde invirtió una importante fortuna que, según otros republicanos, había amasado aprovechándose de su cargo, pero nunca se pudo demostrar cómo se había enriquecido. Tras el golpe de Fidel Castro, se exiló a México, donde murió en 1971.