La niña santa Eulalia, mártir cristiana, en una ilustración de 1636
Leyendas de Cataluña
La leyenda de las flores celestiales que conecta el martirio de la patrona de Barcelona y la reina de Portugal
Un relato que abarca varios centenares de años y que va del siglo IV al XV
Esta leyenda nos lleva hasta el siglo IV de la era cristiana, en su primer año. En una quinta situada en la ciudad romana de Barcino habita una familia compuesta de padre, madre, una niña y una esclava. Esta familia, separada del resto de la sociedad, vive sola en aquella quinta rodeada de árboles y flores.
¿Por qué ese aislamiento? Aquella familia forma un cuerpo aparte del resto de sus conciudadanos, y vive poco menos que proscrita y denigrada, a pesar de su nobleza y preclara estirpe, porque son cristianos. El padre, la madre y la esclava miran con veneración a la niña, pero con cierto temor.
Desde Roma habían llegado tristes nuevas. Edictos, publicados en nombre del emperador Diocleciano, condenaban a muerte a los que profesan la religión cristiana. En el anfiteatro de Vespasiano las fieras habían despedazado a los cristianos, sin perdonar edad ni sexo. El Tíber ha engullido muchos cristianos, arrastrándolos con sus aguas amarillentas y fangosas, mientras otros, engrasados sus cuerpos, servían de antorchas humanas en los juegos del Circo, en tanto que una plebe soez se solazaba viendo atenazar, enrodar, crucificar y decapitar, a un sin fin de víctimas.
Los padres de la niña se estremecían al considerar el porvenir que aguardaba a su hija, Eulalia, pues la veían arrebatada por el amor divino, temiendo a cada instante que su mismo celo la perdiera. Por esto la vigilaban noche y día y templaban cuanto era dable aquel ardor de padecer por su Creador y la caridad extraordinaria que guiaba todas sus acciones.
La niña nada tenía suyo. Las joyas, sus alhajas habían desaparecido en provecho de los pobres. En definitiva, sus padres la reprendían, y ella les contestaba: «¿De qué sirven los brazaletes y los zarcillos a quien debe morir? ¿Acaso me adornarán con ellos al darme sepultura? Una túnica blanca, una palma y un lirio bastan para la mortaja de una virgen y mártir cristiana».
Al oír esto, sus padres se entristecían. El padre, para salvar su vida, le prohibió dar limosna a los pobres. La niña obedeció, pero viendo la necesidad de los infelices, un día, al pedirle limosna y al no tener nada que darles, se metió en el aposento donde se guardaban las provisiones de la casa y, encontrando unos panecillos hechos con flor de harina, los escondió en la falda de su túnica y salió presurosa para socorrer la necesidad del infeliz que le pedía limosna.
De repente se encontró con su padre que le preguntó: «¿Adónde vas, Eulalia?». «¡Padre!», exclamó la joven sin contestar. «¿Qué traes aquí?», le dijo, y ella contestó que eran flores. «¡Flores!», exclamó su padre, cogiendo enojado la falda de su hija y al sacudirla, vio como caían al suelo rosas, lirios y otra clase de flores. El padre cogió en sus brazos a su hija y la estrechó contra su pecho diciendo: «Eres un ángel, hija mía. Haz lo que quieras, pues eres de Dios».
Al día siguiente, Eulalia había desaparecido de su casa con su esclava Julia. El presidente Daciano mandaba en Barcelona, y al disgustarle el proceder de Eulalia, no tuvo piedad de ella. La torturó hasta la muerte.
Isabel de Aragón
Saltamos al siglo XV. De enhorabuena estaba el reino de Portugal, pues tenía la dicha de poseer una joya de la cual puede vanagloriarse. Su reina era doña Isabel de Aragón. Era ésta descendiente, por parte de madre, de Isabel de Hungría, que ya entonces se veneraba en los altares, cuyo nombre llevaba la infanta y le fue impuesto en la hoy capilla de Santa Ágata, entonces Capilla Real de Barcelona, pues habían nacido en el Palacio Real durante el tiempo que su madre, Reina de Aragón, pasó en Barcelona.
Retrato de la reina Isabel en la 'Iconografía española' de Valentín Carderera
Todo Portugal amaba a Doña Isabel, pues era el ángel tutelar de sus súbditos y la mediadora entre ellos y su marido. Por esto la amaban todos con delirio, y a pesar de ser extranjera parecía más portuguesa que ellos mismos, porque se consideraba madre de todos.
En Portugal había, no obstante, una persona que no amaba a la Reina, a pesar de sus angélicas virtudes, de su dulzura y de su belleza. Esta persona era la que debía más amarla, la que por cariño y por deber tenía obligación de hacerlo. Era Don Dionisio, rey de Portugal, el esposo de la reina. El rey empezó a tener amantes.
Y, mientras tanto, doña Isabel, callaba, excusaba los defectos de su marido, recogía y hacía criar en su palacio a los hijos de aquellas cortesanas, oraba noche y día y daba abundantes limosnas a los pobres. Un hombre que no hubiera sido don Dionisio se hubiera ablandado en vista de una virtud tan heroica. Pero el rey de Portugal no tuvo corazón, y, fascinado por los seres despreciables que le rodeaban, se volvió contra la reina, y a pretexto de que echaba a perder el patrimonio del reino, le prohibió hacer limosnas.
La reina bajó la cabeza al oír una orden tan despótica. Pero a fuerza de mujer sumisa acató la voluntad de su marido, y si bien no le fue posible dar cosa alguna de lo que había en palacio, recogió todo lo que en él antes tal vez se desperdiciaba, y, entre otras cosas, los restos de pan que sobraban de la mesa real.
Y poniéndolos en la falda de su traje, salía fuera y decía a los pobres: «Hijos míos, tomad por amor de Dios estos mendrugos que os da la reina. Por hoy no puedo daros más». Un día don Dionisio la sorprendió al dirigirse a la puerta del palacio con la falda llena de mendrugos de pan.
«¿Qué traéis aquí, doña Isabel?», le preguntó. Y ella le mostró su falda a su marido, éste la vio llena de hermosas flores. Don Dionisio cayó a los pies de su esposa, despidió a las cortesanas y murió, más tarde, en los brazos de la reina.