La Sagrada Familia: han estado casi todos y han faltado los de siempre
El templo soñado por Antonio Gaudí vive una tarde inédita e irrepetible
El Papa León XIV, tras la misa solemne en la Sagrada Familia
Han estado casi todos. Había fieles fervorosos esperando las palabras del Papa León XIV y las referencias al venerable Antoni Gaudí en su peregrinaje espiritual. Había más de 200 obispos y miembros de todas las comunidades católicas presentes en Cataluña, así como de otras denominaciones religiosas.
Había creyentes que expresaban su verdadero júbilo por la conmemoración del centenario de la muerte del «arquitecto de Dios», en expresión del sacerdote e ingeniero del Opus Dei, Ignacio Segarra, cerebro del proceso de canonización en la ya lejana Semana Santa de 1992.
Encabezaban la representación del Estado los Reyes de España, don Felipe y doña Leticia. Estaban los líderes políticos, con el presidente Pedro Sánchez a la cabeza y nada más y nada menos que 14 ministros de su Ejecutivo. Estaba el president Salvador Illa, acompañado de su inseparable conseller de Justícia, el incombustible demócratacristiano Ramon Espadaler. Y hasta el presidente del Parlament, Josep Rull
No faltó el alcalde, Jaume Collboni, y algunos políticos municipales de la oposición. Estaban las autoridades militares, jueces, magistrados, catedráticos, empresarios y otros representantes de la sociedad civil catalana.
Inevitablemente, y como ya viene siendo costumbre en Cataluña, el sainete independentista se reprodujo metastásicamente en las inmediaciones del templo expiatorio en forma de altercados reivindicativos de una entelequia que no ha hecho otra cosa que empañar la convivencia del pueblo catalán. Ahora, incluso, con la visita a Barcelona de León XIV.
Atrás quedaba el último espectáculo de Carles Puigdemont con el catalán, previo a la visita, y el intento de Miriam Nogueras de captar la atención del Papa en Madrid con un apretón de manos interminable ante la paciencia inconmensurable del Pontífice. «Es típico de los movimientos populistas», me recordaba Ilze Lia Scamparini, la veterana corresponsal de O Globo TV en El Vaticano y Roma.
«¿No te acuerdas de la famosa foto de Augusto Pinochet acercándose interesadamente a San Juan Pablo II en el balcón del Palacio de la Moneda?», dice. Ocurrió en el convulsionado Chile de abril de 1987 y la escena se montó contra la voluntad del pontífice polaco, tras una burda maniobra del dictador chileno.
Los que no estaban
No estaban, ni por supuesto se les esperaba, la ultraderecha independentista catalana, esta suerte de neofascismo que habla catalán y que, según los politólogos, va camino de quebrar al partido de Puigdemont en la esperada convocatorias de las urnas del próximo año. Faltaba también en el templo expiatorio el radicalismo de izquierdas catalán. No parece que los históricos de ERC estén por la labor de acompañar al Papa o reconocer las virtudes heroicas del venerable Antoni Gaudí.
Asistentes a la ceremonia
En conjunto, era la imagen de una Sagrada Familia inédita e irrepetible, vestida de fiesta para recibir con entusiasmo al papa León XIV. «Vendrá gente de todo el mundo a ver lo que estamos haciendo»: así lo había previsto el arquitecto de Dios, ahora camino de los altares.
La anhelada visita de León XIV al templo expiatorio, la tercera de un pontífice en 43 años tras la de San Juan Pablo II en 1982 y la de Benedicto XVI en 2010, ha sido seguida con afecto y devoción por más de 8.000 personas congregadas en el interior y exterior de la Basílica.
Un ambiente vibrante
Un ambiente multitudinario y vibrante, en medio de estrictas medidas de seguridad, que se extendían más allá del estricto perímetro de la Sagrada Familia. La calle Roselló, desde La Diagonal, camino del templo expiatorio, estaba flanqueada a rebosar por un público entusiasta que había demostrado durante todo el día paciencia a espuertas para ver, apenas unos segundos, la carrera lenta y a la vez fugaz del papa móvil al atardecer.
El breve trayecto del automóvil papal por el entramado de calles de la derecha del ensanche barcelonés fue un bramido de aplausos, vivas y muestras de fervor, solo roto por el rumor del helicóptero que sobrevolaba el perímetro de seguridad. Durante el recorrido el Papa estuvo acompañado por la exhibición de banderas españolas y vaticanas, mientras los independentistas aprovechaban el momento para su particular reivindicación. A la llegada a las inmediaciones del templo, en la calle Cerdeña, un mar de pancartas daban la bienvenida al Pontífice.
Momentos junto a la Sagrada Familia, antes de la ceremonia
No hubo que lamentar ningún incidente, pero es que la propia cúpula del arzobispado de Barcelona, con el cardenal Juan José Omella al frente y los obispos auxiliares David Abadías y Javier Vilanova, habían solicitado medidas de seguridad extraordinarias ante un clima social enrarecido por conflictos laborales, alguna que otra campaña de prensa nefasta y por la agitación de grupos incontrolados de naturaleza anarquista (un clásico de Barcelona), según informaron a El Debate fuentes eclesiales competentes.
A las 19h en punto los Reyes llegaban a la Sagrada Familia, donde les esperaban los presidentes Sánchez e Illa, el alcalde Collboni y Esteve Camps, presidente de la Junta Constructora. Entre tanto, el papamóvil, flanqueado por un fuerte dispositivo de seguridad, apuraba lentamente el recorrido por Rosellón y, como en Madrid, sólo se detenía para bendecir a los niños que la seguridad le acercaba. A las19.15, León XIV, acompañado por el cardenal Omella, llegaba al templo expiatorio. Y tras saludar a Sánchez y departir unos minutos con los Reyes, se dirigió a la cripta de Gaudí a rezar.
De pronto, en medio de una atmósfera de euforia y devoción, los Reyes cruzaron la nave central y toda la Basílica se fundió en aplausos. Posteriormente lo hizo León XIV mientras se entonaba el canto gregoriano Tu es Petrus.
Ya en el altar, el Santo Padre dirigió el rito con el gesto ágil y solemne que le caracteriza. La voz cálida y profunda de León XIV resonó en el atardecer de un día primaveral de junio en Barcelona ante la plana mayor del ejecutivo español y del Govern de Illa: «No podemos creer en Jesús y matar al inocente».
El camino de dificultades que preside la biografía de Antoni Gaudí explica en buena parte las grandes simpatías populares con las que sigue contando. Simpatías que se pusieron de relieve hace cien años en su funeral de cuerpo presente: un acto jamás visto desde el entierro de Jacint Verdaguer en1902.
En 1956, cuando Robert Francis Prevost contaba apenas un año, Ignacio Segarra, cerebro de la canonización de Gaudí, llegaba a Chicago con el encargo de San Josemaría de expandir el Opus Dei en Estados Unidos. Hoy León XIV ha exaltado el peregrinaje espiritual del venerable arquitecto y ha bendecido su torre de Jesucristo.
Todos los asistentes participaron con gozo y alegría en la misa de acción de gracias en conmemoración por el centenario de la muerte de Gaudí. Y todo se desarrolló según lo previsto: el Santo Padre y los poderes del Estado estaban presentes en el corazón de la Basílica barcelonesa, donde el arquitecto de Dios construyó su santidad.