Los obispos salen de la Sagrada Familia tras la misa oficiada por el Papa León XIV para asistir al acto de bendición de la Torre de Jesús
El faro «de los últimos»: León XIV corona la cima de Gaudí y recuerda que solo la Cruz dice quiénes somos
El Papa bendice la torre Jesucristo, el punto más alto de la Sagrada Familia, y utiliza en homilía de la Santa Misa la metáfora de la construcción continua para recordar a los fieles que la vida cristiana es un proyecto dinámico de colaboración con Dios
No es un monumento terminado, pero tampoco una obra inacabada. La Basílica de la Sagrada Familia, con sus grúas y su eterno andamiaje, es para León la metáfora perfecta de la existencia cristiana: una «obra en construcción» que huye de la perfección estética para dar testimonio de una promesa. En la Ciudad Condal, el Pontífice, después de celebrar la Santa Misa, ha bendecido la torre de Jesucristo, el punto más alto de un templo que, según sus palabras, no busca batir récords mundanos, sino servir de brújula para «guiar los pasos del pueblo de Dios».
«Todos nosotros somos las piedras vivas de esta obra, que tiene a Cristo como fundamento y culmen, principio y fin. Mucho más que un monumento, la Basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo», ha afirmado.
Los fuegos artificiales durante la inauguración de la torre de Jesucristo
Ante miles de fieles reunidos en la Sagrada Familia, León XIV ha pronunciado una homilía que, tomando como punto de partida el legado de Antoni Gaudí, ha profundizado en algunas de las cuestiones centrales de su viaje: la esperanza, la unidad y el compromiso cristiano en el mundo contemporáneo.
Los fieles han llegado horas antes para asistir a a la Santa Misa
Natividad, Pasión y Gloria: las fachadas como catequesis
La homilía ha ganado en firmeza al abordar las implicaciones de la fe en la vida pública. Al referirse al nombre de Dios —el «Yo Soy» de la zarza ardiente—, el Papa ha metido el dedo en la llaga de la indiferencia y la violencia contemporánea: «No podemos creer en Jesús y promover la guerra. No podemos creer en Jesús y matar al inocente».
Por otra parte, ha explicado que las tres fachadas de la basílica no son muros, sino el alfabeto de una redención que se hace piedra: desde el Dios que se abaja en la Natividad hasta el sacrificio que nos devuelve la vida en la Pasión y la Gloria. Pero es en la torre de Jesucristo donde el mensaje alcanza su cénit, obligándonos a una verticalidad que no busca el cielo por estética, sino por verdad; la de Dios y la nuestra propia.
Una vista de la Basílica de la Sagrada Familia durante la inauguración de la torre de Jesucristo
La torre bendecida hoy, coronada por la Cruz, no es para el Papa un símbolo de triunfo sobre los otros, sino el «estandarte de caridad». Es la cruz de los «últimos que se vuelven primeros», un faro abierto al Mediterráneo que debe reflejar la luz del sol de día e iluminar las noches de la ciudad, recordándonos que el sacrificio de Cristo es lo único que revela la verdad de nosotros mismos.
Gaudí y la belleza como «canal de salvación»
El Santo Padre no ha escatimado elogios para el «arquitecto ardiente de fe» que fue Gaudí, en el marco del centenario de su muerte. Ha definido la basílica como una «elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz», una renovación de la Biblia pauperum que antaño enseñaba a los sencillos a través del arte de las catedrales. En un tiempo dominado por la tiranía de la imagen, el Papa ha defendido la belleza no como un adorno, sino como un «eminente canal de evangelización» capaz de narrar los misterios de la vida de Dios.
Por eso ha dejado claro que la belleza de Gaudí no es un decorado, sino una escuela para aprender el «arte de vivir» el Evangelio. Ha pedido a los fieles una admiración que no se quede en la mera contemplación de las alturas: mirar al Crucificado obliga a «levantar el rostro de quienes yacen en el polvo». Es en ese gesto de misericordia donde la Sagrada Familia se juega su verdadera estatura. No será la iglesia más alta del mundo por sus récords métricos, sino por su capacidad de ser brújula y lámpara para el pueblo que peregrina.