Montaje con la imagen de Beatriz Guijarro y las inmediaciones del paraje donde se ha encontrado el cuerpo carbonizado
El trágico final de Beatriz Guijarro, la joven desaparecida en un pueblo de Valencia el 9 de agosto
El enigma en torno a la desaparición de Beatriz Guijarro, la joven de la localidad valenciana de Oliva cuyo rastro se perdió en la madrugada del 9 de agosto, ha concluido con el hallazgo más temido. Los análisis forenses han confirmado que el cuerpo calcinado localizado en la montaña de La Creu pertenece a la mujer de 29 años, madre de dos hijos pequeños, cuyo caso había mantenido en vilo a toda la comarca durante casi dos meses. La confirmación llegó después de que la Policía Judicial localizara en el mismo paraje su teléfono móvil y una tarjeta de crédito, indicios que estrecharon el cerco hasta que la dentadura y las pruebas de ADN despejaron toda duda.
Su última noche
El caso comenzó a escribirse la noche de su desaparición, cuando las cámaras de seguridad de Oliva registraron cada uno de sus pasos en un itinerario que parecía rutinario, pero que terminaría convertido en rompecabezas. Poco antes de la medianoche, Beatriz cruzaba la plaza de San Roque mirando fijamente la pantalla de su teléfono. Allí acudió al bar de su pareja, Juanjo Jiménez, con quien pasó algo más de una hora, hasta que el local quedó cerrado y ambos caminaron juntos unos metros.
Después se despidieron. El testimonio de él, respaldado por una cámara de seguridad, es claro: «No la vi nerviosa, estaba como siempre. Se fue hacia casa con total normalidad».
La cámara de un vecino captó el siguiente tramo de su recorrido. Ya sola, y todavía con el móvil en la mano, Beatriz caminaba hacia su casa. En las imágenes parece distraída, tanto que tropieza con un bordillo. Allí, según confirmaron después las investigaciones, se cambia de ropa. Se quita el vestido negro con el que salió en primer lugar y opta por un atuendo más ligero de pantalón corto, camiseta y mochila de Mickey Mouse. No era una salida planeada para dormir en su propia cama, sino un trayecto con otro destino.
El rumbo inesperado la llevó hasta la casa de una prima hermana de su madre, con la que la familia apenas mantenía relación. La visita sorprendió desde el principio a los investigadores, porque nada hacía pensar que hubiera un contacto estrecho. Según la declaración de la mujer, Beatriz apenas permaneció allí unos minutos y le dijo que tenía una cita. Esa cita se convirtió en el último eslabón de su vida: un encuentro con un vecino conocido por trapicheos y pequeños delitos, que admitió haber estado con ella cerca de la montaña de La Creu.
En su declaración reconoció que consumieron cocaína y marihuana, pero aseguró que se marchó por su propio pie, a tan solo unos cientos de metros del lugar donde apareció el cadáver calcinado. La Guardia Civil lo interrogó hasta en tres ocasiones, sin que de momento se haya formalizado ninguna acusación.
La búsqueda
A partir de ese momento, el rastro de Beatriz se desvaneció. Ni los mensajes habituales a su pareja, ni llamadas a amigos, ni huellas de actividad en su teléfono. La desaparición fue catalogada enseguida como «inquietante» y se activaron los mecanismos de búsqueda. Durante semanas, la Guardia Civil recibió decenas de llamadas y testimonios de supuestos avistamientos, todos ellos descartados tras ser analizados. Uno de los más sonados aseguraba haberla visto en Orihuela, cerca de la estación de tren y hablando por el móvil.
El hallazgo del cadáver estuvo precedido por un hecho que enturbió todavía más la investigación. El pasado 4 de septiembre, un incendio forestal arrasó parte de la montaña de La Creu. Fue provocado por una disputa personal entre dos vecinos de Oliva que nada tenían que ver con la desaparición de Beatriz. Uno de ellos llegó a amenazar al otro: «Te voy a quemar en el monte». La zona quedó devastada y, pese al rastreo realizado con helicópteros y perros adiestrados, no se encontró el cuerpo de la joven, que llevaba ya casi un mes desaparecida.
La autopsia
Solo semanas más tarde, y en un paraje de difícil acceso, apareció el cadáver calcinado. La autopsia realizada en el Instituto de Medicina Legal de Valencia confirmó lo que todos temían. La dentadura, que resistió al fuego, y un análisis genético cruzado con un cepillo de dientes proporcionado por la familia, confirmaron que se trataba de Beatriz. Los forenses apuntan a que la joven murió en la misma montaña la madrugada de su desaparición y que pudo haber sufrido una caída bajo los efectos de las drogas. El incendio posterior habría contribuido a calcinar el cuerpo, complicando la identificación.
La noticia ha sacudido a Oliva, donde el nombre de Beatriz se convirtió en sinónimo de angustia colectiva durante casi dos meses. Vecinos y familiares participaron en la difusión de su cartel, en batidas improvisadas y en una constante cadena de mensajes en redes sociales pidiendo su regreso. El pueblo entero siguió cada rumor, cada pista, cada posible testimonio. Ahora, la confirmación de su muerte abre un capítulo de dolor y desconsuelo.
Beatriz Guijarro deja a dos hijos pequeños, de seis y ocho años, que durante semanas preguntaron por su madre sin obtener respuesta. La familia, abatida, apenas ha podido pronunciar palabras desde que se confirmó la noticia. Oliva se enfrenta ahora al vacío que deja una joven cuya vida se truncó en circunstancias todavía envueltas en misterio. La investigación judicial seguirá su curso, pero para sus vecinos la tragedia ya está escrita: Beatriz salió aquella noche con la promesa de volver y nunca regresó.