Imagen de Antonio Anglés, a la derecha antes de la fuga; a la izquierda, tintado de rubio para esquivar a la policía

33 años del hallazgo de los cuerpos de las niñas de Alcàsser: el caso prescribe en 2029 y Antonio Anglés sigue oficialmente vivo

La causa continúa abierta y su responsabilidad penal prescribirá el 14 de diciembre de 2029, tras haberse reiniciado el cómputo por diligencias practicadas en 2009

El 27 de enero de 1993, dos apicultores localizaron los cuerpos de Miriam García, Toñi Gómez y Desirée Hernández enterrados en una fosa del paraje de La Romana, en Tous. Un brazo que sobresalía de la tierra puso fin a 75 días de búsqueda y abrió una de las páginas más oscuras de la crónica negra española. Treinta y tres años después, el crimen de Alcàsser sigue siendo una herida abierta en la memoria colectiva.

El secuestro, violación y asesinato de las tres adolescentes, desaparecidas el 13 de noviembre de 1992 cuando hacían autostop para acudir a una fiesta en la discoteca Coolor de Picassent, conmocionó al país y marcó un antes y un después en la cobertura mediática de los sucesos. También fijó para siempre dos nombres en el imaginario social: Miguel Ricart y Antonio Anglés.

Imagen del cartel de búsqueda de las 3 niñasEl Debate

El tiempo, sin embargo, trazó destinos muy distintos para ambos. Ricart fue detenido, juzgado y condenado. Anglés escapó el mismo día en que aparecieron los cuerpos y nunca volvió a ser visto. Uno acabó cumpliendo condena; el otro sigue siendo, oficialmente, un fugitivo internacional.

Miguel Ricart: único condenado

Miguel Ricart Tárrega fue condenado en septiembre de 1997 por la Audiencia Provincial de Valencia a 170 años de prisión como coautor de los delitos de rapto, violación y asesinato de las tres menores, además de inhumación ilegal, con los agravantes de ensañamiento y despoblado. Fue el único acusado juzgado y condenado: Antonio Anglés ya se encontraba entonces en paradero desconocido.

Ricart permaneció 21 años en prisión y recuperó la libertad el 29 de noviembre de 2013 tras la anulación de la doctrina Parot, que redujo las penas a numerosos presos condenados con el Código Penal de 1973. Desde entonces, su vida ha transcurrido entre la marginalidad y esporádicos episodios policiales y mediáticos. Tras pasar por Córdoba y Barcelona, fue identificado en 2021 en una vivienda okupada en Madrid y, en diciembre de 2022, detenido en un narcopiso del barrio del Raval, acusado de tráfico de drogas, aunque quedó en libertad con cargos.

Lejos de desaparecer de la escena pública, en los últimos años ha vuelto a ocupar titulares por nuevas versiones del crimen, siempre alejadas del relato fijado en la sentencia. En entrevistas concedidas a medios y canales especializados en true crime, Ricart ha insistido en su inocencia, ha asegurado que sus primeras confesiones fueron obtenidas bajo coacción y se ha presentado como víctima de un «circo mediático».

En septiembre de 2025 dio un paso más al difundir una nueva versión en la que aseguraba que las niñas fueron agredidas sexualmente por un grupo de hasta siete personas en un antiguo polvorín de Catadau y no en la caseta de La Romana. En ese relato llegó a implicar directamente a Mauricio Anglés, hermano del fugitivo, al que señaló como autor de la muerte de una de las menores, además de acusar a otros supuestos participantes nunca identificados.

Imagen de Joaquín Martins, nuevo nombre de Mauricio Anglés, en la actualidadInstagram

Aquellas declaraciones, sin respaldo judicial ni pruebas, provocaron una inmediata reacción de la familia Anglés y del propio Mauricio, que negó rotundamente cualquier implicación y anunció acciones legales. Días después, el propio Ricart se retractó parcialmente de esa acusación, matizando su versión y retirando la atribución directa del asesinato a Mauricio Anglés, en lo que supuso un nuevo giro dentro de una trayectoria marcada por contradicciones.

Antonio Anglés: el fugitivo

El nombre de Antonio Anglés Martins representa la otra cara del caso: la fuga. Considerado autor material del triple crimen, escapó el 27 de enero de 1993, el mismo día en que fueron hallados los cuerpos. Cuando la Guardia Civil acudió a detenerlo en la vivienda familiar de Catarroja, se descolgó por una ventana trasera con unas sábanas anudadas y desapareció.

Durante semanas logró eludir un despliegue policial masivo. Se escondió en corrales y casas abandonadas, se tiñó el pelo para cambiar su aspecto, robó vehículos y cruzó media España hasta llegar a Portugal. En marzo de 1993 se embarcó como polizón en el carguero City of Plymouth, con destino a Liverpool. Fue descubierto, retenido y, tras un intento de fuga en alta mar, llegó al puerto de Dublín. Allí se perdió definitivamente su rastro.

Desde entonces, su paradero es un misterio. Se ha especulado con su muerte en el mar, con una huida a Brasil —su país de origen— o con estancias en distintos países de América Latina. Ninguna hipótesis ha podido confirmarse. No hay cuerpo, ni prueba concluyente, ni rastro documental.

Interpol, Europol y la Policía Nacional lo mantienen en busca y captura. Cada 25 de julio, Interpol actualiza su ficha con su edad, un recordatorio simbólico de que, para la ley, sigue vivo. Es uno de los fugitivos más buscados del mundo y uno de los grandes enigmas de la crónica negra europea.

La causa contra Anglés continúa abierta en el Juzgado de Instrucción número 6 de Alzira. Su responsabilidad penal prescribirá el 14 de diciembre de 2029, tras haberse reiniciado el cómputo por diligencias practicadas en 2009. Hasta entonces, si fuera localizado, podría ser juzgado por los crímenes de Alcàsser.

Esther Díez, la cuarta niña de Alcàsser

Aquel 13 de noviembre de 1992 hubo una cuarta adolescente que no salió de Alcàsser. Esther Díez tenía 14 años y compartía pandilla con Miriam, Toñi y Desirée. Estaba enferma, acababa de acudir al ambulatorio a ponerse una inyección y decidió quedarse en casa. Esa decisión fortuita le salvó la vida.

Las tres amigas pasaron por su domicilio aquella tarde. Permanecieron allí cerca de media hora, hablaron de la fiesta y de cómo llegarían hasta Picassent, ya que no tenían dinero suficiente. Cuando se marcharon, Esther las vio alejarse por la calle. Fue la última persona que las vio con vida.

Su testimonio resultó clave para descartar una desaparición voluntaria, aunque la Guardia Civil no acudió a tomarle declaración hasta seis días después. Años más tarde, volvió a declarar en el juicio contra Miguel Ricart, donde fijó la cronología de aquella tarde y explicó las costumbres del grupo.

Hoy, más de tres décadas después, Esther Díez vive fuera de Alcàsser, es madre y mantiene una vida discreta, alejada del foco mediático. Su nombre apenas aparece en los titulares, pero su historia quedó grabada como la de una superviviente involuntaria, marcada por el azar y el silencio.

Treinta y tres años después del hallazgo de los cuerpos, el caso Alcàsser sigue proyectando su sombra. Uno de los culpables pagó ante la Justicia; el otro continúa desaparecido. Y en la memoria colectiva permanece también la historia de quien se quedó en casa, recordando que, aquella tarde de noviembre de 1992, el destino se decidió por una simple enfermedad.