Los Tercios españoles dirigiéndose a la batalla
Los Tercios de la Infantería española, la máquina militar que dominó el mundo
Eran sólo un porcentaje pequeño de los ejércitos multinacionales de los Austrias, pero constituían su núcleo duro, la herramienta decisiva que forjaba la victoria o conjuraba las amenazas
A pesar de las múltiples lecturas que de la historia militar de España pueden hacerse, sobre lo que no cabe sombra alguna de duda es acerca del papel que la creación y el desempeño de los Tercios españoles jugaron en Europa. Durante casi ciento cincuenta años, entre 1534 y finales del siglo XVII, fueron las mejores unidades militares del mundo.
Los Tercios fueron las grandes unidades de infantería, fundamentalmente española, de los ejércitos del Rey Católico, Fernando. Eran sólo un porcentaje pequeño de los ejércitos multinacionales de los Austrias, pero constituían su núcleo duro, la herramienta decisiva que forjaba la victoria o conjuraba las amenazas.
Tras el final de la Reconquista contra el reino nazarí, la guerra comenzará a «renovarse» gracias a la planificación realizada por un grupo de humanistas de la corte y las experiencias que reportarán las campañas del Gran Capitán en Italia, que se irán incorporando mediante una serie de disposiciones que culminarán con la Ordenanza de 1503, que dará carta de naturaleza como Ejército a lo que hasta entonces había sido un grupo de fuerzas heterogéneo compuesto por Guardas reales, milicias concejiles, mesnadas y huestes que habían llevado a cabo la guerra, y que puede ser considerada como la carta de naturaleza del actual Ejército español.
Aunque el origen de los Tercios no está datado, nacieron en una fecha incierta y discutida entre octubre de 1534, año en que Carlos V dio la orden de reorganizar las compañías de Infantería española que la Corona tenía en Italia desde mucho tiempo atrás, y la llamada ordenanza de Génova de 1536, en la que dictaba instrucciones para pagarlos. En estos tres años, en esencia, el emperador ordenó reagrupar en tres tercios, es decir, en tres terceras partes correspondientes al ducado de Milán, al reino de Nápoles y al reino de Sicilia, la infantería española que había en Italia desde antiguo, en algunos casos desde el Gran Capitán, y en otros desde los almogávares. Carlos creaba tres mandos y jurisdicciones militares correspondientes a cada uno de los tres estados más importantes que tenía en Italia: el reino de Nápoles, que era más de media península italiana, entonces el reino más rico y próspero del Mediterráneo; el reino de Sicilia, en la isla de su nombre; y el ducado de Milán, o reino de Lombardía, en el norte de Italia.
El emperador puso al frente de cada uno de estos tercios a un capitán muy distinguido, nombrándolo «maestre de campo», con unos medios de mando que hoy parecen escasos, pero que entonces eran, sin duda, suficientes. El maestre de campo ejercía una autoridad indiscutida sobre los capitanes de las demás compañías del tercio, y él mismo, además del tercio, mandaba su propia compañía.
La temible eficacia de la infantería de los tercios se basaba en combinar sus armas blancas (pica y espada) con las de fuego (arcabuz y mosquete); una síntesis innovadora que hizo al tercio capaz de adaptarse a situaciones muy diversas, algo muy avanzado tácticamente en su época.
En un primer momento, el arma por excelencia del tercio era la pica, considerada la «reina de las armas». Los piqueros se agrupaban en escuadrones flanqueados por grupos de arcabuceros, una táctica heredada del modelo suizo de cuadros compactos que acabó con el predominio de la caballería pesada en el campo de batalla. Táctica que usaban los suizos a imitación de los soldados antiguos de Macedonia y los romanos para defenderse de las gruesas bandas de caballos enemigos.
Tercios españoles en formación de combate
La gran superioridad del tercio sobre el modelo suizo residía en su capacidad para fragmentarse; el tercio no era una unidad de combate como los escuadrones suizos, sino de encuadramiento, y podía segregar unidades menores y más móviles, capaces de llegar al combate individual, en el que los españoles solían llevar ventaja por su iniciativa y bravura. La experiencia acumulada tras siglos de lucha en la Reconquista y en especial, en la Guerra de Granada, unida a la mano maestra de Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, lograron forjar una máquina de guerra excepcional de una enorme superioridad táctica, a la que se unía su insuperable capacidad estratégica: los tercios en Lombardía y los reinos de Nápoles y Sicilia podían ser enviados tanto hacia el norte y centro de Europa como hacia el Mediterráneo y el norte de África. Cuando los tercios fijos se desplazaban, podían ser sustituidos por nuevos reclutas procedentes de España, una especie de «noria» que permitía mantener siempre una infantería bien entrenada y lista para entrar en combate.
A medida que se fueron creando nuevos tercios, los tres primeros (Nápoles, Sicilia y Milán) fueron llamados Tercios Viejos y con el tiempo recibieron la denominación, puramente sentimental, de Grandes Tercios Viejos.
Los primeros tercios se crearon de acuerdo con una estructura sencilla: un maestre de campo mandaba sobre una compañía y las de otros tres capitanes, que en total debían sumar tres mil hombres agrupados en diez compañías de trescientos. Eran, en realidad, cifras muy optimistas que solo se alcanzaron en los primeros momentos de la recluta o en circunstancias excepcionales. En la práctica, debido a la dificultad para reponer bajas, las compañías eran mucho más pequeñas y a lo largo de los siglos esta cifra fue cada vez menor.
Los Tercios fueron la organización militar más avanzada de su época, un prodigioso equilibrio de mandos y unidades, un conjunto sólido y flexible cuya unidad básica era la compañía, pero ello no impidió que la composición de cada tercio cambiara con frecuencia a lo largo de sus casi dos siglos de vida. Tras la ordenanza de Génova (1536), vinieron otras que modificaron aspectos parciales, aunque sin alterar la estructura fundamental. En 1560, Felipe II alteró la ordenanza de 1536 y estableció la composición del tercio en tres mil hombres repartidos en diez compañías, de las cuales solo dos eran de arcabuceros, y el resto, piqueros. En 1603, una nueva ordenanza dispuso que el tercio tuviera entre quince y veinte compañías, con un total de dos o tres mil infantes. En este último caso, cada tercio incluía tres compañías de arcabuceros. La ordenanza de 1632 fijó doce compañías para los tercios destinados en España y quince para los del exterior, con tres mil soldados, en ambos casos.
Boceto de la estatua de los Tercios españoles
Antes incluso de la creación de los tercios, un nuevo estilo de combatir se había consagrado en el norte de Italia en las batallas de Bicoca y Pavía. La superioridad de las armas de fuego individuales, en especial del arcabuz, quedó plenamente manifestada en la batalla de Bicoca, población italiana al oeste de Milán, donde tuvo lugar un sangriento combate en abril de 1522, en el que los arcabuceros españoles destrozaron a los escuadrones de piqueros suizos.
A partir de ese momento la infantería equipada con armas de fuego sería la dueña del campo de batalla durante siglos, hecho que quedó plenamente demostrado en la batalla de Pavía, el 24 de febrero de 1525. El factor decisivo de esta batalla, que muchos consideran el verdadero bautismo de fuego del sistema táctico de los tercios, aunque oficialmente estos aún no habían sido creados, fue el arcabucero español. Rompiendo con las normas tradicionales del combate de la época los arcabuceros actuaron con una movilidad y concentración de fuego sorprendentes en campo abierto, y aniquilaron a la que estaba considerada la mejor caballería de entonces (la francesa) y a la mejor infantería (los piqueros suizos).
El 31 de enero se conmemora el día de los Tercios, sirva esta fecha para rescatarlos de su secular desconocimiento.