Atlantic CityLuís Pousa

El equipo de mi acera

Vuelve a Primera el Deportivo, el club de la cuesta donde aprendí a andar en bici

Lo bueno de ser un coruñés hasta las cachas —no confundir este concepto con el de coruñés de toda la vida o CTV, sobre el que ya escribiré más adelante— es que uno puede ser a la vez de todos los barrios que le dé la gana. Le pasaba a Paco Vázquez, que cuando era alcalde iba a cualquier sitio a dar el pregón de las fiestas y aseguraba con gran aplomo que aquella siempre había sido su calle y que había jugado de niño en esa misma plaza donde se había plantado el palco de la verbena.

Yo no aspiro a tanto, pero como también soy un coruñés hasta las cachas, resulta que he vivido en los dos rincones de Coruña donde podemos proclamar sin falsa modestia que somos del barrio del Real Club Deportivo. Crecí entre Julio Rodríguez Yordi (Tribuna) y Peruleiro (Preferencia), así que el estadio quedaba exactamente en el centro de mi infancia. Y ahora vivo en Cuatro Caminos y, si me apetece, puedo bajar a la fuente en zapatillas, lo mismo que bajo la basura en pantuflas.

Así que, como tengo la doble nacionalidad de Peruleiro y Cuatro Caminos, puedo afirmar que el Dépor es el club de mi barrio. Hasta podría decir que es el equipo de mi calle —e incluso de mi acera—, pero tampoco se trata de abusar.

Si esto fuese un libro de Georges Perec o de Xurxo Chapela —el gran poeta del Arriva, igual que Otero Pedrayo era el gran prosista del Castromil—, me pondría a apilar recuerdos hasta llegar al final del artículo. Lo que pasa es que estas columnas internáuticas no tienen fin y no acabaríamos nunca de amontonar memorias.

Deportivo

EL IDEAL GALLEGO

Escribiré, eso sí, que recuerdo cuando Preferencia se llamaba Grada Elevada y cuando la volaron para construir el estadio del Mundial 82 (maldito Naranjito). Y que no había acera delante de las polideportivas de Riazor. Solo un pedazo de tierra y pedruscos donde emergían los charcos y las raíces nudosas de los árboles.

Recuerdo que aprendí a andar en bicicleta en la cuesta de Preferencia, donde sí habían puesto la acera, y que bajaba sin frenos hacia el Pabellón de Deportes y giraba por Tribuna, que entonces tenía unos soportales abiertos, sin verjas ni nada, por donde daba vueltas para no mojarme cuando llovía.

Recuerdo que era una bici verde de Cachaza y que mi padre me llevaba de la mano a ver el Fabril en Riazor, un domingo sí y un domingo no. Todavía era la Grada Elevada. Una larga bancada de cemento con los números pintados —no había nada parecido a un asiento— por la que yo corría hasta que me quedaba sin resuello y me sentaba en la almohadilla a comer pipas. Cuando la afición se cabreaba, que era casi siempre, al acabar el partido, le tiraban al árbitro dos mil o tres mil almohadillas y el césped quedaba sembrado de azul y blanco.

Recuerdo que la cubierta de esa grada, cuando ya se llamaba Preferencia Superior, ardió el día del ascenso de 1991, y todos pensamos que estábamos gafados y que nuestra condena era eterna. Entonces ya hacía 10 años que había muerto mi padre. Dejó al Dépor en Segunda B en 1981 y ya no pudo ver todo lo que vino después. Por eso hoy, igual que muchos coruñeses piensan en los suyos, me acuerdo de él, que tanto quiso y tanto sufrió al Deportivo cuando nadie se acordaba del Real Club.

Pero en nuestra biografía siempre hay —o debería haber— un partido de vuelta. Ahora regresa a Primera División el Deportivo. El equipo de mi padre y de la acera donde aprendí a montar en bici. Y eso es más grande que la vida.

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