Vista de la plaza de la Corredera, con el Arco Bajo al fondo, donde estaba la taberna de los Lopera y se accede al Socorro

Vista de la plaza de la Corredera, con el Arco Bajo al fondo, donde estaba la taberna de los Lopera y se accede al SocorroLa Voz

El portalón de San Lorenzo

Un nuevo paseo por la plaza de la Corredera

«Enfrente de La Parra se ubicaba la gran confitería California de los Costi, saga de famosos confiteros en Córdoba»

En el año 1482 ya consta que se utilizaba la calleja del Toril o de los Toros, a espaldas de un antiguo hospital llamado de la Trinidad, para encerrar a los morlacos de las fiestas de toros y cañas que se celebraban en la inmediata plaza de la Corredera. Esa Corredera de entonces no era la plaza monumental que hoy conocemos, sino más bien el resultado un amplio espacio abierto que se fue urbanizando poco a poco tras la Reconquista. Siglos después, el corregidor don Francisco Ronquillo Briceño (1644-1719) la remodelaría profusamente y le daría su barroca fisonomía actual, poco años después de que la iglesia de San Lorenzo experimentase también una profunda reforma después de un grave incendio acaecido en 1647.

El caso es que en 1685 este corregidor Ronquillo Briceño, ante Juan Francisco de Vargas y Cañete, escribano del Rey, comunica a las autoridades reales que las casas y pórticos que circundan la plaza son de madera que en la mayoría de los casos está prácticamente podrida, lo que representa un grave peligro para todos los ciudadanos que las habitan e incluso para aquellos que asistan a los normales juegos de cañas y toros. Por todo ello justifica que se lleve a cabo una nueva fábrica de la plaza. Su petición es atendida y comienzan las obras que la convertirían en un gran rectángulo de 113 x 55 metros a base de piedra, ladrillo y arena. El proyecto fue realizado por el arquitecto salmantino Antonio de Ramos y Valdés. Los encargados de la obra fueron los cordobeses Antonio García y Francisco Beltrán, que manejaron un presupuesto de 760.000 reales.

La obra se limitó a las nuevas arquerías y a levantar el frontal de las fachadas a modo de decorado, ya que el interior de las viviendas estaba por construir. Se dejaba a la iniciativa de cada vecino que remodelase este interior a su gusto. Aquello conferiría a la plaza una peculiaridad en cuanto a la forma de las viviendas y a la extracción de sus propios vecinos que no se da en otras plazas mayores de España. Con achaques del paso del tiempo, y en un ambiente de evidente degradación, la Corredera fue rehabilitada en los años 90 del siglo XX por la empresa Constructora San José, con el cambio de gran parte de la cerrajería de sus balcones a través de la subcontrata Unión Cerrajera Cordobesa, de la que quiero recordar a sus grandes profesionales como Alejandro Luque, Antonio Romero, Cazorla Hernández y los hermanos Ruz Castillero, entre otros. A principios del XXI se culminó al fin la reforma que le dio su aspecto actual con esos colores blancos y rojos que a tantos nos extrañan.

Por otra parte, si algo ha caracterizado a esta gran plaza, antes y después de Briceño, ha sido sin duda su carácter de enclave principal para los grandes acontecimientos públicos. El propio topónimo de «corredera», ya lo hemos comentado en otras artículos, algunos eruditos retrotraen a cuando en esa amplia explanada se celebraban en época romana carreras de caballos. De todas formas, lo que sí es seguro es su relación con las corridas de toros y otros espectáculos anejos como los juegos de cañas, donde estuvieron como espectadores de excepción nada menos que Felipe II en 1570, Filiberto de Saboya en 1612 o Felipe IV en 1624. Quizás una de las visitas más sonadas fuera la de Cosme III de Médici de Florencia en 1668. También la documentación del Archivo Municipal nos dice que en 1683 y 1740 se celebraron tres fiestas de toros, al igual que en 1766, y en 1796, con la visita de Carlos IV, se celebrarían otras tres. El monarca que no se pasó precisamente por aquí para ver toros fue don Pedro el Cruel, que con motivo de la famosa batalla del Campo de la Verdad, donde los cordobeses le dieron para el pelo, soltó aquella bravuconada de: «Yo volveré a Córdoba, y juro que he de hinchar con tetas de las cordobesas el pilar de la Corredera».

También es de destacar que en 1651 Córdoba entera fue una fiesta para celebrar la intercesión del Arcángel San Rafael ante una grave epidemia de peste que asoló otras ciudades y que apenas rozó la nuestra. Por lo cual se organizaron fiestas en el río Guadalquivir y se colocó la imagen del San Rafael que preside el Puente Romano, obra de Bernabé Gómez del Río. Asimismo, por supuesto, tuvo lugar una solemne procesión y culminó todo en la plaza de la Corredera con unas fiestas de toros.

Simpática ocurrencia gastronómica

El 20 de diciembre del 2001 acompañé a don Manuel Nieto al cercano Colegio de la Piedad en la plaza de las Cañas. Iba a tratar algún tema documental con la superiora de entonces (Sor María Dolores Torres) respecto al fundador del colegio, el padre Cosme Muñoz Pérez, en proceso de beatificación.

La madre superiora no estaba en ese momento, pues había salido para acompañar a una visita que había venido desde Madrid y estaban viendo la rehabilitada plaza de la Corredera, inaugurada por el presidente de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves, el día anterior. Aquello había costado a las arcas autonómicas unos 1.500 millones de pesetas.

Acudimos en su búsqueda y la encontramos en la plaza con el grupo de la visita, al cual se había añadido don Feliciano Delgado, que con su cachimba en la boca auscultaba el ambiente. Don Feliciano saludó cordialmente a don Manuel, con el que tenía muchas ganas de hablar sobre el ‘El Cancionero de Baena pues en su último trabajo de investigación había aportado alguna información muy relevante.

El catedrático Feliciano Delgado, uno de los fundadores del grupo Los Tiesos de Pastrana

El catedrático Feliciano Delgado, uno de los fundadores del grupo Los Tiesos de Pastrana

Después, Feliciano Delgado sacó un tema que habían estado debatiendo el jueves anterior en la reunión gastronómica de los Tiesos de Pastrana. Allí habían llegado a la atrevida conclusión de que en tiempos antiguos la comida base de los abundantes mesones, pensiones y fondas qué rodeaban a toda esta zona de la plaza de la Corredera era una especie de Olla Podrida donde continuamente se iba sacando el guiso y se reponían los ingredientes. Esa gran olla al fuego era como el microondas de aquella época, donde había siempre comida preparada y dispuesta para el que llegara. En esa Olla Podrida, a diferencia de la castellana, primaba más las casquería del toro y la vaca, porque con tantas fiestas de toros había siempre disponibilidad de estas partes prácticamente sobrantes de la carne que no se destinaban a la gente de bien, y que se denominaba popularmente la casquería.

Rabo de toro

Rabo de toroCuarto y Mitá

En los primeros siglos tras la llegada de la patata de América, aparte de escasa, no se consideraba al principio como un comestible (al menos para el día a día), por lo que echaban en su lugar castañas y boniatos creando una especie de estofado de muchas cosas. Posiblemente un día determinado y ante la abundancia de las casquerías del toro por encima de las demás carnes, y al dar de comer a determinados comensales, sería la cola del toro el principal ingrediente de carne de aquel estofado, por lo que gustó esa especie de aislamiento que se hizo del resto de la Olla Podrida. Con el tiempo aquello gustó, y de un plato para aliviar el hambre empezó a considerarse algo exquisito, y más cuando empezaron a meterle las patatas.

Comentando tiempo después esta teoría con Pepe García Marín en su Caballo Rojo, éste dio cierta probabilidad a que fuese el origen de este guiso tan nuestro del rabo de toro, sobre todo si lo decía Feliciano Delgado, que junto a Néstor Luján, estimaba como dos de los más entendidos en gastronomía antigua. Eso sí, él ya no montaba una olla siempre caliente, sino que mantenía las reservas de provisiones de rabo de toro en sus cámaras subterráneas frigoríficas, (un enjambre de acero inoxidable entre las columnas del sótano) según Pepe, «tantas como para darle comida al Cuartel de Lepanto durante seis meses».

Foto a principios de los años 30 del siglo XX de la ermita del Socorro, antiguo Hospital de la Santísima Trinidad

Foto a principios de los años 30 del siglo XX de la ermita del Socorro, antiguo Hospital de la Santísima Trinidad

La ermita del Socorro

Volviendo a retomar al citado anteriormente Hospital de la Trinidad, fundado en 1319, antes de la iniciativa de Briceño su edificio estaba tocando con el Arco Bajo y tenía vistas a la antigua Corredera. Pero con la reforma, entre otros aspectos, se alineó y agrandó la plaza (retranqueando también el frontal lindero con la calle Carreteras, hoy Pedro López), por lo que se le solicitó a la cofradía que regentaba el hospital que lo «desligara» de la plaza hasta su ubicación actual una vez pasado al Arco. La cofradía pidió, por boca de su hermano mayor, Antonio Vizcaíno, además de otras compensaciones en forma de obras, una cifra de 12.000 maravedíes, por la pérdida que le suponía al hospital la eliminación de sus tres balcones y ventanas que daban a la plaza, los cuales, además, durante los festejos taurinos alquilaban como palcos, lo que les suponía una peculiar e interesante fuente de ingresos. Al final se llegó a un acuerdo, construyéndose en el lugar que dejaba el hospital junto al Arco Bajo.

Hay que tener en cuenta que el sostenimiento de estos sencillos hospitales se nutría fundamentalmente de las mandas que determinadas personas de cierto nivel dejaban en sus testamentos antes de morir, unas veces en rentas en metálico y otras veces en inmuebles que, mediante su posterior alquiler, financiaban los gastos de su sostenimiento. Estas instituciones estaban asistidas por un «médico» y alguna que otra monja enfermera o cuidadora, porque más que hospitales de curación en el sentido moderno del término eran lugares de unas pocas habitaciones donde, bajo el manto de la caridad católica, se daba cobijo a los mayores y personas solitarias que en los padrones municipales figuraban como "pobres de solemnidad”. Casi todos tenían una espadaña y un altar al ser instituciones inspiradas en su gran mayoría por la Iglesia Católica.

Foto a principios de los años 30 del siglo XX de la ermita del Socorro, antiguo Hospital de la Santísima Trinidad

Foto a principios de los años 30 del siglo XX de la ermita del Socorro, antiguo Hospital de la Santísima TrinidadHdad. del Socorro

Por un trabajo excepcional del doctor Germán Saldaña Sicilia (1895-1965) conocemos que en el siglo XIII había registrados en los distintos barrios de Córdoba diez hospitales de este tipo. En el siglo XIV aparecen ocho más documentados. En el siglo XV serán diecisiete más, coincidiendo con que algunos del siglo XIII ya pudieran haber desaparecido. En el siglo XV tenemos registrados quince más, y entre los siglos XVII-XVIII cuatro.

Respecto al Hospital de la Santísima Trinidad que así era el nombre oficial del que nos ocupa, el escribano Pedro García y Gutiérrez Antón fue el notario que dio fe del testamento de doña Inés de Estepa, la primera mujer que hizo la donación para constituirlo. Con posterioridad sería importante el papel de un tal Ruiz Fernández, que donó una parte considerable de sus bienes para los distintos hospitales de entonces, entre ellos el de la Trinidad.

El académico Juan Aranda Doncel, en una conferencia titulada ‘Así se vivía en Córdoba en la Edad Media’, celebrada el 4 de marzo del 2019 en el Salón de Actos Cajasur del Gran Capitán, recordaba ampliamente, con datos precisos como suele ser siempre con este gran historiador, el papel fundamental que desempeñaron la Iglesia y estos hospitales en aquella Córdoba medieval y de los siglos posteriores. Conforme iban adquiriendo mayor relevancia, algunos de estos hospitales se fueron reconvirtiendo, paulatinamente, en pequeñas capillas de culto, colegios o ermitas e iglesias, mientras los más humildes fueron desapareciendo.

Las desaparecidas e históricas ermitas de San Juan de Letrán y del Buen Suceso, por ejemplo, fueron primero hospitales y luego ermita y colegio, respectivamente (después fueron vendidas para hacer pisos como si tal cosa durante la confusa y desquiciada época tras el Vaticano II). Imágenes destacadas de Córdoba como la Virgen de los Dolores o la Nazarena presidían sus respectivos hospitales asistenciales, de los pocos que todavía persisten hoy como tales. El Hospital de la Trinidad fue uno de los que terminaron reconvirtiéndose en una ermita abandonando su primitiva función hospitalaria, en este caso en torno a la Virgen del Socorro, imagen de gran devoción en Córdoba que los antiguos eruditos cordobeses suponían incluso presente durante la dominación islámica.

Dando un salto hasta el siglo XX, en el edificio de la Corredera construido en el espacio que abandonó y dejó libre este hospital, siglos después viviría la familia Lopera, los cuales llegaron a tener vivienda en la parte superior y un bar en la zona de abajo de los soportales. Este bar, me contaba su vástago Paco Lopera, personaje irrepetible de esta plaza, lo abría su padre a las 4 de la mañana y empezaba a hacer cafés que iba depositando en un recipiente amplio siempre caliente. De esta forma, cuando llegaba la avalancha de clientes madrugadores siempre había un café rápido, disponible y, sobre todo, caliente para entonarse. Los Lopera era una familia emparentada con los Álvarez Salas, cerrajeros que hicieron en su día la actual Cruz del Rastro por medio de los hermanos Cuevas.

En esa zona de la Corredera-Socorro que conocí de niño allá por los años 50, quiero poner como ‘notario’ de todo aquello al irrepetible, y ya citado en otros artículos, José Leal, de Casa Leal en la calleja el Toril, donde vendía desde tebeos, hasta novelas o cualquier objeto de broma, difíciles de encontrar en otros sitios como no fuese Fidela. Llegaba hasta a vestirse de chino cuando se ponía a vender en fechas señaladas petardos o esas bombitas de peste donde aparece un oriental de este tipo en la caja al que él imitaba con su vestimenta. Todo el año estaba de carnaval y de buen humor. Su muerte a comienzos del siglo XXI dejó tocada para siempre a la Corredera, la plaza del Socorro, y no digamos a su calleja del Toril.

En diciembre de 1953 la ermita del Socorro y todo su entorno quedaron muy afectados por el terrible accidente de automóvil que le costó la vida a un joven Villegas, familiar de la cercana Farmacia Villegas de la plaza de la Almagra. Su coche, un Opel-Capitán, en la oscuridad de la noche bajando la Cuesta de Rabanales, se incrustó debajo de un potente camión que estaba aparcado por avería. El coche siniestrado permaneció aparcado varios días en la puerta del desaparecido Cuartel de la Guardia Civil de la Magdalena.

Entre otros que recuerde de esas calles, un carbonero de nombre Joaquín tenía su establecimiento en la calleja el Toril. Enfrente de la ermita vivía la familia formada por Rafael Bellido y su esposa Rosa Aguilar, que regentaron la taberna Los Palcos de la calle Cardenal González, y que posteriormente se marcharían en 1959 para regentar la taberna Bellido de la Fuenseca. Por allí estaba también la famosa taberna La Parra con venta de vinos de Pérez Barquero, regentada por Rafael Hurtado Bellido después de que la dejara Miguel Gómez, el hombre del gran Almacén de Comestibles y Coloniales. Después se instalaría en ese local Electrodomésticos Ibáñez, que duró hasta finales de los 90. Enfrente de La Parra se ubicaba la gran confitería California de los Costi, saga de famosos confiteros en Córdoba. Tengo que decir para completar algo de información que Los Palcos, Los Portalillos y La Parra fueron tres tabernas emblemáticas de Pérez Barquero en donde se bebía vino a raudales.

En medio de la plaza del Socorro estaba el simpático Carriles con sus carros de varales y posteriormente con sus triciclos. En la esquina con la calle el Toril estaba Antoñita, la que vendía desde un chorreón hasta un octavo de litro de aceite. Cómo no recordar a Ángel, el sastre, que además tenía una lechería con su hija Gloria. O el Bar Azul a cargo de un apacible hombre llamado Mariano, que muchas veces iba a buscar a sus clientes al cercano local de lectura de tebeos y novelas de Pedro, donde iba la gente a descansar leyendo.

Y quiero dejar para el final la tienda Tejidos Salvador del padre de José María Gutiérrez, El Guti, el gran hermano mayor del Calvario en los 80, que cerró poco después de la muerte demasiado pronto de José María, acaecida en 2013. Unos años antes, como curiosidad, la imagen de San Rafael en actitud de juramento de la Ermita del Socorro fue trasladada a la iglesia del Juramento en el año 2008 en sustitución provisional de la imagen titular de Alonso Gómez de Sandoval mientras ésta se restauraba.

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