El portalón de San LorenzoManuel Estévez

La Sociedad de Plateros

En 2017, la bodega, ante la escandalosa caída en las ventas del vino, cesaba en su actividad

Don Dionisio Ortiz Juárez, como muchos otros especialistas locales, nos ha legado abundantes trabajos donde muestra su vasta erudición sobre la historia del gremio de los plateros y sus afamadas obras.
Adolfo Suárez, en la Sociedad de Plateros, junto al autor del artículo

Adolfo Suárez, en la Sociedad de Plateros, junto al autor del artículoManuel Estévez

Como tantos oficios antiguos, el de la platería solía pasar de padres a hijos, con participación de toda la familia, pues las hermanas, e incluso las madres, ayudaban a pulir para que el producto quedase «en casa». Cada taller era su propia empresa, y entre los siglos XVI y XVIII, incluso antes, regían rigurosas normas para poder acceder al gremio, siempre consciente de su fuerza económica e influencia social. Entre otros requisitos, se pedían las llamadas “pruebas de sangre", para demostrar que no se era ni árabe ni judío. Y además, aunque variaba según las épocas, se obligaba a tener al menos cinco años de aprendizaje en el oficio y superar un examen, en el cual los hijos de plateros contaban con ciertos privilegios. Con todo ello iba tomando forma una clase social en la que los mismos apellidos se repetían a lo largo de generaciones en las listas de orífices. En 1750 se acordó restringir durante doce años el ingreso de nuevos plateros, pero esta decisión a duras penas se cumplió durante el primer año, tal era el poder de este grupo.
Los plateros inicialmente participaron de una Cofradía de San Eloy, radicada en San Francisco (que no tenía nada que ver con la Semana Santa). En 1746 esta Cofradía pasaría a llamarse Colegio del Arte de la Platería y, ya en 1864, se le denominaría Ilustre Colegio de Plateros de Córdoba.
Mantener el prestigio del gremio exigía una rigurosa inspección en los talleres. Ello motivó su concentración en determinadas calles de Córdoba para un mejor control. Así, en 1746, reinando Felipe V, se señalaron una serie de calles alrededor de las cuales se deberían concentrar los talleres, estipulando sanciones y multas para los que no cumpliesen estas normas: plaza de las Tendillas, siguiendo por las actuales calles Jesús María, Rey Heredia, Cardenal González (donde más plateros trabajaban), Lucano, Don Rodrigo, San Andrés, San Pablo, Alfonso XIII y Mármol de Bañuelos, para volver de nuevo a las Tendillas. Con el tiempo esta delimitación fue modificándose, además de relajarse las normas, por lo que en 1860 era la calle Alfonso XII la que estaba repleta de plateros, y ya a principios del XX éstos se desperdigaban por todos los barrios de la Ajerquía: por San Andrés, La Magdalena, San Lorenzo, Santa Marina, San Pedro y, mucho más adelante, por el nuevo barrio de Cañero.
Muchos de nosotros conocimos este oficio desde dentro, en aquellos años cincuenta en los cuales el primer trabajo de muchos jóvenes solía ser el de aprendiz en una platería, por el que pagaban 25 pesetas a la semana.
Afortunadamente, se fueron quedando atrás aquellos años de talleres insalubres, que propiciaban enfermedades de los bronquios al cohabitar en una misma habitación los ácidos, el soldador y los plateros en sus piqueras, con los cajones abiertos a la captura de la «limalla». Y con un aparato de radio amenizando la estancia, casi siempre conectado a los seriales radiofónicos del momento: «Matilde Perico y Periquín», «Los Porretas», «Alexis y Cristina» y la popular «Ama Rosa».
Cuando el trabajo lo permitía, se descansaba los lunes por la tarde, siendo muy frecuente «ir de perol» al campo, muchas veces a Lope García. Todavía se recuerda a Gertrudis, la mujer que mantenía el puesto de arropías en el molino, esperando a los plateros para venderles el tabaco “rubio", que en Córdoba era consumido casi exclusivamente por los pudientes.
Posteriormente vino la mecanización a la profesión y dejó de existir (al menos de forma generalizada) el platero «completo» para evolucionar hacia la diversificación de funciones, donde coexisten los plateros propiamente dichos, los engastadores, los cinceladores y los fundidores, y donde, frente a los pequeños comerciantes o «viajantes» de antes, los mayoristas copan ahora el mercado.
Con todo, si algo ha caracterizado desde siempre al gremio de los plateros cordobeses ha sido su deseo de «independencia, de no depender de una organización superior que no les fuese afín o no reconociese su especial “sensibilidad». Así se explica que, cuando el régimen de Franco intentó aglutinar a todas las Mutuas de Seguros y previsión en torno al Seguro Obligatorio de Enfermedad, origen de la actual Seguridad Social, su Sociedad de Socorros Mutuos, creada en 1868, logró quedar al margen, agarrándose de forma hábil a unas antiguas prerrogativas. De ella hablaremos en el siguiente apartado.

La batalla de Alcolea y la Sociedad de Socorros Mutuos

En esta vida casi nada ocurre por casualidad y siempre suele haber una razón que justifica éste o aquel comportamiento, ésta o aquella acción. En el caso de nuestros plateros, la Batalla de Alcolea del 30 de septiembre de 1868 fue lo que cambiaría su futuro inmediato.
El puente sobre el Guadalquivir de Alcolea fue mandado construir por Carlos III entre 1785 y 1792, con 340 metros de longitud. Casi sesenta años antes, el día 7 de junio de 1808, cordobeses de todas las clases sociales, incluidos jornaleros, piconeros y plateros, se ofrecieron como voluntarios al mando del militar Pedro de Echávarri para intentar a la desesperada montar un ejército y detener el avance del general Dupont, o al menos retrasarlo lo suficiente para permitir la llegada del general Castaños, el vencedor posterior en Bailén. A pesar de su heroísmo no pudieron hacerles frente, y las tropas francesas entraron y saquearon Córdoba.
El mismo lugar fue testigo de otra batalla, la citada de 1868, entre los revolucionarios que comandaba el general Serrano, el "general bonito”, supuesto amante y preferido de Isabel II en otros tiempos, y los partidarios de la reina, comandados por el Marqués de Novaliches.
Triunfaron los revolucionarios, y con el exilio de Isabel II a París tras su derrota empezaba un tumultuoso periodo de seis años, inaugurado con la formación de un gobierno provisional por el mismo general Serrano que instauraba un régimen político de exaltación de la «libertad», el cual, entre otras disposiciones, permitía que los gremios laborales se pudieran asociar libremente.
Contra el tópico de la desidia en cualquier iniciativa de nuestra ciudad, el gremio de los plateros cordobeses, apenas transcurridos 18 días desde la batalla, se reunió de urgencia para consolidar su asociación adaptándola a los «nuevos tiempos». Su acta fundacional dice textualmente «En la ciudad de Córdoba, a 17 días del mes de octubre, se reunieron varios profesionales de la platería con el objeto de juntar criterios y ponerse de acuerdo para crear la Sociedad de Socorros Mutuos de Plateros».
No sin alguna discusión, se acordó de forma unánime la propuesta de creación de la nueva organización que había planteado uno de los asistentes. Según se dijo después, la reunión fue entre «caballeros», con la copa de vino como testigo del nacimiento. En total fueron 26 los plateros que se reunieron, y de entre ellos mismos, a fin de organizarse mejor, se votó la primera Junta Directiva, que estuvo formada por Mariano González como presidente, Manuel Lubián y Rafael Casado, como primeros vocales, José Cabrera Tórtola como tesorero, y Eduardo Esquivel como secretario.
Tras crearse, el primer acuerdo que tomaron fue dotar de capital a la Sociedad, aportando como cuota la cantidad de diez céntimos de peseta cada uno. Y pocos días después, el 31 del citado mes de octubre, aprobaron el reglamento e hicieron el nombramiento del primer médico de la «Sociedad de Socorros Mutuos de Plateros», o «Sociedad de Plateros» como se empezaba a llamar, en la persona de don Rafael Anchelerga, que en un principio no estableció cantidad alguna por la prestación de sus servicios, un detalle que le honró.
En 1870 la flamante Sociedad aún no disponía de un lugar fijo para sus reuniones, por lo que ese año alquilaron dos habitaciones en la casa nº 84 de la Ribera para oficinas y lugar de reunión. Poco a poco fue creciendo, y además se les adhirieron la sociedad «La Estrella» y hasta una agrupación de sastres. La marcha era tan buena que incluso el médico fue compensado económicamente por sus buenos servicios al final del año. En 1871 se nombró nuevo presidente en la persona de don José Sánchez Torrico, y un año más tarde le relevó don Rafael Casado, que permaneció durante un periodo de cuatro años.

El vino y los plateros

Otro hito de la Sociedad ocurrió en octubre de 1873. Tras sus primeros pasos, los miembros de la Sociedad ya hablaban abiertamente de invertir las importantes cantidades de dinero que obtenían de superávit. Y se planteó invertir dicha cantidad en una taberna, pues el negocio de la venta de vino era entonces muy rentable en España. Después de dar muchas vueltas al asunto, decidieron comprar la taberna en la calle Romero Barros nº 5, en un lugar emblemático de Córdoba, en «su barrio» de San Francisco, muy cerca de la popular fuente del Potro. Por suerte, esta taberna sigue todavía funcionando en el mismo sitio.
La venta de vino estaba siendo un gran negocio, si bien diversificaron un poco en su siguiente paso al abrir un nuevo establecimiento alquilado en la plaza de la Corredera: lo dedicaron fundamentalmente a vender anís y coñac de cara a los madrugadores. Seguía el auge, por lo que en 1878 el médico don Rafael Anchelerga podía contar ya con una retribución estipulada de 800 reales anuales, pues sus servicios eran estimados “fundamentales para la Sociedad".
Se sucedieron en la presidencia, siempre por votación, don Antonio Merino y don Eduardo Esquivel, que fue el ejecutivo al que le tocó la decisión de que la Sociedad adquiriese su propia bodega, elemento principal para progresar en el negocio del vino. La primera bodega de la Sociedad se instaló el 12 de junio de 1880 en un granero arrendado en la plaza de Séneca a un socio denominado José Lubián, por 180 reales al año. De esta forma nacía también la taberna Séneca, que merece un recuerdo especial por sus tertulias culturales y por las personalidades que por ella pasaron. A lo largo de su historia, en esa taberna se pudo ver a figuras como Julio Romero de Torres, Azorín, Ramón del Valle-Inclán, Ortega y Gasset o Pío Baroja. Aquella taberna, en boca del escritor Antonio Aguayo, era considerada como un «Aula Magna», que llegó a tener sus doce asientos. Por estos asientos pasaron personalidades como Alcalde Zafra, López Alarcón, Zamacois y Sánchez Rojas, y como invitados de honor Largo Caballero, José María Pemán, Fernando de los Ríos, Gallegos Rocafull, Zuloaga o García Lorca acompañado de su inseparable Carreño. También fue muy visitada por los miembros del grupo poético cordobés «Cántico».
En las últimas décadas del XIX, ante la demanda de apoyo por parte de las autoridades a las principales instituciones cordobesas, la Sociedad prestó ayuda a los damnificados por desgracias como enfermedades, terremotos, inundaciones o guerras como Cuba y Filipinas. En Córdoba ya se habían convertido en todo un referente de la ciudad, en unos tiempos de bonanza en los que se podía decir que «les sobraba el dinero». Sin embargo, sobrevino una severa crisis económica en 1885, por la cual las ventas de vino se resintieron en gran medida en todo el país, Córdoba incluida. Aun así, pudieron continuar con la labor asistencial a sus afiliados y hasta crearon una biblioteca para su disfrute.
Afortunadamente, el panorama mejoró a principios del siglo XX y la Sociedad lo aprovechó para aumentar el número de médicos contratados, contando incluso con un dentista, algo novedoso entonces. Se llegó además a un acuerdo con dos farmacias para que expidieran los medicamentos necesarios con la agilidad que se requería. Con la mejora, se volvió a la dinámica de comprar nuevas propiedades, y así en 1925 adquirieron la casa nº 159 de la calle María Auxiliadora o Mayor de San Lorenzo, para establecer en ella la bodega central, así como una taberna. Todavía abrirían nuevas tabernas (como en la calle Cruz Conde), y en el periodo de 1960 a 1980 la bodega de la Sociedad llegaría a su cénit, saliendo de sus barriles más de 3.700 arrobas de vino al año.

La taberna y bodega de María Auxiliadora

La propiedad de la calle María Auxiliadora fue ampliándose a lo largo del tiempo con la compra de los edificios colindantes, incluyendo un antiguo huerto con su pilón y sus frutales, lindante con la calle del Queso. Poco a poco fue adquiriendo su fisonomía que aún hoy día hace de la «Sociedad de Plateros» de María Auxiliadora una de las tabernas referentes de la ciudad.
Cumplido el objetivo principal de establecer la bodega, la taberna anexa a la misma fue inaugurada en 1931, y desde ese lejano año éstos han sido sus taberneros:
1. Fernán Pérez Torres (1931-1945). Oriundo de Las Margaritas, estaba casado con Dolores Rabadán Gómez. En sus inicios la taberna vendía prácticamente sólo vino.
2. Luis Corraliza Ruiz (1945-1955), casado con Carmen Angüiano. En este tiempo es cuando entró a trabajar en la bodega «El Frasqui» la persona que, a decir de los antiguos, mejor la supo llevar, colaborando en ello con el eficaz directivo Félix Degallón.
Durante estos años tuvo lugar la escena que siempre comentaba mi suegra, que vivía en una casa de la acera de enfrente: cómo en agosto de 1947, en la puerta de la taberna, un grupo de personas gritaba incrédulamente «¡Ha muerto Manolete!». Así se enteraron de la tragedia de Linares.
3. José Rodríguez Carmona, «Pepe» (1955-1962), casado con Carmen Alonso Moreno, hija del célebre piconero «El Ojos». Ambos supieron darle «otro aire» a la taberna con las tapas de cocina. Se marchó porque quiso aprovechar su «tirón» en «La Beatilla».
4. Sebastián Madrigal García (1962-1968), casado con Francisca Fernández Vera, «Paca la de las rebecas». En su corto tiempo se modificó la posición del mostrador, que se escoró a la derecha dejando un amplio salón.
5. «Pepito» Hidalgo Gallego (1968-1972), con su cuñado Antonio Jiménez María. Se volvió a colocar el mostrador en su posición original. La taberna tomaría un gran impulso y se comentaba que tras la de la calle Cruz Conde era la que más vino vendía. Hay que señalar que hasta aquí todos los taberneros estaban exentos de pagar luz, agua o contribución alguna, ya que era la Sociedad la que corría con todo. La Sociedad les pagaba a ellos la comisión del vino vendido. Los taberneros y sus familias, además, vivían en las amplias habitaciones con las que contaba la casa aparte de la bodega y la taberna.
En esta época comencé a ser cliente asiduo de la taberna, entre otras cosas porque Antonio era pariente de mi mujer.
6. Rafael Granados López (1972-1976), casado con Enriqueta Casas Molina, la hija del «boticario del Jardín». Supo darle aún más auge a la cocina con la llegada de las «raciones».
7. Francisco «El Curro» (1976-1980). Gran profesional, que consolidó el nivel de la taberna, pero al parecer tuvo problemas con la Directiva y tuvo que abandonar. En su tiempo visitó la bodega el presidente Adolfo Suárez con su esposa, dentro de su campaña para las elecciones de 1979. Despertó una gran expectación en el barrio, estuvo sumamente cordial y dejó su firma en un barril. La UCD, que había tenido un resultado discreto en San Lorenzo en las elecciones de 1977. obtuvo muchos más votos en las de 1979 (entonces había más colegios electorales, incluyendo colegios religiosos como los Salesianos o Jesús Nazareno, y se podía saber con más detalle qué se había votado en cada barrio).
Convertida en un centro «social» relevante, la bodega también fue visitada por el Obispo Monseñor Cirarda, que disfrutó tomándose un medio de «Peseta» junto a Miguel Alonso y Manuel Aranda, y más adelante por políticos como Felipe González, Julio Anguita, Herminio Trigo, Enrique Curiel o innumerables políticos locales.
8. Andrés Granados López (1980-1995). Se hizo cargo de la taberna en 1980 en compañía de su cuñado Antonio, que llevaba la barra con gran sobriedad. Les apoyaba como camarero Paco, hermano de Antonio, eficaz como ninguno. Con ellos se alcanzaron los «récords» de la taberna. Como ejemplo, me comentó Andrés que, en la Semana Santa del 1994, el día del Jueves Santo, cuando la salida y entrada del «Esparraguero» congregaba al barrio desde la tarde hasta bien entrada la madrugada, vendieron mil seiscientos flamenquines, mil kilos de calamares y dos mil kilos de bacalao, y se pusieron más de novecientos «medios». Se rebasó con creces en la caja el millón de pesetas. Posteriormente Andrés pasaría a trabajar en un cargo importante en «Piedra» y Antonio montaría más tarde un pequeño bar, «La Manuela», uniendo dos locales suyos en la plaza de la Oca.
9. Los hermanos Antonio y Manolo Tejedera (1995-2000), que venían del mundo cofrade, regentando antes una pequeña taberna de esta temática en la acera de enfrente. Traían buenas ideas como taberneros (fueron los que montaron una nueva barra en el patio interior junto a la bodega, al que se accedía por unos escalones y así se evitaba a los camareros el tener que ir con las bandejas subiendo y bajando desde la barra principal). No obstante, el mundo cofrade no era el mismo que el de las peñas y no supieron «lidiar» con las cinco que había entonces en la taberna.
Desde la marcha de estos hermanos no he vuelto a ser cliente habitual de la taberna, por lo que no puedo hablar con suficiente conocimiento de ella y lamento la omisión de cualquier dato posterior.
Pero por encima de taberneros, la taberna de la Sociedad de Plateros de María Auxiliadora« fue siempre una taberna »clásica« donde las hubiera. Una de las primeras peñas que se instaló allí fue »La Excursionista Cordobesa«, que tuvo como impulsor a Manuel Aranda, »Cachirulo«. Posteriormente llegaría la decana de la ciudad, »Los Romeros de la Paz«, que venía «rebotada» desde la taberna »La Paz« de Santa María de Gracia, donde una falta de entendimiento con Julio Carmona los obligó al traslado. Luego la de “Los Palomos Deportivos», más tarde la de «Los Bohemios», y por último la de «Los Emires», que venía desde San Juan de Letrán.
Todas estas peñas creaban un ambiente de convivencia y amistad muy difícil de olvidar, con sus Cabalgatas de Reyes Magos, sus carrozas para las romerías de Linares y Santo Domingo y, por supuesto, sus campeonatos de dominó que atraían a todas las peñas de la ciudad, con buenos aficionados y grandes jugadores como Rafael Calvo, Francisco Arjona, Rafael «El Pesca», Rafael Obrero, Pepe Porras, Rafael «Caracoles, Manuel Estévez Milla, Manuel Aranda, Carlos y Rafael Espejo, Manuel Rey, Fernando »El Nano«, Rafael Sánchez »El Tocinero", Luis Garzón y muchos más.
En los años cincuenta era también frecuente que en el patio interior, el antiguo huerto con sus naranjos encalados, se organizaran Cruces de Mayo y verbenas de muy buena aceptación, como aquellas en las que el guitarrista Murillo acompañaba a un joven Rafael Gaitán Romero, posteriormente campeón del concurso de baile flamenco celebrado en Córdoba.
Y para terminar no me quiero dejar atrás a Rafael Ruiz Almagro «El chico de la rifa» personaje irrepetible de aquella época, que se pasaba habitualmente con sus bártulos, y a mis amigos y contertulios en esta taberna con un «medio» en las manos, especialmente a Paco Rubiano, Juan Carretero, Manuel Blancart, Miguel Expósito, Manolín Aranda, Pepe Alcalá, Victoriano Lozano, Paquito Lozano, Miguel Alonso, Alfonso Lupión, Antonio Martínez, y tantos y tantos que hicieron el recorrido vital desde el «Peseta» hasta el «Fino lápida», que es como llamábamos jocosamente al «mosto» sin alcohol, porque cuando alguno empezaba a tomarlo en vez del vino era porque el médico le había dicho algo sobre el estado de su hígado y de su salud en general.
… Aunque la taberna de la Sociedad de Plateros de María Auxiliadora mantiene actualmente su buen estado de salud regentada por Manuel Bordallo (que ha potenciado aún más su faceta de bar-restaurante), en 2017, la bodega, ante la escandalosa caída en las ventas del vino, cesaba en su actividad. Fue un golpe muy duro. Se había pasado de la época gloriosa con más de 3.700 arrobas de vino vendidas al año a apenas 12 en el primer trimestre del citado 2017. Los tiempos habían cambiado inexorablemente. Para rematar, por reglamento la Sociedad de Socorros Mutuos no podía legalmente acudir en apoyo de la bodega, por lo que ésta entraba en bancarrota declarada. De esta forma se le decía adiós al vino de «Peseta» al «Oro Viejo» y al «Platino», y sobre todo a una forma de saber beber y saborear el vino en compañía de la familia y de los amigos, bien jugando al dominó, de tertulia en la barra o con la familia en cualquier fin de semana.
Hoy, ante la desaparición de su bodega, me comentan que Manuel Bordallo continúa con parte de su infraestructura para poder seguir manteniendo por su cuenta los vinos que fueron santo y seña de la Sociedad. También se alquila el amplio espacio de la bodega y su patio para eventos y celebraciones, como bodas, bautizos y comuniones. Mientras, la Sociedad de Plateros, alejada ya del negocio del vino como fuente de ingresos, ha sustituido a éste por las rentas que le producen los inmuebles de sus tabernas. Con ello trata de seguir adelante con su proyecto de protección de sus afiliados, tenazmente independiente como siempre.
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