Mañana de Jueves Santo, puede que el proverbio se cumpla o puede que no, la verdad es que me da igual, porque lo sustancial es que estamos celebrando el día del amor fraterno, el día en el que se conmemora el momento en el que Cristo nos deja su cuerpo y su sangre en el misterio eucarístico. Eso es lo que realmente importa, lo demás viene por añadidura.
Ya culminó la Cuaresma y estamos a punto de finalizar nuestra «semana de luz». Durante todo este tiempo, hemos vivido un proceso de catarsis individual y colectiva, nuestra memoria se ha transformado en el futuro que habría de llegar y que ya, apenas, concluye: nuevamente se han aquellos rincones de la Córdoba eterna…, aquellas sonrisas limpias que por unos instantes nos transportaron a realidades de otros tiempos…, aquellos aromas a inciensos evanescentes, ceras derretidas y azahares etéreos…, esas primeras risas juveniles plenas de entusiasmos desbordados e inagotables…, la luz del atardecer acariciando a la ciudad… se han renovado, o están a punto de hacerlo, en nuestras memorias y en nuestras almas, porque todos deseamos que esos momentos imborrables sean eternos como una mirada clara y profunda, como el abrazo de una madre, como nuestras primeras papillas que nunca se digieren. Siempre volvemos a aquellos sitios buscando reencuentros con sabor a primera vez, para volver a vivir nuestra Semana Santa particular hecha de retazos sabiamente dispuestos, formando un conjunto de perfección sin igual.
Hoy es uno de los días más grande de mi hermandad de la Cena - el primero es la Octava del Corpus - en el que reviven esos momentos pasados, que se mantienen anclados a nuestros corazones, en ese rincón donde las cosas importantes no tienen necesidad de explicación. Ya queda lejos, pero aún está muy viva, aquella primera «suspensión» de la estación de penitencia… en la calle, fue en 2004, lo que no impidió que la realizáramos en la intimidad de nuestra parroquia, ante el Titular de los titulares: Jesús Sacramentado. Inenarrable el momento en el que, aprovechando un claro, doce hermanos, vistiendo el hábito corporativo, presididos por nuestro Consiliario, fuimos desde Poniente hasta la plaza de la Trinidad, para acceder al interior de la parroquia de San Juan y Todos los Santos, nuestra primera y por siempre casa, para realizar estación de penitencia ante el Monumento erigido en honor y gloria del Cristo vivo presente en la Custodia.
Es verdad que a todos nos gusta visitar la Sede de Osio, que disfrutamos viendo el misterio de la Sagrada Cena y a María Santísima de la Esperanza del Valle, enseñorearse por las calles de Poniente; transitar por el Campo Santo de los Mártires; entrar a Córdoba por la puerta labrada por Hernán Ruiz III, para conmemorar las Cortes celebradas en presencia de Felipe II, en 1570 y, sobre todo, atravesar la antigua puerta del Pilar, hoy conocida como de las Cofradías, para acceder al interior del templo catedralicio, momento el que nuestros corazones experimentan un vuelco cuando, de repente, pasamos del ruido y el bullicio del exterior, al silencio y el sosiego del interior, sólo roto por la oración de quien, en ese momento, preside el tránsito de la cofradía que busca postrarse ante Jesús Sacramentado aunque, lamentablemente, no siempre es así, porque hemos tenido que buscarnos templos alternativos en más de una ocasión, razón por la cual, aprovecho la ocasión para solicitar, respetuosamente, el poder realizar dicho acto del modo que se estime más digno y oportuno, dentro de la Santa Iglesia Catedral, dado que el monumento no puede ser trasladado desde su emplazamiento. Una vez fuera de nuestro primer templo, el camino de regreso a casa se torna en festiva celebración, sabedores de que, un año más, hemos cumplido con nuestra obligación como cristianos y cofrades.
Una de las máximas de la Hermandad de la Sagrada Cena es la realización de nuestra estación de penitencia, bien sea saliendo a la calle, si el tiempo lo permite, bien dentro de nuestra sede canónica, mediante la realización de tandas de vela ante los pasos de nuestros Sagrados Titulares, asistiendo corporativamente a los Santos Oficios y, a continuación, estableciendo turnos delante del Monumento que custodia a Jesús Sacramentado. Por esta razón, en mi humilde opinión, esas muestras de «dolor desmedido» que ofrecen algunos cofrades cuando se suspende la salida procesional, están demás, cuando no resultan totalmente ridículas, porque eso nos indica que no tenemos nada clara la razón por la que nos llamamos cofrades, porque la calle no es un fin, sólo es un medio.