La verónicaAdolfo Ariza

Nefarious

La película ahonda en una de esas paradojas que desgraciadamente no son tan evidentes en estos tiempos que corren: la realidad del pecado y la existencia del demonio

Actualizada 05:00

Mi plan del pasado viernes noche fue ir a ver la película Nefarious – estrenada el 2 de febrero - de los directores Cary Solomonn y Chuck Konzelmann. Tal cual salí del cine vino a mi memoria una de las genialidades del siempre simpar Chesterton – o en este caso de Frances su esposa -: «Cuando le preguntan a mi esposa quién la convirtió al catolicismo, siempre responde: ‘el diablo'». El mismo Chesterton reconoce que, en su búsqueda personal, al examinar la teología cristiana «que muchos detestaban y pocos examinaban», pronto descubrió que realmente se correspondía con muchas de sus experiencias vitales y que incluso sus paradojas se correspondían con las paradojas de la vida. Y de estas paradojas destaca: «[…] debe de ser evidente para cualquiera que la doctrina de la Caída es el único punto de vista divertido de la vida humana. Desde luego, para mí es evidente».
Nefarious ahonda en una de esas paradojas que desgraciadamente no son tan evidentes en estos tiempos que corren: la realidad del pecado y la existencia del demonio. Las razones de este olvido podrían ser muchas y ahí están para el que quiera adentrarse en ellas. Pero lo realmente determinante son las consecuencias del trasunto. Es ahí donde conviene redescubrir una y otra vez, con el teólogo Ratzinger, que «la tentación no nos invita directamente al mal» puesto que esto «sería algo demasiado grosero». Es mucho más sutil: «Pretende mostrarnos lo mejor: abandonar finalmente las ilusiones y emplear eficazmente nuestras fuerzas para mejorar el mundo».
Oportuno es también recordar que el diablo es un «puritano». Nada lo motiva más que su puritanismo a empujar a los hombres a la lujuria, para revolcarlos mejor en ese vergonzoso fango y pavonearse en su superioridad incorpórea (por eso, algunos de entre nosotros experimentamos un placer maligno cuando los demás se arrastran en el estupro, mientras que nosotros seguimos sin mancha a este respecto – para llevar entonces la suciedad al fondo de nuestra alma- ) (cf. F. Hadjadj ).
Con el Screwtape, subsecretario del estado satánico, de la novela de C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, es oportuno recordar también su propósito de que «la Iglesia siga siendo pequeña, no sólo para que los menos hombres posibles aprendan a conocer al Enemigo, sino sobre todo para que los que se vuelvan hacía él se coloquen en ese estado de exaltación enfermiza y de fariseísmo agresivo característicos de una sociedad secreta o de una pandilla». Con respecto a esto su táctica, en realidad, es bastante elemental: «Concentra la atención de tu protegido en su vida interior… Distráela de sus deberes más elementales para dirigirla hacia la tareas más elevadas y mas ‘espirituales’. Acentúa en él ese rasgo tan humano que no es tan útil: el horror o simplemente la negligencia relativos a las obligaciones que, sin embargo, parecen evidentes. Llévalo hasta el punto de que pueda hacer su examen de conciencia durante una buena hora sin descubrir ni una sola de las culpas que saltan a la vista de cualquiera que haya vivido bajo su mismo techo o haya trabajado en su misma oficina».
El espíritu malo es siempre favorable a los «ejercicios espirituales», siempre que no se trata de una espiritualidad de la Encarnación, y a un apostolado muy activo, siempre que no sea el de la caridad: «Mientras conceda más importancia a las reuniones, a los panfletos, a la política, a los movimientos, a la causas y a las cruzadas que a las oraciones, a los sacramentos y al amor al prójimo, será de los nuestros – y cuanto más ‘religioso’ sea (como nosotros lo entendemos), con más seguridad nos pertenecerá… Lo único que cuenta es hacer del cristianismo una religión mistérica de la que tu protegido se sienta uno de sus iniciados» (C. S. Lewis).
Nefarious es una pica en Flandes que necesariamente nos recuerda un gran engaño que «consiste en recuperar la compasión para volverla contra Cristo». Se trataría de «una compasión de tripas sensibles contra la del corazón ardiente»: «que habría consistido en hacer abortar a María para evitarle el repudio y a la vez ese hijo destinado a un suplicio monstruoso y, si fuera demasiado tarde para tal solicitud, en, al menos, darle a Jesús no el vinagre en el Gólgota, sino un cóctel lítico en Getsemaní» (F. Hadjadj).
Pelis como Nefarious recuerdan y ponen sobre aviso ante un drama como el señalado por el jorobado de Kierkegaard: «El cristianismo ha sido abolido por su propagación, por esos millones de cristianos de nombre cuyo número oculta la ausencia de cristianos y la irrealidad del cristianismo. Toda la cristiandad (es decir, todo el cristianismo histórico tal como se ha impuesto) no es otra cosa que el esfuerzo del género humano por salirse con la suya, por desembarazarse del cristianismo, pretendiendo ser su cumplimiento».
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