Apuntes de fe anunciando la Semana Santa ( II )
La acera y su caminata sigue aparcada en el paso a paso por el adoquín incrustado milimétricamente sobre la capa de arena y regado, como un regalo del cielo, por la misma en su ajuste final. Sigo queriendo unificar llantos y alegrías de mi acción de pregonar nuestra fe cristiana, nuestros sentimientos a los que estamos obligados a exclamar a los cuatro vientos los que creemos en Jesús. Sin miedos. El paso a paso de nuestro caminar se está convirtiendo ahora en el paso a paso firme y sereno de un penitente. A cara descubierta.
Finalizaba la primera parte hablando de ese cofrade, … «Caminante, sufrido y discreto, que también tiende su mano y rompe en lágrimas de alegría y de emoción cuando en el largo caminar de su andadura, entre la callada multitud, entre ese «silencio que se escucha» en las calles de nuestra ciudad, arranca la solitaria voz de un joven saetero, que acaba de vencer al pellizco que precede al cante, para no quedarse sin respiración en ese arranque, cuando se va a cantar a la imagen de la que se es devoto, una saeta».
Y es que la Saeta hace retener interminablemente el tiempo, sobre todo, al paso del Nazareno o de su Madre. Pero la emoción llega al momento más intenso, cuando a ese saetero le responde otro anónimo, en el gentío de la madrugada, en una lucha sincera por conseguir el perdón o la gracia. Saeta y cante cuyo nacimiento, según estudios musicales de algunos expertos, apuntan a que estas melodías puedan derivarse del siglo XVII, aunque su desarrollo y gran esplendor se adquiere durante los siglos XVIII y XIX.
Saeta y cante que también es autóctona de algunos pueblos que hoy la conservan todavía de forma aislada como saeta antigua, y por la que se está trabajando ilusionadamente por su mantenimiento en los Centros Saeteros, localizados principalmente en las provincias de Sevilla y Córdoba.
Saeta y cante; saeta y oración; saeta y penitencia; saeta y sentimiento; saeta y fe.
Hay quien desde el punto de vista flamenco, distingue solo tres tipos de saetas: Por seguiriyas, por martinetes y por carceleras.
Pero lo que sí es cierto es que, a pesar de los diferentes estilos y clases, sin saetas, la Semana Santa es inconcebible, como sin costalero, sin el joven músico o sin los penitentes silenciosos descalzos tras el Paso, porque una saeta, por Seguiriyas o Martinetes, además de descanso y alivio al costalero, proporcionan al gentío que observa el sufrimiento de un Cristo, una aureola de misticismo y religiosidad incomparable.
La saeta narrativa nos cuenta un acontecimiento ocurrido ya en el tiempo: «En el patio de Caifás, cantó el gallo y dijo Pedro, ¡Yo no conozco a ese hombre, ni fue nunca mi maestro!».
La saeta laudatoria alaba o ensalza a las Imágenes: «María es más bonita, que la azucena en el campo, que la rosa del rosal y la nieve en el barranco».
La saeta plegaria, con el ruego o suplicatoria, se dirige directamente al Cristo o a la Virgen. Reza, habla con ellos: «Cristo, gracias te pido, que vuelvas la cara atrás, y a los ciegos les des vista y a los pobres dales pan».
Y con la saeta exhortativa, se induce con palabras a una persona, o varias a la vez, a que realicen algo: «¡Silencio, por dios, guarden silencio!, que Cristo va en la Cruz y muerta de dolor su Madre, en una noche sin luz, por mis pecaos y pesares».
Como eterno acompañante del Paso que recibe la oración hecha cante, y como testigo obligado de cada una de las plegarias del saetero, está el ser que mezcla el sufrimiento y la oración, el sudor y el sentimiento, el testimonio de fe y el amor sin medida, la sensibilidad y el arrojo.
Milagro que es la reunión incontenible de gotas de lágrimas y de sudor, de suspiro y lamento, que harán caminar por nuestra sangre temblores de fervor, que estremecerán las fibras más sensibles de nuestra alma, haciendo siempre que broten de nuestros ojos lágrimas sinceras y serenas, que recorrerán nuestras mejillas como sendero de arrepentimiento por nuestras culpas.
A ese otro milagro que nos hace vivir la emoción, al paso de Nuestra Madre, cuando cimbrean sus varales, junto a la cercana voz del saetero, a ese milagro, le llamamos costalero. Son modestos y anónimos, caricia de la trabajadera, y mezcla de lo humano con lo divino, del dolor con la alegría, del amor con el sueño, la vida con la muerte... Son coraje y corazón.
A esos suspiros de respiraderos repujados,... a ese horizonte bendito y puro de luceros, raíz de verdadera hermandad en Cristo y cuyo sentir queda invariablemente unido a nuestros ruegos y nuestras penas,... le llamamos,... costaleros. Porque no quieren llegar a ser nada, porque ya lo son todo.
¿Habrá algo más exquisito que pasear a hombros a nuestra Madre? ... ¿Existirá algún placer mayor que el sentir, en pleno esfuerzo, el refrescante alivio de las benditas lágrimas de la Dolorosa? …. ¿Sentir junto a su esfuerzo, un mundo lleno de lágrimas, bajo los recios faldones, donde la tarde se apaga y la noche se hace día, mientras a lo lejos se escucha el penúltimo cante, la penúltima saeta? ... ¿Sentir el sufrimiento y silencio de un costalero junto al dolor de su arrastrada pisada ... mientras escucha el arranque de la oración hecha música y cante?.
Son muchos los nombres que se barajan en torno a la saeta flamenca: Enrique el Mellizo, junto a su familia, Manuel Centeno, Antonio Chacón, Manuel Torre, La Serrana, ... o Medina el Viejo .
También la Niña de los Peines y Manuel Vallejo, le dieron a la Saeta un esplendor muy significativo en su primera época, siendo «el Gloría» posiblemente el mejor de los intérpretes, quien da a la saeta una interpretación tan personal, que es la más seguida por los saeteros posteriores .
Estos importantes nombres y muchos más han contribuido de muchas formas al nacimiento, evolución y engrandecimiento de esta forma de hacer oración y plegaria.
Nos encontramos en esos momentos en los que la fatiga se ofrece penitencia, y las trémulas luces de los cirios de los hermanos, se convierten en faros del puerto donde se ha de arribar, y la oración se torna más sincera. Son instantes en los que no deseamos llegar al final de nuestra estación, sino que quisiéramos que se perpetuasen para siempre. Son los momentos culminantes de nuestro andar cofradiero .
Y quizás en ese momento nos pase por la cabeza romper a cantar, ... pero no podemos. Rezar con la saeta, ... pero no sabemos. Nuestro deseo es sentir la saeta, ... Quizás sea el momento de decir mirando al cielo...
Virgen Dolorosa:
Quisiera saber cantar
y lanzarte una saeta,
que pregone por los vientos
y se extienda por la tierra
que Tú me enseñaste a amar.
Que eres la Madre Eterna.
Que todos los sentimientos
de los hombres de esta tierra,
se fijan en tu dolor;
y con mirada serena
las bendices con amor,
guardando siempre tu pena.
Quisiera saber cantar
y desde un balcón floreado
elevarte mi plegaria
iY perdones mis pecados!.
Quisiera saber cantar
y con letra del poeta,
tirarte dos mil piropos
y cantarte su saeta.