La verónicaAdolfo Ariza

En la muerte de MacIntyre

Ojalá no nos falten pensadores que como MacIntyre quieran concentrarse «en aquellas vidas que descarrilan por culpa del deseo frustrado o mal encauzado»

El pasado 22 de mayo fallecía el filósofo moral escocés Alasdair MacIntyre (1929-2025). Puede que para el católico de a pie sea un perfecto desconocido y, sin embargo, pocos autores han contribuido a clarificar más los planteamientos de una verdadera filosofía moral cristiana. Un filósofo moral, dicho sea de paso, es aquel que te ayuda a cuestionarte: «‘¿Qué es lo que quiero?’. Se requiere algo más que reflexión para darse cuenta de que también necesito pensar críticamente sobre mis deseos presentes, es decir, preguntarme ‘¿es lo que ahora quiero lo que quiero querer?’». De lo que se trata, en definitiva, es de «plasmar las diferentes relaciones que pueden darse entre la razón y el deseo […], y por lo tanto arrojar algo de luz sobre cómo usamos el término ‘bueno’».

Difícilmente se podría entender la moral cristiana actual sin su gran obra Tras la virtud (1981). La gran pregunta que con el escocés deberíamos hacernos es la siguiente: -¿En qué lugar se encuentra la virtud y su educación dentro de este arte de vivir? Tal y como comenta en otra de sus grandes obras, Ética en los conflictos de la Modernidad (2016), «es solo al realizar juicios prácticos y elecciones, a través del ejercicio de las virtudes, que cada uno de nosotros descubre en su vida un cierto tipo de inclinación hacia un bien final que nos es propio, hacia perfeccionar y completar nuestras propias vidas, viviendo lo que en términos de nuestras particulares capacidades y circunstancias juzgamos que es la mejor vida posible para nosotros».

A MacIntyre le debemos también unos de los planteamientos más enjundiosos que se puedan leer con respecto a la dimensión eclesiológica de la moral. En uno de sus textos más largamente discutidos por su enigmático significado llega a proponer: «Lo que importa ahora es la construcción de formas locales de comunidad, dentro de las cuales la civilidad, la vida moral y la vida intelectual pueden sostenerse a través de las nuevas edades oscuras que caen ya sobre nosotros. Y si la tradición de las virtudes fue capaz de sobrevivir a los horrores de las edades oscuras, no estamos enteramente faltos de esperanza. Sin embargo, en nuestra época los bárbaros no esperan al otro lado de las fronteras, sino que llevan gobernándonos desde hace algún tiempo. Y nuestra falta de conciencia de ello constituye parte de nuestra difícil situación. No estamos esperando a Godot, sino a otro, sin duda muy diferente, a san Benito» (Tas la virtud, 322).

Ante un texto como este, de clara inspiración newmaniana, se hace más que evidente que la condición para pensar la idea misma de tradición moral es el redescubrimiento de la comunidad, y la Iglesia es en sí un ser comunional, como única alternativa a la crisis moral actual, una crisis que se caracteriza precisamente por el individualismo anómico y nihilista.

Con su otra gran obra, Ética en los conflictos de la modernidad. Sobre el deseo, el razonamiento práctico y la narrativa, carga contra el Estado moderno al que retrata como una maquinaria burocrática desvinculada del bien común y contra «la legitimación performativa» que hace creer que las instituciones son racionales porque funcionan, aunque desconozcan el para qué. También es especialmente significativa su denuncia con respecto a las relaciones manipulativas tal como se dan en nuestro mundo; lo que viene en denominar como «emotivismo» de la cultura contemporánea tal y como hace en Tras la virtud al recurrir a la novela Retrato de una dama de Henry James para esta denuncia.

Ojalá no nos falten pensadores que como MacIntyre quieran concentrarse «en aquellas vidas que descarrilan por culpa del deseo frustrado o mal encauzado».

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

tracking

Compartir

Herramientas