El semanario de la anormalidadPaco Ruiz

Un aguilarense equivocado

El pueblo de Aguilar de la Frontera, al margen de su belleza incontestable, atesora un amplio elenco de personajes de toda alcurnia.

Desde el Gran capitán, cuya cédula de bautismo se presume inteligentemente sustraída por los montillanos, pasando por ilustres literatos y poetas, como mi querido Vicente Núñez, la más reciente Helena Cosano, prima de quien escribe, de cuya pluma les aconsejo leer «Teresa, la mujer», libro dedicado a Santa Teresa de Jesús; o Mercedes Guerrero, mi compañera de clase en el instituto, capaz de plasmar entre las páginas de sus libros los paisajes más atractivos.

Insignes juristas en toda la extensión del Derecho, jueces, fiscales y letrados, que de Aguilar hacen patria honrosa de su buena y honesta labor de servicio.

Por tener, Aguilar hasta tiene un Santo, recientemente elevado los altares, San Nicolás Alberca, quien murió a manos de los otomanos en Damasco y al que hasta Izquierda Unida ha votado como hijo predilecto de la ciudad, «por los valores universales que representa, como la solidaridad, la humildad, la entrega, la paz y el compromiso con los más desfavorecidos».

Pero Aguilar también es tierra de gente que, desde su trabajo y afán de superación, han sabido buscarse la vida en las más peregrinas experiencias. Y qué más peregrino que las ferias en este país.

Raros eran los festejos de verano en que no encontrásemos un turronero aguilarense bañando las cuñas de los cocos, ofreciendo turrones y guirlaches para solaz de los pequeños o remedio de resaca de los adultos.

Y qué decir del Mundi y sus pollos asados , esos que mi amigo Julián y un servidor, al margen de toda la pandilla, devorábamos casi minutos antes del amanecer en las cálidas noches de la feria de agosto de nuestro pueblo.

Pero además de los feriantes amigos de lo gastronómico, otros muchos participaban de lo lúdico, como los coches de choque, las atracciones mecánicas, las carreras de camellos o los puestos de escopetas con balas de corcho, y cómo no, las tómbolas, en las que he de reconocer me dejaba alguna que otra peseta buscando la batidora ( aún hoy día me pregunto para qué leches quería yo una batidora con veinte años), el televisor, o el perrito piloto.

Y es que en la labia del feriante había un no sé qué que al pasar por la tómbola decidías comprar un cartón, convencido de que el premio, sea el que fuere, acabaría en tus manos.

Pues bien, Aguilar de la Frontera sigue dando a luz a personajes de tan loable naturaleza, luchadores natos, a fin de cuentas, en el arte de la supervivencia.

Por ello, me resulta extraño que en política, donde además tenemos el ejemplo de la Alcaldesa Carmen Flores, quien ha logrado superar la absurda crisis que ella misma generó con la retirada de la Cruz del Llanete de las Descalzas, Aguilar haya ofrecido a Córdoba a un Antonio Hurtado, cada vez más alejado de la realidad desde que «su» Pedro Sánchez decidiera despojarlo de la condición de diputado en Madrid.

Yo entiendo que eso fastidie. Y lo digo con sinceridad. Pero de ahí a que regreses a tu tierra y no pares de transitar por los aledaños de la realidad, hay todo un mundo. Posiblemente el que se presenta cuando tu interés se ciñe al comentario corto de veinte palabras que te ofrece esta sociedad de la desinformación y en el que, pese a su escueto recorrido, no prestas la reflexión necesaria antes de lanzarlo a las redes.

Me cuesta creer de Antonio Hurtado que se haya convertido en el Óscar Puente de la política cordobesa. Y ello por una sencilla razón, es más educado, sensible e inteligente que ese personaje. Pero sus declaraciones a raíz del incendio de la Mezquita-Catedral de Córdoba son de una vulgaridad digna de los rebuznos del ministro.

Sin ni siquiera mostrar su solidaridad, no ya con el Cabildo, sino con todos los cordobeses que esa noche sufríamos viendo las llamas que subían por los tejados de nuestra Mezquita- Catedral, temiendo que nuestra historia, parte aún por transmitir de la historia del Mundo, quedara reducida a cenizas, no tuvo otra ocurrencia que ponerse a exigir responsabilidades, discutiendo que los cordobeses tuviéramos que pagar la reparación de los daños.

Y cuando el Cabildo aclaró que asumiría tales gastos, en un arrebato que solo puedo suponer de ira, desde la más absoluta ignorancia jurídica, propuso que el Alcalde podría registrar la Mezquita-catedral como bien de dominio público, trasladando el asunto a los tribunales de Justicia.

Visto lo visto solo me cabe concluir que Hurtado, o está afectado por el calor, o se ha plegado a la doctrina sanchista, que no socialista, de buscar rédito en toda desgracia ajena, con la diferencia de que esta desgracia (que por la labor concienzuda del Cabildo durante estos años quedó en susto) es de su tierra, no ajena. Y precisamente por ello, porque la Mezquita- Catedral es patrimonio del corazón de todos los cordobeses, sus declaraciones merecen la crítica necesaria a la que todo político está sometido.

No es cuestión de que se recluya en Aguilar, entre otras cosas porque Carmen Flores es mucha Carmen, y no se comería ni el turrón. Pero sí de que deje de ser el feriante de tómbola dispuesto a venderte un cartón o un sobre en el que nada más abrirlo, solo encuentres intolerancia, desidia y palabras huecas. Al menos en ese sobre (el de verdad), de no encontrar la batidora, te llevabas un llavero.

Esperemos que cuando pase el calor vuelva a recuperar la cordura y la humildad de servicio que todo aspirante a Alcalde, y más de esta ciudad, debe atesorar.

Pero así no, querido Antonio.

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