Por derechoLuis Marín Sicilia

Érase una vez...

Érase una vez, en pleno siglo XXI, un embaucador ambicioso que, con la astucia del pícaro y la desverguenza del tunante, había conseguido acceder a la administración de uno de los edificios más emblemáticos del lugar gracias a su desparpajo para decir a cada uno de los vecinos lo que más le agradara en cada momento. Y así, entre el candor de los distintos convecinos, el bribón consiguió presidir la comunidad de propietarios de aquel simbólico edificio.

Como ocurre en todos los edificios constituidos en régimen de propiedad horizontal, los vecinos habrían de costear una serie de gastos comunes que asumirían cada uno en función de su cuota de propiedad, garantizando así el debido funcionamiento de los elementos comunes de dicho edificio. Lógicamente, aparte de tales gastos comunes, cada propietario ordenaba su vida en función de sus apetencias personales y sus capacidades económicas, de modo que mientras algunos se imponían determinadas limitaciones de gasto otros no tenían inconveniente en disfrutar de una vida más atractiva, aunque para ello recurrieran a las entidades bancarias al objeto de que le financiaran unas determinadas inversiones, más o menos ociosas.

Con el tiempo, la lógica derivada de la singularidad conque cada vecino había ordenado su vida había llevado a que, mientras unos vecinos gozaban de una cierta estabilidad, gracias al control de sus propias cuentas, otros se habían empeñado en vivir por encima de sus posibilidades. Aquellos tenían saneada su economía mientras estos tenían dificultades, cada vez más frecuentes y agobiantes, para satisfacer sus desmesuradas apetencias.

Así las cosas, los hedonistas amantes de la vida contactaron con el presidente trasladándole su total adhesión, edulcorándole su ego y, como buenos pícaros unos y otro, concluyeron que lo mejor para poder seguir gozando de los placeres de la vida sería convertir los gastos propios de cada vecino en gastos a asumir por la comunidad. Y ni cortos ni perezosos urdieron un relato de tan atractivo desarrollo que no tenían duda de que una comunidad de vecinos idiotizados, que así la consideraban, recogería su propuesta con honda satisfacción. «Os vamos a liberar de las deudas de cada uno porque las mismas las va a asumir la comunidad» les dijeron sin el menor rubor al conjunto de vecinos. «¿Quien va a ser tan irresponsable de no aceptar este regalo que los va a liberar de pagar una deuda y sus intereses?» bramó la zalamera secretaria del presidente en su habitual tono vocinglero.

Los vecinos, entre las dudas de unos por la amistad que tenían con los «bon vivant» del despilfarro y el rechazo rotundo de otros que se percataron enseguida de la trampa que implicaba la propuesta, acogieron la misma con incertidumbre que no ocultaba la festiva aceptación de unos pocos con la propuesta de los tramposos. Se abrió un debate que se expandió más allá de los propios concernidos del edificio. Y es que la «original» propuesta, convirtiendo las deudas de los juerguistas del bloque en deuda de todos los vecinos, fue examinada por otros muchos propietarios de otros edificios que, no sin muestras de cierta incredulidad asombrosa, se preguntaban casi de forma jocosa, lo fácil que se le iban a poner las cosas a algunos caraduras: «vamos a entramparnos disfrutando, que los tontos de otros pisos se harán cargo, antes o después, de nuestras deudas».

La rocambolesca historia tiene nombre y apellidos: Érase una vez una comunidad de vecinos llamada España en la que unos copropietarios asumieron deudas de otros porque el presidente necesitaba su apoyo, para lo cual convirtió la deuda exclusiva de cada uno de los vecinos en una deuda de la comunidad. A los buenos gestores se les quedó la cara de tontos, mientras el presidente maniobrero y sus acólitos se reían porque, en su afán de dividir a los vecinos en buenos y malos, seguirían un tiempo más viviendo a costa de tanto ingenuo infeliz, al tiempo que una legión de estómagos agradecidos recitaba las últimas salmodias dictadas desde el puesto de mando, exaltando las bondades de tantas medidas «solidarias» y «progresistas» que solo podían llevar al dispendio y a la ruina.

Como corolario, se deduce fácilmente que, de persistir en el intento y seguir incrementándose el número de necios, quizá asistamos a la historia de un país dirigido por una progresía zote y sectaria, sin más objetivo que dividir a la sociedad y polarizar nuestras vidas, empeñada en una serie de medidas que harían realidad aquel viejo aforismo que garantiza el pan para hoy y el hambre para mañana.

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