El desdén del populismo
España está al borde de cruzar la línea roja
Una de las mayores ofensas que el populismo hace a la ciudadanía es tratarla con desdén. Los déspotas, primero utilizan al personal y después, cuando han aposentado sus reales en el mandarinato gubernamental, lo ignoran y desprecian como súbditos serviles. La progresiva deriva del sanchismo hacia un populismo irredento ha configurado un régimen que se siente impune y trata displicentemente a unos ciudadanos que toma por tontos.
Fue Zapatero el que inició la deriva del PSOE hacia una degradación de la política, de la que fueron desapareciendo dirigentes con notable nivel cultural, político y económico, sustituidos por una pléyade de oportunistas sin más oficio que el de depredadores del dinero público. La ruina en que dejó al país, que no reconoció hasta que lo tuvo que llamar el propio Obama, le obligó a evitar la intervención de los hombres de negro y convocar elecciones. Años después, la aparición en escena de otro personaje como Pedro Sánchez, tan oscuro como Zapatero pero aún más ambicioso, hizo saltar las alarmas de los pocos socialdemócratas que aún quedaban en el PSOE. Un Comité Federal del partido, que expulsó a Sánchez por tramposo, eligió como presidente de la gestora a Javier Fernández, hombre culto y decente, que advirtió del peligro de «podemizar» al PSOE. Aquel partido, de clara definición ideológica, nada tiene que ver con el actual, convertido en una formación dedicada al enfrentamiento con el PP con mensajes dogmáticos y con compañeros de viaje que jamas hubiera aceptado el PSOE de la Transición.
Alejado de la influencia de dirigentes sensatos y preparados intelectualmente, el único político socialista al que escucha hoy Sánchez es Zapatero, un personaje que lo va llevando, desde la oscuridad de sus relaciones con los regímenes dictatoriales y su diálogo con delincuentes y golpistas, al aislamiento de nuestros aliados naturales y de los valores de las democracias liberales que han conseguido los mayores avances económicos y sociales de la historia. Un aislamiento de negativas consecuencias para nuestra credibilidad y nuestra seguridad internacional.
Así las cosas, la única manera de procurarse la permanencia en el poder es tensionar a la sociedad, algo propio de todos los populismos y que ya Zapatero reclamaba en campaña electoral en una famosa entrevista con Iñaki Gabilondo que captó la televisión. La tensión conduce a las trincheras y estas a la construcción de muros que dividan a los españoles, que es hoy el único objetivo de quien ha roto el consenso que requieren los pactos de Estado, tan ajenos a las políticas polarizadas.
Para un Gobierno instalado en el muro de la discordia, todo lo que suponga una crítica a su trayectoria es alinearse con la extrema derecha, la fachosfera y toda esa retahíla de calificativos y argumentarios que relata cada día la legión de estómagos agradecidos. Ante cualquier queja razonable la élite despótica al servicio gubernamental coloca a los reclamantes al otro lado del muro, tal como han despachado las justificadas quejas sobre los incendios y el abandono del campo español por parte de unas instituciones que sólo saben prohibir actividades como limpiar el bosque, hacer cortafuegos y desbrozar malezas, mientras se entregan a la especulación de las energías renovables.
La triste realidad es que el sanchismo está haciendo irrespirable la actividad política, empeñado en confrontarlo todo con ánimo excluyente. La «cogobernanza» fue una idea para que otros, las Comunidades Autónomas en concreto, se comieran el marrón de una responsabilidad que era suya. El Gobierno más numeroso de la historia no tiene ninguna responsabilidad porque se escaquea zafándose hábilmente de una obligación que le concierne. Así lo hizo con el COVID, la borrasca Filomena, el volcán de La Palma, la dana de Valencia, el apagón, el caos ferroviario, los incendios del verano y tantas pruebas de su falta de respeto a la opinión pública recurriendo a diatribas manipuladas. Tantos ministerios holgazanes solo parecen servir para colocar amigos, parientes y amantes.
El reto del futuro más inmediato será la forma de revertir la deriva de la autocracia sanchista y el grave daño institucional inferido. La ambición de un egolatra está llevando al país a una confrontación social, donde sobra crispación y falta raciocinio y buenas formas. Todos los populismos siguen esa tactica y España está al borde de cruzar la línea roja. Las quejas ciudadanas sobre inmigración ilegal, el aumento de la inseguridad, el incremento de la carestía de la vida, el endeudamiento galopante, el gasto improductivo desmesurado, la presión fiscal, el problema de la vivienda y otras muchas, son el caldo de cultivo para el estallido social de una ciudadanía alarmada por la proliferación de chiringuitos y paguitas diversas. La colocación de enchufados en todos los sectores, la marginación de profesionales, la invasión y control de todas las instituciones son nocivos para una sociedad dinámica, moderna y de progreso.
Por todo ello, antes de que sea tarde, hay que recuperar el buen sentido de una mayoría social que no está dispuesta a que la ubiquen en grupos antagónicos e irreconciliables. Como dijo León Tostói, «el buen juicio no necesita de la violencia». Es por ello que la razón nos lleva a acabar sin contemplaciones con las hipotecas que están lastrando la convivencia, la igualdad, la solidaridad y el propio concepto de una nación sometida al juego ventajista de quienes quieren destruirla o cambiarla.
Es insoportable, indecente y vergonzoso que dos condenados, uno por terrorismo (Otegui) y otro por golpismo (Junqueras), estén promoviendo el apoyo a la permanencia de Sánchez al frente del Gobierno de España. Estos son algunos de los «progresistas» que sostienen al déspota. Y lo peor no es que los autócratas tomen a sus ciudadanos por tontos; lo más deprimente es que están convencidos de que lo son por la facilidad conque los engañan.