El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

Las hordas

«Nuestra sociedad se enfrenta a un fenómeno nuevo, el suicidio de niños y adolescentes jovencísimos, algo que empieza a requerir de un abordaje serio y sin prejuicios»

El desgraciado suicidio de la joven de 14 años Sandra Peña, en Sevilla, ha vuelto a avivar un fenómeno constante e intermitente en nuestro país. Si por un lado está la España de la crónica negra, por otro está la España de las hordas, muy vinculada a la primera. Ante un suceso luctuoso se alza, por un lado, una red de acontecimientos que se dirigen a esclarecer hechos atroces. Al otro una masa enfervorecida cuya cúspide en la escala de Lynch quizá la contemplamos en el caso La Manada, donde una manada de indeseables terminó con sus huesos en la cárcel a pesar de notables irregularidades en un proceso que debió anularse, pero otra estuvo compuesta por miles y miles de personas conectadas por una antorcha invisible que parecían portar para hacer arder los más elementales principios de la justicia en favor de la histeria colectiva.

Seguir el caso de esta alumna por los medios de comunicación convencionales, redes sociales y foros multitudinarios permite comprobar como un sistema mediático sensacionalista y repleto de mala praxis, rompe con todas las bases elementales de la búsqueda de la objetividad, explicadas en clases de periodismo que debieron saltarse los responsables de las informaciones que vemos publicadas por doquier. En ellas, y sin contar con el más mínimo contraste sólido, dan por bueno un sólo punto de vista, el del portavoz de la familia, que obligadamente deberá confrontarse con múltiples perspectivas para dilucidar el caso. Esta cuestión tan básica se encuentra completamente dinamitada. Televisiones, radios y diarios dictaron sentencia desde el primer momento, erigiéndose en policías y jueces desde la comodidad de sus sillas de oficina y, en la mayoría de los casos, sin tener que salir de la redacción salvo para ir al cuarto de baño.

Junto a ellos, las hordas de anónimos que atentan contra el colegio, insultan a los alumnos, distribuyen las fotos de aquellas a las que han condenado sin pruebas, degradan a la escuela en cuestión, o escriben todo tipo de barbaridades contra unos y otros en comentarios de periódicos o post cualesquiera. He llegado a leer a docenas y docenas de personas que abogaban por tomarse la justicia por su mano contra ese grupo de niñas, también de catorce años, cuya implicación real desconocemos por completo. O bien deseaban la cárcel eterna para profesores y dirigentes del instituto. ¿Pruebas? Ninguna. ¿Para qué son necesarias si se lleva en la mano una simbólica soga para el cuello ajeno? Aquí el pasaje bíblico de quien esté libre de pecado que tire la primer piedra resulta sorteado. Más bien enterrado. Ya se han lanzado pedruscos, adoquines, rocas y cantos rodados mediante generalizadas catapultas. Y todo ello, por su dimensión, sin posibilidad de defensa alguna.

¿Podrá la policía realizar sus pesquisas con coherencia y ecuanimidad ante semejante presión? ¿Cederán ante ella los responsables políticos? La aclaración de esta desgracia nace ya viciada por una combinación de factores en los que se mezclan la tendencia a la tergiversación absoluta por parte de muchos medios, la mentalidad gregaria de un alto porcentaje de la población y una actitud por parte de la portavocía de la familia más tendente a generar cizaña que a responder a semejante golpe de la vida con la prudencia e integridad convenientes. Esta última cuestión se reproduce en demasiadas ocasiones y, sin pretenderlo y mal aconsejados o en absoluto aconsejados, aquellos que tienen una desgracia semejante o un asesinato entre los suyos, se introducen desde el principio en una rueda de la que es difícil salir y de la que no sacarán sino ofuscación y odio.

Así las cosas, nuestra sociedad se enfrenta a un fenómeno nuevo, el suicidio de niños y adolescentes jovencísimos, algo que empieza a requerir de un abordaje serio y sin prejuicios. Estos casos, de extrema complejidad, necesitan de un tratamiento profundo y análisis exhaustivos. Y desde luego jamás del concurso de hordas con antorchas de ocasión o periodistas que jamás hicieron periodismo.

En este caso concreto, sencillamente esperemos a los resultados de las investigaciones, asunto ya empantanado desde el principio y que amenaza, si acaso, con empeorar.

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