Por derechoLuis Marín Sicilia

Frenar la descomposición

«Las próximas elecciones tendrán especial trascendencia porque en ellas nos jugaremos la permanencia constitucional de la España actual»

Una organización se descompone cuando no respeta sus propias normas estructurales. Un régimen se contamina cuando convive conscientemente con la transgresión de sus principios. Una democracia se corrompe cuando, desde las propias instituciones que tienen encomendado su normal funcionamiento, se tolera y estimula la prostitución de las normas de convivencia y busca la forma de hacer inviable la alternancia política.

La democracia española está en descomposición. Y lo está por decisión de un presidente de Gobierno llamado Pedro Sánchez que no tiene empacho en asegurar que gobernará sin tener el respaldo del parlamento. Cuando esto se dice reiteradamente por quien tiene que rendir cuentas a ese parlamento que ignora, queda manifiesta la voluntad de acabar con la democracia. Porque hay quien piensa, quizá lleno de razón, que la no convocatoria de elecciones es para mantener los aforamientos de tantos posibles imputados, cuya lista se incrementa cada día, hasta llegar al número uno.

España está al borde de dejar de ser una democracia porque un conglomerado de ambiciones espurias ha decidido ocupar todas las instituciones de control democrático. Lo dirige un ambicioso sin escrúpulos y lo integra una legión de individuos y movimientos sociales que dicen luchar contra el fascismo haciéndolo con los procedimientos y actitudes que definen al fascismo.

Hay que frenar, por procedimientos democráticos para diferenciarse de estos profesores del más rancio populismo, la descomposición de la democracia española que será el legado que nos deje Sánchez y sus comparsas. Un triste legado que se resume en demagogia, despilfarro, abusos, ineficacia, corrupción, inseguridad, descontrol migratorio y deterioro de los servicios públicos y de la convivencia. Y no cabe engañarse: como han advertido voces muy significadas con intachable trayectoria democrática, a derecha y a izquierda, las próximas elecciones tendrán especial trascendencia porque en ellas nos jugaremos la permanencia constitucional de la España actual.

Nadie debe llamarse a engaño. Cuando un presidente de gobierno no tiene empacho en burlarse del parlamento, al que ningunea sin dar explicaciones. Cuando se pronuncia rotundamente sobre la culpabilidad o no de personas que están siendo juzgadas, anticipando implícitamente su voluntad de reírse de la justicia si fueran condenadas. Cuando invade la libertad informativa y hace de la neutralidad política de los medios de comunicación públicos unos activistas políticos puestos a su servicio. Cuando interfiere la libertad empresarial y se entromete en operaciones de empresas privadas con fines espurios. Cuando se estimulan sobornos como mecanismo de defensa «caiga quien caiga» para limpiar pruebas «sin límite». Cuando lleva tres años incumpliendo su obligación legal de presentar presupuestos. Cuando se gastan, en seis meses, sesenta millones de euros en asesores sin dar sus nombres, ni cómo y para qué han sido seleccionados. Y cuando, en definitiva, fuerza las normas que garantizan el equilibrio institucional desarrollando eso que los populistas llaman uso alternativo del derecho, que simplemente es un eufemismo para no respetar el Derecho. Cuando todo eso, y mucho más, ocurre, el responsable de todo ello es un totalitario con mente dictatorial.

Frenar la descomposición implica que habrá que deshacer todo lo que ha perturbado la convivencia democrática. Desde restaurar la neutralidad del consejo de RTVE y de todas las empresas públicas invadidas por el sanchismo hasta legislar que la falta de presupuestos lleve aparejado el cese del Gobierno. Desde reforzar la independencia de la Justicia, acabando con las puertas giratorias, hasta prohibir los indultos políticos. Desde acabar con el despilfarro y el endeudamiento hasta cerrar chiringuitos y reducir la presión fiscal agobiante. Desde acabar con privilegios de todo tipo hasta dar el mismo trato a todas las Comunidades Autónomas.

Todo eso y mucho más habrá que acometer para frenar la deriva totalitaria a la que nos ha llevado Sánchez. Porque lo importante es garantizar los principios constitucionales de libertad, igualdad, solidaridad y justicia. La juventud se siente sin futuro por mucho que hayan querido captarla pagándole videojuegos y transporte, y el feminismo se siente ofendido pese a aquello de «hermana yo si te creo». Unos y otras le han vuelto las espaldas al sanchismo según todos los sondeos de opinión. Por la misma razón, el espíritu cívico de una sociedad madura hará que esta pesadilla acabe lo antes posible.

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