Por derechoLuis Marín Sicilia

La consigna y el relato

«Si al final son condenados su mujer y sus colaboradores más directos, puede recurrir a indultarlos si continúa en el poder, que de eso se trata»

Tras la comparecencia de José Luis Ábalos ante el Tribunal Supremo, el magistrado Leopoldo Puente advirtió en autos que apreciaba un riesgo creciente de fuga, aunque provisionalmente lo dejaba en libertad, decisión que no era inamovible dada la proximidad del juicio que podría terminar con su encarcelamiento. El magistrado refería el «aluvión de indicios» de que Abalos había cometido «delitos muy graves», mostrando su estupor de que, en tales circunstancias, pudiera seguir ejerciendo las altas funciones de un diputado del Congreso.

Inmediatamente, la maquinaria monclovita se puso en marcha y aleccionó convenientemente al orfeón papagayo. La consigna era clara: había que opacar los aspectos negativos del auto y resaltar lo que consideraban erróneo, para que no se hablara de la cuestión de fondo: el saqueo del dinero público por parte de la banda del Peugeot. Y para ello había que construir un relato centrado en un solo tema: la inadecuada referencia al estupor que la vergonzosa situación parlamentaria causaba en el magistrado. La legión de «profesionales» de la información al servicio del sanchismo puso en marcha todas sus baterías contra un juez que se entrometía, dicen, en la soberanía de las Cortes, olvidando la de veces que desde los estrados parlamentarios se ha ofendido a la independencia del poder judicial.

Que a un magistrado le cause estupor el hecho de que ejerza como representante de la soberanía popular quien ha utilizado el dinero público para los fines más abyectos puede parecer inconveniente si tal expresión de asombro la incluye en la narración de un auto judicial. Pero esa posible inconveniencia, ni anula la realidad de que es una vergüenza pública lo que estamos viviendo ni legitima a unos políticos que no cesan en difamar y acusar gratuitamente a quienes imparten justicia, hasta el extremo de que un diputado y alto cargo del Gobierno, de filiación comunista, haya tenido la indignidad de acusar «al partido de las togas» de querer «acabar con la democracia». Por fortuna, ya nos demuestra la historia el «respeto» por la democracia de estos personajes cuya identidad política fue repudiada el 25 de enero de 2006 por el Consejo de Europa y el 19 de septiembre de 2019 por el Parlamento Europeo que acreditaban la incompatibilidad del nazismo y el comunismo con un verdadero régimen de libertades.

La realidad es que Sánchez es una viva réplica del nazismo en su obsesiva voluntad de ocuparlo todo. Discípulo aventajado de Goebbels, ministro de propaganda de Hitler, sigue sus mismos pasos de manipulación de la opinión pública. Y no debe de extrañarnos mucho su ambición desmesurada por el poder a cualquier precio. Igual que Hitler, que gobernó con solo el apoyo de un 34 % del electorado, va invadiendo, incluso con menos respaldo electoral que el dictador, todos los resortes del poder y de las instituciones. Al igual que hizo Hitler, el sanchismo bien amaestrado pone trabas a la oposición, bloquea sus iniciativas parlamentarias, interviene el libre mercado, margina a la prensa libre y mediatiza a los gobiernos regionales que no controla, hasta el extremo de buscar trapos sucios para desacreditar a sus dirigentes, aunque sean del mismo partido, tal como ha denunciado el presidente manchego Emiliano Garcia-Page.

En consecuencia, conviene no equivocarse con Sánchez. Aguantará carros y carretas, pase lo que pase, a base de confrontar a unos con otros cuando el país lo que está necesitado es de diálogo, concordia y respeto. A un mentiroso le da igual que la realidad le desmienta, mientras siga ostentando el poder. Y lo alargará cuanto le sea posible, a cualquier precio. Entre otras cosas por los compromisos que tenga para que sus fieles guarden silencio y le sirvan de escudo, lo que explica la negativa a contestar a que se acogen Abalos y Koldo. Porque si, al final, son condenados ellos, su mujer y sus colaboradores más directos, puede recurrir a indultarlos si continúa en el poder, que de eso se trata.

Esta claro que la consigna es aguantar y el relato es la mentira. Todo ello forma parte del material genético de las mentes totalitarias. La reciente denuncia del fiscal Stampa destapando cómo las cloacas sanchistas lo tentaron para revertir la situación procesal de Begoña y del fiscal general, en las que se le trasladó que el presidente «había dado orden de limpiar, sin límite» y que había que revertir la situación «caiga quien caiga», ponen de manifiesto que nos gobierna un autoritario con ínfulas dictatoriales. Por eso no extraña que el subconsciente los delate: «Queda gobierno de corrupción para rato» proclamó la vicepresidenta Diaz en el Senado. Les da igual ser corruptos si con ello mantienen el poder. Y eso no lo tapa ninguna consigna ni el relato de la legión de cotorras amaestradas.

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