Por derechoLuis Marín Sicilia

Absolutamente anecdótica

«Si algo resulta repulsivo es la petulancia, esa vana y exagerada presunción de superioridad, expresada de forma arrogante, engreída y falta de respeto hacia los demás»

«La relación que yo tenía con Koldo García era absolutamente anecdótica» dijo, con descaro, Pedro Sánchez en el Senado. «Yo no recuerdo en cuantas ocasiones habré podido hablar con él, pero ya le puedo garantizar que han sido las mínimas posibles», añadió quitándose las gafas y sonriendo cínicamente.

Entonces, cualquier ciudadano medianamente informado, pensaría que le estaba tomando el pelo porque ¿acaso iban en silencio miles y miles de kilómetros en el Peugeot que compartían los cuatro mosqueteros de los avales? Y si tan poco lo conocía, ¿por qué lo ensalzó públicamente como militante ejemplar y gran 'aizkolari' socialista? Y si quería hablar lo menos posible con él, ¿por qué le encomendó vigilar durante dos noches de insomnio los avales que lo harían secretario general del PSOE? Contradicciones tan flagrantes no hay gafas de diseño que las tapen.

Si algo resulta repulsivo es la petulancia, esa vana y exagerada presunción de superioridad, expresada de forma arrogante, engreída y falta de respeto hacia los demás. Si esa arrogancia, además, se pretende disfrazar con cierto aire gracioso o jactancioso, acompañado de gestos y ademanes, tenemos a un chulo presuntuoso. O sea, tenemos el vivo retrato de Pedro Sánchez, el falsario narcisista más amoral que ha dado la democracia española en el último medio siglo.

En la tomadura de pelo de su comparecencia en el Senado quedó retratado. Cuando se miente claramente en más de cuarenta interrogatorios, las evasivas como «no me acuerdo», «no lo sé», «no me consta» y otras similares pudieron servirle para escabullirse de unas responsabilidades que no le servirán cuando las preguntas se las formule un juez. Por ello, aunque algunos piensen que salió vivo de la comisión senatorial, sólo sus palmeros, que son muchos y no quieren dejar de cobrar su última nómina de tertulianos, han normalizado el descaro, la chulería y la soberbia narcisista que está a punto de ahogarse en su propia indignidad.

Dijo el teólogo alemán Eckhart que el que aspire a ser grande debe olvidar la grandeza y buscar la verdad, porque solo así conseguiría ser grande y creíble. Las antípodas de tal forma de proceder están en la conducta de Sánchez que, refugiado en la mentira, ni tendrá grandeza, ni será creíble ni tendrá dignidad porque, en palabras de La Bruyere, «la verdad y la sencillez forman la mejor pareja» y ambas brillan por su ausencia en la trayectoria del presidente del Gobierno español.

Alfonso Guerra se quejaba recientemente de que estamos en manos de una pléyade de macarras, personajes vulgares que no han cotizado ni por cuenta ajena, ni como autónomos ni saben los sacrificios y esfuerzos que realiza quien abre un negocio. Son gente sin más norte que el aprovechamiento placentero del poder. Quien lidera esta degradación es Pedro Sánchez, cuya forma trilera y autoritaria de aferrarse al cargo pasará a la historia negativamente por utilizar la confrontación como instrumento de supervivencia. Y se le juzgará como autor de una trayectoria absolutamente anecdótica por haber sido profundamente dañina.

Hacer de las desgracias una política carroñera es una forma lamentable que inspira a quienes están empeñados en el «no pasarán» guerracivilista de tan tristes resultados en nuestra historia. Lleva razón quien diferencia entre un hombre que se ha equivocado y una mala persona. Y quizá la desgracia de España es que llevamos demasiado tiempo gobernados por una mala persona, que según se aseveró en el Senado conocía toda la corrupción que hoy se investiga y que está empeñada en hacer añicos el espíritu de concordia que nos legaron los sobrevivientes de aquella guerra fratricida.

Los demagogos supieron urdir una trampa en la que absurdamente cayó Mazon, cuando la responsabilidad directa de lo ocurrido en Valencia radica en quienes paralizaron el Plan Hidrológico Nacional por intereses de una izquierda catalana que ha tenido la desverguenza de alentar las protestas recientes. E igualmente responsables son el Gobierno sanchista, que no ejecutó el encauzamiento del barranco del Poyo y el ejecutivo socialista de Ximo Puig que, con su ley de Protección de la Huerta, impidió la conexión del barranco con el cauce del Turia. Por si fuera poco, Sánchez incumplió la obligación de declarar la emergencia nacional al afectar los daños terribles a varias autonomías, y tuvo la desvergüenza de proclamar que «si necesitan ayuda que la pidan» mientras sus peones ocupaban la televisión pública y sus diputados se negaron a suspender la sesión parlamentaria diciendo que «no le corresponde a ellos achicar aguas».

Sánchez está rodeado de corrupción y mala gobernanza por todos lados. Y ni su legión de liberados, ni todas las televisiones que ha comprado con nuestro dinero podrán evitar que se conozca la verdad de todos sus desafueros. Ya no está Mazón, el chivo expiatorio de una dejación de responsabilidades del gobierno sanchista y de todos sus acólitos. Ha llegado la hora de que los tribunales y el control parlamentario aclaren toda la podredumbre que nos invade, para que la reacción ciudadana haga del mandato de Pedro Sánchez una desgraciada realidad absolutamente anecdótica. Es la única forma de recuperar el sentido común y la convivencia civilizada.

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