El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

Córdoba, cantón meteorológico

«Si muchas comunidades autónomas tienen sus competencias y sus idiomas regionales, a las ciudades les queda aspirar a algo más hermoso: el cielo mismo»

A finales del siglo XIX, durante la rebelión cantonal, Cartagena declaraba la guerra al Gobierno de España. Incluso algunos insurrectos atacaron puertos de la costa almeriense enarbolando la bandera turca. Durante el duro asedio a la ciudad, los cartageneros incluso solicitaron unirse a los EE.UU. Se proclamaron cantones en unas 30 ciudades y pueblos. Entre ellos, Loja, San Fernando, Almansa, Bailén, Toro o Béjar. El cantón de Castellón duró sólo cinco días, pero ahí estuvo el tío. Heredera de aquellas repúblicas independientes de su casa, Córdoba se rebela ahora contra el Gobierno, en concreto contra la Agencia Estatal de Meteorología, Aemet. ¿El motivo? El paso de la borrasca Claudia no contó con avisos suficientes, según el alcalde. Eso produjo perjuicios inesperados y casi un disgusto mayor a un hombre atrapado en un ascensor con el agua al cuello. Por este motivo, el Ayuntamiento quiere un servicio meteorológico propio. Si muchas comunidades autónomas tienen sus competencias y sus idiomas regionales, a las ciudades les queda aspirar a algo más hermoso: el cielo mismo. Y así, Córdoba anhela ser cantón meteorológico.

Es un mundo difícil. Y una vida intensa. Hay felicidad en algunos momentos. Y un futuro incierto. Se necesitan alarmas, muchas alarmas. Antaño, el vuelo de un pájaro, el estado del firmamento, la advertencia de los animales, el cierre de las flores, el movimiento de las hojas o incluso el dolor de las articulaciones daban pistas sobre la lluvia venidera. ¿Pero qué hacer en las ciudades modernas? Las palomas que comen los restos de tostadas en el Bulevar de Gran Capitán no son de ayuda. Los perros castrados que dejan la ciudad convertida en un vertedero con sus orines y cacas tampoco. El firmamento tiene demasiada contaminación. Las plantas son de interior. Y las articulaciones cuentan con múltiples lesiones debido al running, yoga, cross-fit y artes marciales mixtas. ¿De dónde sacar la preciada información? ¿Cómo saber si esas nubes negras que cubren todo y ese vendaval que se levanta junto a relámpagos en lontananza traerá lluvia o no?

Para ello están los avisos y alarmas. De todos los colores. Rojas, naranjas, amarillas y muchas más que estarán por venir. Es el pantone del susto. Pero está bien, al final se aprende a palos. Hoy día, el cordobés medio, si ve caer chuzos de punta no está seguro de si llueve o no, y de si ha de salir con paraguas o al descubierto. Para eso hay una alarma. Si el cordobés medio ve una granizada con auténticas piedras de hielo, ¿cómo asegurarse de que esos pequeños meteoritos son tales? Para eso hay una alarma. Pero incluso en verano, ¿cómo puede asegurarse el cordobés medio de que no debe salir a hacer deporte a las cuatro de la tarde? Pues gracias a la alarma. No estamos en la Edad Media ni podemos predecir el tiempo como los antiguos. Para eso hay avisos.

También pasa al contrario. Hace un par de semanas, otro aviso de la Aemet sugería que podrían darse fuertes lluvias, viento e incluso algún tornado. Los tornados son tendencia ahora en la campiña. El Ayuntamiento procedió a cerrar todos los parques. Finalmente chispeó un poco por la noche. ¿Cómo iban a saber los cordobeses que esa tarde de sol era tal, y que la ausencia de aire hacía difícil el torbellino? ¡La alarma decía lo contrario! Los niños se quedaron sin jugar, pero podía pasar cualquier cosa ante la apariencia de una maravillosa y tranquila jornada vespertina. Tras la tempestad viene la calma, ¿pero y si al contrario también? Para eso está el aviso, precavido como pocos.

Si Córdoba no puede conquistar el suelo, que está completamente regulado, conquistará el cielo. El nuevo sistema de expertos en meteorología local estará avezado en microclimas de barrio. Nada se escapará en este cantón meteorológico. Merecemos que, si al salir de casa está cayendo un diluvio, sepamos que efectivamente se trata de un aguacero. Y que la alarma nos diga si debemos volver o no a casa a por el paraguas y el chubasquero.

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