Gatos afeminados
«A muchos de ellos se les puede ver ya como atracción para turistas en el Templo Romano o en el Alcázar de los Reyes Cristianos»
El gato Jinx, que perseguía a Pixie y Dixie, clamaba «ezoh mardito roedoreh» con la voz sevillana de Florencio Castelló, quien también dobló a muchos otros personajes, algunos de ellos en Dumbo o los Aristogatos. Jinx no era especialmente hábil, como tampoco lo era Tom el de Jerry, ni Silvestre el de Piolín. Pero al menos hacían honor a su carácter felino, nunca se rendían, y sin bien sus éxitos se podían contar con los dedos de una mano -o las uñas de una garra- al menos le echaban ganas. Nunca alcanzaron la excelencia. Pero, eso sí, jamás les faltó entusiamo. Tenían, en suma, la actitud. No se puede decir lo mismo de los gatos de Córdoba.
En la ciudad hay 365 colonias de gatos. Una para cada día del año. Aún así, algunos partidos políticos han tenido que pedir urgentemente que se produzca una desratización de la ciudad. En efecto, las ratas campan a sus anchas por multitud de lugares. Se podría decir que, como un ejército invasor, cubren todos los barrios: de la Asomadilla a Acera del Río, de Huerta de la Marquesa a Vallellano, de Ciudad Jardín a Sagunto, de Vallellano a Fátima.
Estas ratas comunes no están solas. Tienen refuerzos. En su ayuda han venido ratas negras procedentes de zonas rurales. La España vaciada no solamente pierde a sus humanos, sino también a su miomorfos. Todos se dirigen a la urbe en busca de fortuna. A ambas subespecies se suman las ratas de tejado, que van de árbol en árbol dando algún sustito cuando se cuelan por los balcones o los cuartos de pila.
La empresa municipal de saneamientos, Sadeco, intenta combatirlas. Pero, mientras tanto, ¿qué hacen nuestros gatos? Pues reconozcámoslo: tocarse los cojones a dos manos -a dos garras-, mientras son alimentados por grupos especializados. El concepto «bienestar animal» alcanza aquí un significado más preciso: el de estos felinos a cuerpo de rey.
Cientos y cientos, más aún, miles de gatos afeminados, incapaces de cumplir con su función de cazar ratas y ratones. A muchos de ellos se les puede ver ya como atracción para turistas en el Templo Romano, en el Alcázar de los Reyes Cristianos o en los molinos del río, a puntito de alcanzar el estatus de las vacas o los monos sagrados de la India... o quizá de superarlos. El cordobés medio no sólo le recoge ya las cacas a los perros con la mano cuatro veces al día. Pronto se postrará ante estos dioses con bigote, cambiando las ofrendas a San Rafael por el culto a estas nuevas versiones de Bastet.
¿Dónde quedó la búsqueda de la presa? ¿Dónde el acecho? ¿El sigilo? ¿La emboscada? ¿El último y letal salto? Nada de eso. Estos gatos moñas posiblemente ni tengan periodo de celo. Y seguro que se hacen las uñas.
Quizá esta naturaleza vulnerada nos quiera decir algo. A lo mejor encierra un símbolo. El de una España invadida por bárbaros mientras sus autoemasculados varones, incapaces de reaccionar, toman el sol en una terracita. O quizá no haya metáfora o alegoría alguna, sino mucha suciedad y poco presupuesto.
Habrá, por tanto, que irse acostumbrando a las ratas. A lo mejor tienen cosas que enseñarnos. Y puede que alguna buena.